Hace apenas unos días Dios ha vuelto a bendecirnos con nuestro segundo descendiente, Damián.
Hoy 27 de Septiembre se celebra la fiesta de los Santos mártires hermanos Cosme y Damián, en honor al cual lleva su nombre mi esperado hijo.
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SAN COSME Y SAN DAMIÁNMártires
(† 287)
Traedme a esos hombres de la religión perversa de los cristianos—dijo el juez.
—Delante de tu tribunal los tienes—respondieron los escribanos.
—Decidme vuestro nombre, vuestra condición, vuestra religión y vuestra patria—añadió el magistrado, dirigiéndose a los reos.
—Somos de una ciudad de Arabia.
—Y ¿cómo os llamáis?
—Yo me llamo Cosme—respondió uno de ellos—- y el nombre de mi hermano es Damián. Descendemos de ilustre familia, y profesamos la Medicina.
—¿Y vuestra religión?
—La cristiana.
—Bueno—replicó el magistrado—; renunciad a vuestro Dios y sacrificad a los grandes dioses que fabricaron el Universo.
—Tus dioses son vanos—respondieron ellos—y puros simulacros; ni siquiera se les puede llamar hombres, sino demonios.
—Atadles de pies y manos—ordenó el juez—y dadles tormento hasta que sacrifiquen.
Mientras los verdugos destrozaban sus carnes, los mártires sonreían y decían al juez:
—Presidente, ya puedes atormentarnos con más diligencia, pues te advertimos que ni siquiera sentimos el dolor.
El origen árabe de los mártires y aquella resistencia en medio de los suplicios hicieron pensar al juez que se hallaba en presencia de dos magos, y, burlándose de ellos, les dijo:
—Enseñadme el arte de la magia, y comulgaré con vosotros.
—Síguenos en nombre del Señor—respondieron ellos.
Era natural que el gobernador se negase a seguirlos; pero desde este momento entramos en el reino de la imaginación. La leyenda popular se fundió con las actas proconsulares, poblándolas de fantásticas maravillas: los camellos hablan, los demonios manejan el látigo, las piedras se vuelven hacia los que las tiran, los hierros se rompen, el fuego refrigera y el mar se hace sólido. En realidad, ninguna de estas cosas es imposible; pero de hecho ya no sabemos más de San Cosme y San Damián. Cansado de su obstinación, el juez mandó que les cortasen la cabeza. En su historia, lo auténtico se mezcla con la fabuloso, y al leer las actas lo distinguimos con bastante facilidad.
No sucede lo mismo con estos dos médicos famosos, tan venerados en todos los siglos cristianos. El principio de sus actas tiene el valor de lo auténtico, y el juez que los interrogó es un personaje histórico bien conocido. Se llamaba Lisias y pertenecía a la casta execrable de los Dacianos, los Ricciovaros y los Anulinos. Veinte años más tarde seguirá buscando cristianos, discutiendo con ellos, azotándolos y quemándolos. Ahora, a principios del reinado de Diocleciano, gobierna en Cilicia; y fue en Cilicia, en la ciudad de Egea, donde se encontró con los dos médicos árabes, para enviarlos a la muerte y darles la inmortalidad. El culto de los dos santos se extendió con increíble rapidez. Mirábaseles como a infalibles protectores contra toda enfermedad. Desde el Cielo seguían ejerciendo su profesión sobre los cuerpos y las almas. Desde Bizancio, su memoria se extiende por todo el Occidente, y llegan a ser tan populares, que sus nombres entran en el canon de la misa. Roma les consagra nueve basílicas. San Isidoro pone sus estatuas en el lugar preferente de su botica, y los españoles del siglo VII, cuando llega el 27 de septiembre, acuden a la iglesia en busca del ungüento milagroso que, bendecido por el sacerdote en nombre de San Cosme y San Damián, les libraría durante los años de pestes aéreas e influencias diabólicas.
Fuente: http://www.divvol.org/santoral/index.php?s=0926




