Vetus Ordo

Se escucha una campana, los monaguillos entran primero seguidos por el Sacerdote, al llegar a los escalones del Altar se detienen y juntos con los fieles se arrodillan; el Sacerdote permanece de pié, todos hacen la señal de la cruz y él reza en latín: «Entraré hacia el altar de Dios», «Hacia Dios que alegra mi juventud» le responden. La Santa Misa ha comenzado.

Sobre esta oración Juan Pablo II reflexionaba: «El orante no ha llegado aún al templo de Dios; todavía se halla en la oscuridad de la prueba; pero ya brilla ante sus ojos la luz del encuentro futuro, y sus labios ya gustan el tono del canto de alegría. » Dejamos al mundo y nuestras cosas atrás para presentarnos ante el acto máximo del amor de Dios. «La Santa Misa es una obra de Dios en la que presenta a nuestra vista todo el amor que nos tiene; en cierto modo es la síntesis, la suma de todos los beneficios con que nos ha favorecido» decía San Buenaventura.

Así, la manera en que celebramos la Misa corresponde a la fe que profesamos y al igual que esta fe, la Iglesia durante toda su existencia ha venido conservando de generación en generación la Tradición litúrgica de los apóstoles pues, al igual que Dios le instruyó a Moisés sobre el culto que quería para El, los discípulos recibieron de Jesús el culto que quería en su Iglesia.

San Gregorio Magno, Papa entre los años 590-604, fue el primero en codificar tanto los cantos como la liturgia que ya se celebraba en Roma para aquel entonces, herencia de los apóstoles Pedro y Pablo, de aquí que se le da el nombre de Rito Gregoriano a la forma en que se celebraba la Misa comúnmente en toda la Iglesia Católica hasta antes de la reforma implementada entre 1965 y 1970.

El 7 de Julio del año 2007, Su Santidad Benedicto XVI por medio de su Motu Proprio Summorum Pontificum estableció que dicho Misal se convertía en la Forma Extraordinaria del Rito Romano, correspondiendo la Forma Ordinaria al Misal renovado de 1970. Con lo que a ahora todo sacerdote puede celebrar la Misa en esta forma e incluso a los laicos se les reconoce el derecho de solicitarlo en sus parroquias, peregrinaciones o en las celebraciones de los diferentes sacramentos.

A esta Misa se le conoce comúnmente también como Misa Tridentina, Misa Tradicional o más poéticamente Misa de Siempre, por las mínimas variaciones que se le han hecho en el transcurso de la historia. Y es por esta mínima y prácticamente nula variabilidad que nos ayuda a adentrarnos en el misterio sin tiempo de la Iglesia, pues sabemos que al presenciarla escuchamos las mismas palabras y estamos ante las mismas imágenes que los Santos escucharon y vieron, compartimos con ellos el mismo ritual, los mismos cánticos, el mismo orden pero sobre todo, juntos presenciamos el mismo Sacrificio del calvario.

La orientación del sacerdote en el Rito gregoriano guía a los fieles hacia la cruz, que se erige entre 6 velas como la cima del gólgota. El sacerdote se presenta «in persona Christi» ante Dios cargando en sus espaldas los pecados de los fieles, quienes incapaces de ofrecer algo digno solo pueden agradecer que sea Cristo mismo quien se ofrece en el altar. Jesús es el centro de la Misa hacia quienes físicamente todos  están dirigidos, Jesús es el Sacerdote, Jesús es el Altar y Jesús es la Víctima que se ofrece a Dios Padre.

« Todas las buenas obras del mundo reunidas, no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo Dios y Hombre verdadero el que se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y al mismo tiempo le rinde un Honor Infinito» Santo Cura de Ars.

Con frecuencia los fieles escuchan al sacerdote decir «Dominus vobiscum», saben que les anuncian «El señor está con ustedes» y han aprendido a responder «Et cum spíritu túo». El uso del latín como lengua sagrada para la liturgia les ayuda a percibir que el lugar en donde se encuentran no es como el comedor de su casa ni la reunión social de los amigos, les ayuda a darse cuenta que están frente al misterio de la Misa y la presencia inmemorial del Señor.

Pero además de esto, al escuchar y rezar en latín, los fieles viven la universalidad de la Iglesia y la unión con el Obispo de Roma. El Beato Papa Juan XXIII enseñaba:  «La lengua latina, a la que podemos verdaderamente llamar católica por estar consagrada por el constante uso que de ella ha hecho la Sede Apostólica, madre y maestra de todas las Iglesias, debe considerarse un tesoro de valor incomparable, una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas transmitidas por la tradición y con los documentos de la enseñanza de la Iglesia;  y, en fin, un vínculo eficacísimo que une en admirable e inalterable continuidad a la Iglesia de hoy con la de ayer y de mañana.»

En el momento en que se entona el «Sanctus» suenan 3 veces las campanillas, los fieles se arrodillan nuevamente y al terminar el canto el silencio irrumpe. El sacerdote ha comenzado el momento más importante de la Misa, el Canon, la consagración. Las palabras por las que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y Sangre del Señor son dichas en voz baja por el sacerdote, los acólitos solo oyen un murmuro y los fieles el silencio. El silencio que no anuncia un vacío sino que se impone ante la presencia de Dios mismo que todo lo abarca.

La vida ordinaria del feligrés se detiene ante el encuentro con el Señor, es el momento de callar y escuchar como Elías, la voz de Dios no en el viento huracanado o en el fuego apasionado sino en el susurro de una brisa suave. En este silencio el alma se dispone al recogimiento y la contemplación, al presenciar el sacrificio incruento de Cristo, quien asiste a la misa intenta imitar el ejemplo perfecto de María ante la cruz.

Jesús se hace presente en cuerpo y alma en el altar y los fieles se disponen a comulgar rezando «Confiteor Deo omnipoténti, beáta Maríae semper Vírgini, beato Michaéli Archángelo…». Recibir el cuerpo de Jesús nos merece toda reverencia y adoración y esta experiencia espiritual nos llama a recibirlo arrodillados: «Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central» escribió el Cardenal Joseph Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI.

La Misa termina con la lectura del último Evangelio, recitando el Evangelio de San Juan el sacerdote nos recuerda la unión inseparable entre el sacrificio y la encarnación, entre el principio del tiempo y la plenitud del mismo para que después de haber recibido las gracias de la Misa, podamos junto con el apóstol decir:

«Y nosotros hemos visto su gloria, gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»