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Artículos en la categoría ‘FCSBVM’

9
Dic

La liturgia en la vida del cristiano (II)

   Escrito por: Autor Invitado   en Espiritualidad, FCSBVM, Temas Varios

Por P. Manuel Folgar - Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina

En la encíclica Mediator Dei, el Santo Padre nos dice que “el deber fundamental del hombre es, sin duda ninguna, el de orientar hacia Dios su persona y su propia vida”.
Hemos de estar firmemente persuadidos, entonces, que nuestro origen está en Dios y que hemos sido creados para que un día podamos gozar plenamente de Dios.
Nuestra persona y nuestra vida deben estar orientadas hacia Dios, dice el Papa.
Todo lo que se aparte de ahí es, por lo tanto, una desviación, una desorientación. Y ya sabemos lo que le ocurre a una persona que se desvía de su camino: no llega al sitio que debería llegar. Ya sabemos lo que le ocurre a una persona desorientada: no acierta con las cosas, no sabe hacia donde va, anda perdida.

Pues lo mismo pasa con las personas que no viven orientadas hacia Dios: no aciertan; están en este mundo sin saber hacia donde van; andan perdidos, sin saber realmente para qué los ha traído Dios a este mundo; están en el peligro de no llegar al sitio que deberían llegar: en este mundo a vivir como hijos de Dios en el seno de la Iglesia, y después de esta vida al cielo.

¿Qué es vivir orientados hacia Dios? ¿En qué consiste? También nos lo dice Pío XII:
“El hombre se vuelve ordenadamente a Dios cuando reconoce su majestad suprema y su
magisterio sumo, cuando acepta con sumisión las verdades divinamente reveladas, cuando observa religiosamente sus leyes, cuando hace converger hacia Él toda su actividad, cuando -para decirlo en breve- da, mediante la virtud de la religión, el debido culto al único y verdadero Dios”.

En esto consiste, según enseña el Vicario de Cristo, vivir orientados hacia Dios. Pero aquí se han dicho muchas cosas que hemos de desmenuzar.

1. Nuestra persona y nuestra vida estarán orientadas hacia Dios si reconocemos la majestad suprema de Dios. Es decir, si no ponemos en nuestra vida a nadie por encima de Dios: ni amigos, ni familiares, ni siquiera uno a sí mismo. Nada ni nadie pueden estar en el corazón del cristiano por encima de Dios. Y si no es así, entonces hay un desorden, una desorientación. El cristiano no puede complacer a nadie antes que a Dios. Y el cristiano, como tristemente ocurre muchas veces, no debe posponer a Dios por dar gusto a los amigos, a los familiares, o a sí mismo.

Reconocer la majestad suprema de Dios, significa también, asumir como propios los intereses de Dios. ¿Y cuáles son esos intereses?: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Por lo tanto, el interés primero de cada uno tiene que ser alcanzar la salvación eterna: la propia y la de los demás.

Hay desorden y desorientación cuando uno en la vida pone otros intereses por encima de la propia salvación o de la salvación de los demás. Cuando uno se esfuerza más por otros intereses que por su propia salvación o la de los suyos y de los otros.
No hay intereses familiares, sociales, económicos, laborales, o del tipo que sean, que se deban poner por encima del interés de la propia salvación. Cuando uno pospone a Dios y sus obligaciones cristianas por intereses económicos, entonces no reconoce la suprema majestad de Dios. Si por no contrariar a sus amistades alguien pospone a Dios y sus obligaciones cristianas no reconoce de hecho la suprema majestad de Dios.

Cuando alguien se excusa en presuntas obligaciones familiares para posponer a Dios y sus obligaciones cristianas no reconoce la suprema majestad de Dios.
Cuando los padres educan a sus hijos de tal forma que sus estudios, sus diversiones o cualesquiera otras cosas son más importantes que sus obligaciones cristianas, entonces no están reconociendo la suprema majestad de Dios y están desorientando a sus hijos, favoreciendo que vivan desordenadamente y poniendo en peligro, desgraciadamente, que puedan llegar a alcanzar la salvación eterna.

2. Vivir orientados hacia Dios, nos decía el Papa, significa “aceptar con sumisión las verdades divinamente reveladas”.
¿Y dónde podemos encontrar las verdades enseñadas por Dios? Las encontramos todas ellas en la Sagrada Escritura, en la Sagrada Tradición de la Iglesia, en las enseñanzas de los Papas. Pero, aún más fácilmente, podemos encontrarlas todas sistematizadas y ordenadas en el Catecismo.

El problema no es tanto dónde encontrarlas. El verdadero problema es querer conocerlas y dedicar un tiempo para conocer y aprender esas verdades. Y, aún, el problema mayor es estar dispuestos a someter nuestra inteligencia con humildad y creer de verdad todo lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña.

Muchos cristianos han dejado de creer las enseñanzas impartidas por Nuestro Señor Jesucristo y, sin embargo, creen con toda facilidad lo que dicen aquellos que no tienen fe ni amor de Dios.

Nuestro Señor Jesucristo enseña que existen el cielo y el infierno y, sin embargo, hay algunos que se dicen cristianos y lo niegan.
Nuestro Señor Jesucristo dice que la impureza es un pecado que nos puede llevar a la condenación eterna y, sin embargo, hay algunos que se dicen cristianos y quitan importancia al pecado de impureza.
Nuestro Señor Jesucristo condena el adulterio y el divorcio y, sin embargo, hay algunos que se dicen cristianos y ven bien todo eso, porque según ellos todo el mundo tiene derecho a rehacer su vida.
Nuestro Señor Jesucristo enseña que hay que santificar las fiestas, y Él mismo instituyó la Santa Misa para santificarnos. Y, sin embargo, muchos dicen que no ir a Misa no tiene importancia y que eso no ofende a Dios.

¿A quién creemos, a Dios o a los hombres sin fe y sin amor de Dios?
¿A quién creemos, a Dios y a su Santa Iglesia, o a lo que dicen falsos teólogos, medios de comunicación enemigos de la Iglesia y del catolicismo, escritores impíos, o políticos liberales, marxistas y anticristianos? ¿A quién hemos de creer?

Si no queremos vivir desorientados y si no queremos llevar una vida desordenada, a la fuerza hemos de creer a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo, a su Santa Iglesia. De lo contrario la riada del mundo y de la increencia nos arrastrará hacia nuestra propia perdición. Y esto es así. Es así porque así lo enseña Dios y Dios ni se equivoca, ni nos engaña. Ahora bien, si queremos creer a los otros sufriremos las consecuencias de todo ello.

3. Vivir orientados hacia Dios, continuaba diciéndonos el Santo Padre, significa “observar
religiosamente sus leyes”.
Efectivamente, donde no hay ley entra el desorden y todo se convierte en un caos. Imaginémonos, lo que tristemente hoy ya no es tan difícil, una ciudad o un país sin ley, o con leyes que la gente no cumple. Eso acaba siendo una barbarie, una selva. Las leyes justas garantizan el orden y la paz.

¿Dónde se recoge la ley? En los 10 Mandamientos, en los Mandamientos de la Santa Madre Iglesia, en las Bienaventuranzas, en las obras de misericordia. En definitiva, la ley de Dios, tal y como nos enseña Nuestro Señor Jesucristo, se resume en el amor a
Dios sobre todas las cosas y en el amor al prójimo como a uno mismo. No podemos decir que amamos a Dios y al prójimo si despreciamos su Santa ley. La ley de Dios no es una carga pesada para amargarnos la vida, todo lo contrario, son como señales que nos indican el camino de la verdadera felicidad, de la paz y de la armonía con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

Si los hombres y mujeres respetásemos la Ley de Dios este mundo sería una antesala del cielo. La mayor parte de los sufrimientos, disgustos y calamidades que sufrimos los seres humanos vienen provocados por el incumplimiento de la santa ley de Dios: odios, rencillas, homicidios, ajustes de cuentas, envidias, malquerencias, robos, estafas, calumnias, mentiras, violaciones, explotaciones, injusticias, etc.

4. Y, finalmente, Pío XII nos enseña que orientar nuestra vida hacia Dios comporta hacer “converger hacia Él toda nuestra actividad, dando, mediante la virtud de la religión, el debido culto al único y verdadero Dios”. Hacer converger hacia Dios toda nuestra actividad significa dirigir hacia Dios, hacia su gloria, hacia la instauración de su reino todas nuestras actividades, todos nuestros trabajos.

Unos padres de familia cristianos deben tener la conciencia clara de ser colaboradores de Dios en la transmisión de la vida humana: los hijos, antes que suyos, son hijos de Dios. Y deben criarlos, educarlos y acompañarlos para que vivan en este mundo como verdaderos hijos de Dios, como hijos de la Iglesia, para que un día puedan ser ciudadanos del cielo. No se trata de criar hijos, únicamente para este mundo.

El maestro debe orientar a sus alumnos hacia Dios, disponiendo sus corazones hacia la verdad, el bien y la belleza, enseñándoles a descubrir la Sabiduría de Dios detrás de la creación y de todos los saberes de las distintas disciplinas.

El médico debe buscar no sólo la salud del cuerpo de sus pacientes, sino atender también a sus sentimientos, a su equilibrio emocional, poniéndose ambos en las manos de Dios, verdadero médico de los cuerpos y de las almas.

El labrador debe cultivar la tierra con mimo, ofreciendo su sudor por la salvación de todos los hombres, y en estrecha colaboración con Dios-Creador, Señor y dador de todos los bienes.

Así todos, cada uno en el lugar en el que desempeña su trabajo, orientándolo todo con amor hacia Dios y hacia el bien del prójimo: el trabajo manual, los trabajos intelectuales, los servicios públicos, la política, el arte, la economía, la ciencia, todas las actividades humanas. Eso es lo que espera Dios de todos y cada uno de nosotros.

En eso consiste el culto que debemos rendir a Dios con nuestra vida, haciendo de toda nuestra existencia una verdadera liturgia orientada a la gloria de Dios. Dar gloria a Dios con nuestra vida; en eso habrá de consistir nuestro paso por este mundo, para después ir a gozar eternamente de Él en el cielo.

Si procuramos vivir así, entonces es cuando encontraremos el verdadero sentido de la oración litúrgica: la participación en la Santa Misa, la recepción frecuente de los sacramentos, la vida de oración, la participación en los retiros, etc. Descubriremos que la gracia de Dios es la que alimenta y fortalece nuestro espíritu para ser capaces de llevar una vida cristiana, honrada, religiosa y santa.

Descubriremos que los actos litúrgicos no están desconectados de nuestra vida, no son puntos y aparte en nuestra vida, sino el manantial en el que encontramos inspiración y fuerza para vivir como verdaderos hijos de Dios.

Así lo enseña también la Iglesia en la Lumen Gentium: “Los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, sin son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en
sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo, que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor”.

El modelo acabado y perfecto de una vida totalmente orientada y ordenada hacia Dios lo
encontramos en Nuestra Madre la Santísima Virgen María. Ella vivió enteramente orientada y dedicada a Nuestro Señor Jesucristo. En su Corazón Inmaculado Dios ocupa el lugar principal, por encima de cualquier otra criatura, por encima de sí misma y de sus planes. Nuestra Señora es el “asiento de la Sabiduría”, porque aceptó con entera sumisión los planes de Dios, las enseñanzas de Dios. Con una humildad insuperable se sometió enteramente a los pedidos de Dios, a su Santa Ley, a su voluntad. Su vida fue un culto constante a Dios, orientando hacia Él no sólo los afectos de su Corazón, sino
todas sus actividades, hasta las más sencillas y ordinarias: sus deberes de Esposa y de Madre, su vida oculta en Nazaret, sus desvelos y trabajos, acompañando a Jesús durante los tres años de vida pública. Y, sobre todo, permaneciendo firme a los pies de la Cruz de su Hijo, ofreciéndolo a Él, y ofreciéndose a Sí misma al Padre por la salvación de todos los hombres.

EXAMEN PERSONAL
- ¿Pongo algo o a alguien por encima de Dios en mi vida?
- ¿Acepto las verdades reveladas por Dios y enseñadas por la Iglesia, o sigo las opiniones impuestas por la moda, por los que no tienen fe, por los medios de comunicación, o por los que viven alejados de la Iglesia? ¿Repaso con frecuencia el Catecismo?
- ¿Me esfuerzo en cumplir los Mandamientos de Dios y los mandamientos de la Iglesia, en vivir conforme al espíritu de la Bienaventuranzas y en ejercitar las obras de misericordia?
-¿Ofrezco a Dios, por medio de la Santísima Virgen, mis trabajos de cada día, procurando hacerlo todo por su amor y para su gloria?
-¿Procuro que los miembros de mi familia, especialmente los que están bajo mi autoridad, vivan orientados hacia Dios y su vida esté ordenada conforme a las enseñanzas de Jesucristo?
-Propósitos concretos y resoluciones que tomo.

ORACIÓN
Dulce Virgen María, Madre de Dios y Madre mía,
haz mi corazón semejante al tuyo,
un corazón que ame a Dios por encima de todas las cosas,
un corazón orientado totalmente hacia Dios, mi Padre y Salvador,
un corazón sumiso a sus enseñanzas y amante de la Verdad.
Fortalece mi voluntad para que venciendo la tentación
viva permanentemente en gracia y en amistad con Dios.
Virgen Corredentora, ofréceme por tus manos a Cristo tu Hijo,
para que juntamente con Él cuanto soy y cuanto tengo,
mis trabajos de cada día y mi vida entera,
sea una oblación de amor y de reconocimiento a la gloria
y al amor del Padre en la unidad del Espíritu Santo. Amén.
M. F.

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13
Nov

La liturgia en la vida del cristiano (I)

   Escrito por: Autor Invitado   en Espiritualidad, FCSBVM

Por P. Manuel Folgar - Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina

En la recolección de este mes vamos a profundizar en algunas enseñanzas impartidas por Su Santidad el Papa Pío XII en la encíclica Mediator Dei. Esta encíclica la dedicó el Papa al tema de la Sagrada Liturgia de la Iglesia.

Fijémonos bien que la Sagrada Liturgia ocupa un espacio muy importante en nuestra vida: acudimos con frecuencia a la Santa Misa, al menos los domingos y los días festivos; participamos en bautizos, bodas, confirmaciones, entierros, funerales, novenas en honor a la Santísima Virgen y a los Santos, procesiones, etc.

Un tiempo sustancial de nuestra vida lo dedicamos a participar en la Sagrada Liturgia. Y el deseo de la Iglesia es que participemos no sólo asiduamente y con regularidad, sino que lo hagamos de una manera ‘consciente, activa y fructuosa’.

‘Participación consciente’: es decir, que conozcamos bien todo lo que la Iglesia está celebrando en cada acto litúrgico. Que conozcamos el espíritu propio que mueve a la Iglesia en cada celebración.

Que los ritos que emplea la Iglesia no nos sean extraños porque los desconocemos.
Por ejemplo: es distinto el espíritu propio que hemos de tener cuando asistimos a un bautizo que cuando asistimos a un entierro.

Cuando participamos en un bautizo hemos de renovar nuestra conciencia de ser hijos de Dios. Hemos de dar gracias a Dios por habernos hecho hijos suyos de adopción. Hemos de aprovechar para renovar las promesas de nuestro bautismo. Hemos de hacer examen y meditar acerca de si estamos realmente llevando una vida propia de hijos de Dios o si tenemos descuidadas las relaciones con nuestro Padre del cielo, etc.

Cuando participamos en un entierro hemos de pedir con fe y con esperanza el eterno descanso para nuestros difuntos. Hemos de aprovechar para fortalecer en nosotros la conciencia de que un día también nosotros seremos llamados a la presencia de Dios y, por lo tanto, hemos de estar preparados y no volcados en las cosas de este mundo, descuidando nuestra vida espiritual. Hemos de aprovechar para enraizar en nuestro corazón la idea de que todo lo de aquí es pasajero y que lo realmente importante es
aprovechar esta vida viviendo cristianamente para atesorar tesoros en el cielo, si queremos verdaderamente ir a él, etc.

No es igual el espíritu propio del Adviento que el de la Navidad, de la Cuaresma o de la Pascua. Para distinguir bien hemos de aprenderlo y, sobre todo, procurar vivirlo. Lo mismo decimos de los ritos: ¿Por qué el sacerdote besa el Altar o el Santo Evangelio? ¿Qué simboliza el incienso?

¿Por qué el Sacerdote se lava las manos antes de comenzar el ofertorio? ¿Qué significan los colores litúrgicos? ¿Qué significado tiene cada una de las piezas con las que se reviste el sacerdote? ¿Por qué el Sacerdote lava los dedos dentro del cáliz cuando lo está purificando después de la Comunión? ¿Por qué unas veces se encienden dos velas, otras cuatro, otras seis y otras veces siete? ¿Qué significa estar de pie, de rodillas o sentado?, etc. Si desconocemos todo eso y muchas otras cosas, no podemos participar
conscientemente. Pero, claro, para conocer todas esas cosas hay que formarse y eso no es posible si somos avaros del tiempo, si buscamos tiempo para todo menos para
las cosas de Dios.

‘Participación activa’: significa que no debemos asistir a los ritos sagrados como meros espectadores. No asistir sólo por costumbre, o movidos únicamente por motivos humanos (voy porque van todos, voy porque he ido siempre, voy para quedar bien con la familia de los novios, del niño que va a ser bautizado, del difunto, etc.; voy porque me han invitado…) Esas no son razones suficientes, ni razones de peso.

Participar activamente significa estar con atención, unirse interiormente a las oraciones que hace el sacerdote, recitar las oraciones propias de los fieles dándose cuenta de lo que se dice. Excitando en nuestro corazón esos sentimientos que son propios de cada celebración, como decíamos antes.

Participar activamente supone estar en las debidas disposiciones para recibir la abundancia de las gracias divinas, de tal manera que puedan producir en nosotros abundantes frutos.

‘Participación fructuosa’: quiere decir que nuestra participación en la
vida litúrgica de la Iglesia tiene que valer para que cada vez demos más frutos de vida cristiana.

La participación en la Sagrada Liturgia nos habrá de ayudar a llevar una vida cristiana cada vez más perfecta, más comprometida. De lo contrario son ritos vacíos, ineficaces para nosotros.

Realmente Dios nos pedirá cuentas de si hemos aprovechado bien tantas oportunidades como hemos tenido a lo largo de nuestra vida para crecer en la fe, en la esperanza y en el amor hacia Él y hacia el prójimo.

Tantos años asistiendo a la predicación y a las enseñanzas de la Palabra de Dios. Tantos años asistiendo a la Santa Misa y recibiendo los sacramentos. Si lo hacemos bien, a la fuerza hemos de ser cada día mejores cristianos, a la fuerza hemos de amar cada vez más a Dios y gustar de las cosas de Dios. Si no es así, entonces es que estamos suspensos. No hemos hecho las cosas como Dios manda, no hemos aprovechado todas esas oportunidades. Sería como un niño que entra a los tres años en la escuela, cumple los dieciséis y sabe tanto como el primer día, o poco más. Ha perdido el tiempo miserablemente.
Uno de los frutos principales de nuestra participación en la Sagrada Liturgia debiera ser que cada vez tuviésemos más deseos de Dios: más deseos de conocerle, de amarle, de servirle mejor.

Démonos cuenta de que todo esto no es posible sin una formación espiritual seria y constante. No es posible si no dedicamos tiempo a cuidar nuestra vida espiritual: tiempo para formarnos, para leer, para hacer retiros, para orar.

¿Cuánto tiempo dedicamos a las cosas temporales: trabajo, familia, descanso, amistades? ¿Y cuánto tiempo al cuidado de nuestra alma, al cultivo de nuestra vida espiritual? Hagamos la cuenta y quizás nos quedemos sorprendidos nosotros mismos de la desproporción.

Examen personal
La participación de los fieles en la Liturgia de la Iglesia debe ser ‘consciente, activa y fructuosa’.
- ¿Soy consciente de la necesidad de formarme espiritualmente?
- ¿Dedico el tiempo necesario para las cosas de Dios? ¿Lloro ese tiempo?
- ¿Pongo toda mi atención cuando participo en los actos litúrgicos de la Iglesia? ¿Procuro hacer mío el espíritu propio de cada celebración, uniéndome a las oraciones del sacerdote y al espíritu de la Liturgia?
- ¿Tengo cada vez más deseos de conocer, amar y servir a Dios?
- Propósitos concretos que tomo en esta recolección.

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30
Ago

Fraternitas Christi Sacerdotis et Beatæ Mariæ Reginæ

   Escrito por: Felipe   en FCSBVM, Santa Misa, Tradicionalismo

En días pasados la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina nos hizo el favor de enviarnos algunas fotos de la Primer Misa Solemne celebrada en la Fiesta de Santa María Reina.

En diferentes espacios católicos de internet se dieron a conocer estas imágenes que fueron recibidas con cierta sorpresa por los lectores de habla inglesa, francesa y español, pues hasta este momento la Fraternidad había permanecido desconocida.

A propósito de estas comunicaciones le hemos solicitado al fundador de este novel instituto, el Padre Manuel Folgar Otero, nos comente un poco más sobre la historia, el carisma y la misión de esta Fraternidad ubicada en Pontevedra, España.

A continuación las palabras que nos compartió.

Esclavos1.jpg

Creer en México (CM): La información sobre la Fraternidad comienza a ser conocida en diferentes círculos de fieles adheridos a la liturgia de Juan XXIII, pero en realidad no se sabe qué tan nueva es la Fraternidad que usted dirige. ¿Pudiera resumirnos su historia? ¿Cuál es el estatus actual?

P. Manuel Folgar (PMF): La Fraternidad comenzó no como algo programado. Fue a partir de un grupo de oración parroquial, en el año 1990, cómo se ha ido desarrollando hasta hoy. No hicimos otra cosa que estar a la escucha de Dios e ir respondiendo a lo que considerábamos que era su voluntad en cada uno de los pasos. Nada hubiera sido posible sin una confianza absoluta en la Santísima Virgen. Siempre es Ella la que nos lleva a Jesús y la que nos da la fuerza para hacer lo que Él nos diga. La Fraternidad es de Nuestra Señora, a Ella le pertenece.
El estatus desde 1999 es el de una Asociación privada de fieles de derecho diocesano.

Estamos enterados que el próximo mes de octubre se estarán presentando ante la Comisión Ecclesia Dei ¿Cuál es el objetivo de dicha reunión?

No ha sido confirmada aún la fecha, pero el objetivo no es otro que presentar a la Santa Sede nuestro deseo de ser adscritos al número de Congregaciones o Asociaciones que dependen directamente de Ecclesia Dei.
Un Hermano ha terminado sus estudios de preparación para el sacerdocio y otro está en el último año. Lógicamente nuestro deseo es que reciban las Sagradas Órdenes conforme al Rito extraordinario. Nos ponemos en manos de la Sede Apostólica para que ella provea y disponga cómo se ha de realizar todo.
También nos brindamos y ofrecemos nuestra disponibilidad con el fin de poder atender las peticiones de grupos y personas que deseen la liturgia conforme a los libros de 1962 y no tengan sacerdotes que los atiendan.
En definitiva, queremos vivir y trabajar en absoluta disponibilidad a la Santa Sede.

¿Porqué el interés de la Fraternidad por usar de forma única la liturgia anterior?

Es importante esta matización. No pretendemos usar de forma única la Liturgia conforme a los libros de 1962. Lo que queremos es que el Rito Tradicional sea el Rito oficial de la Fraternidad, de tal manera que los aspirantes al sacerdocio reciban las Sagradas órdenes conforme a dicho Rito y que en las Capillas y Oratorios de la Fraternidad se celebre siempre según ese Rito. Sin embargo, no nos negamos a celebrar conforme al Novus Ordo si el Obispo diocesano necesita de nuestro servicio pastoral para alguna parroquia de la diócesis.
Creemos firmemente con Su Santidad Benedicto XVI que las dos formas del uso del Rito Romano pueden enriquecerse mutuamente, y “no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo” (Carta del Papa que acompaña al <>).

Vemos que la Fraternidad se compone de 4 grupos: laicos, hermanas, hermanos y sacerdotes diocesanos. En su conjunto ¿Cuántas personas conforman la Fraternidad actualmente?

La Fraternidad es todavía una planta muy pequeña en el gran jardín de la Iglesia. Todos los miembros estamos convencidos de que nada hay grande en la Iglesia que en sus orígenes no hubiese sido pequeño.
Es una tentación permanente el valorar las realidades eclesiales por el número de miembros. Caer en esta tentación sería mundanizarse y medir la fuerza y la eficacia apostólica por el número en vez de por la calidad de la entrega y la seriedad de los compromisos.
Cuando me preguntan por el número siempre respondo que los que somos, lo somos de verdad y con todas las consecuencias, y estamos dispuestos a abrir nuestra casa y nuestro corazón para que vengan todos los que quieran de verdad servir a Dios, a la Virgen Santísima y a la Iglesia.

Para los laicos, tienen establecido un orden progresivo de relaciones, desde Miembros Afiliados hasta Miembros Militantes ¿Es este último grado una especie de Orden Terciaria?

Podríamos decir que básicamente sí. En este caso se trata sólo de una cuestión de terminología.
Los miembros militantes se comprometen libremente a vivir la espiritualidad de la Fraternidad, cuyas bases fundamentales son el Santo Sacrificio de la Misa, el espíritu de adoración, la reparación a los Sagrados Corazones, la confianza filial en la Santísima Virgen y la comunión con el Vicario de Cristo.
Los Militantes se agrupan en fraternidades locales y su organización es muy sencilla. Semanalmente se reúnen en el llamado Cenáculo, en el cual oran, reciben la formación y proyectan sus actividades apostólicas.
Se trata, sobre todo, de que tengan una sólida y recia formación cristiana, y que sean instrumentos eficaces al servicio de la Santísima Virgen para la extensión del Reino de Cristo. Su primer campo de apostolado es su propia familia.

HMF.jpgLa orden de las Misioneras de la Fraternidad se presenta con un carisma en parte contemplativo en parte apostólico. ¿Sus vocaciones son todas provenientes de España?

La vida de las Misioneras tiene como eje central la Santa Misa, la alabanza divina y la adoración eucarística. Es a partir de ahí que pueden desarrollar un apostolado fecundo. Sus Prioratos están llamados a ser verdaderos focos de espiritualidad.
Las Hermanas son españolas y pedimos a Dios que las bendiga y aumente con nuevas vocaciones no sólo de España, sino ¡ojalá también de los países hermanos latinoamericanos!
Hace un año que ha sido llamada a la Casa del Padre la Madre Cofundadora a la edad de cuarenta años. Ella se había ofrecido al Señor como víctima por la santidad de los Sacerdotes. El buen Dios quiso recibir su ofrenda.
En este momento las Hermanas regentan una pequeña Casa de espiritualidad en el mismo Priorato. También en él tienen una librería religiosa a la que acuden sacerdotes y seglares. Confeccionan ropas litúrgicas y formas para la Santa Misa y colaboran en tres parroquias rurales.
Necesitamos sobremanera nuevas vocaciones. Su apostolado de oración y de presencia es de vital importancia.

Los hijos Esclavos de Santa María Reina es la rama varonil de Hermanos y Sacerdotes. ¿La formación para las vocaciones sacerdotales se dará dentro de la misma Fraternidad?

Hasta ahora los Hermanos han acudido al Instituto Teológico que funciona en la diócesis. Lógicamente dicha formación se ha complementado en la Comunidad, intentando que conozcan muy bien la doctrina de la Iglesia, el Magisterio, la teología de Santo Tomás y los clásicos de la espiritualidad Católica.

Además de los anteriores, la Fraternidad tiene un lugar para sacerdotes diocesanos ¿estos sacerdotes tienen que saber o aprender a celebrar la Forma Extraordinaria del Rito Romano?

Sin duda que este es un requisito necesario. Sería incongruente con el mismo ser de la Fraternidad el desprecio de semejante riqueza.

9.¿Tiene la Fraternidad intención de llevar su misión a diferentes lugares de España o a otros países?

Una de las causas de la lentitud en el crecimiento es por el pequeño número de miembros y la juventud de los mismos. Los Hermanos han tenido que estar dedicados a sus estudios y, por lo tanto, no han podido dedicarse a un apostolado activo. A ello se añade que nuestra vida se ha venido desarrollando en una zona rural con pocos habitantes, lo cual quiere decir pocos jóvenes y en el extremo occidental de España, que no se caracteriza por la facilidad en las comunicaciones con el resto, sobre todo por las distancias.
Esto puede cambiar con las primeras ordenaciones.
Nuestra mirada y nuestro corazón están puestos no sólo en España sino en toda Latinoamérica. Yo soy de los que creo que el Señor no sólo elige personas, sino también pueblos y naciones. La hispanidad tiene mucho que aportar no sólo a la Iglesia, sino también al mundo. Hay una herencia espiritual incomparable que no podemos dilapidar. ¡Dios nos pedirá cuenta de ello!
Respecto al tema del Motu Proprio me resisto a que dicha riqueza, que tanto bien puede aportar a las almas, no sea explotada por todos nosotros.

10. En general ¿qué recepción dan los fieles en sus zonas de apostolado del Misal y la liturgia tradicional?

Desde el principio optamos por seguir el ritmo que la misma Iglesia ha ido marcando. Estábamos seguros que este paso se iba a dar algún día y así ha sido.
Consideramos que no se trata de imponer, ni siquiera de quemar etapas. Las personas deben ir descubriendo ellas mismas esa riqueza de la que habla Benedicto XVI. Tampoco se trata sólo de un gusto estético o de una pura exterioridad. Es necesario formarse y descubrir el tesoro litúrgico de la Iglesia, descubrir las razones profundas por las cuales la Iglesia, asistida siempre por el Espíritu Santo, ha ido codificando esos gestos, palabras, oraciones…todo ese maravilloso monumento que es la Sagrada Liturgia Católica. No se trata de una moda. No se trata de hacer algo para no hacer lo que hace la mayoría. No. Es preciso que los fieles capten las verdaderas razones y eso requiere atenderlos espiritualmente, formarlos y acompañarlos.
Hay que empezar por hacerse como niños y redescubrir el valor del silencio, la necesidad de la adoración, la participación interior y no la mera exterioridad… Todo eso lo hemos venido haciendo durante años, por eso los fieles que se relacionan con nosotros aman y estiman la Liturgia Tradicional.

esclavos2.jpg11.¿Hay algún comentario final que quisiera regalarnos?

Gracias por lo de regalar… Es regalo verdadero es que me permitan compartir con ustedes estas reflexiones.
Sólo un punto. La verdadera participación en la vida de la Iglesia y, más en concreto en la vida litúrgica de la Iglesia, no consiste en hacer cosas. Se trata, por encima de todo, de ofrecerse con Cristo al Padre. Hacer de la vida entera un acto de ofrenda a la gloria de Dios uniéndose a Cristo Sacerdote que se inmola en nuestros altares. En definitiva, es en el altar donde nace nuestro ser cristiano y también donde culmina. Es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo donde podemos encontrar todo aquello a lo que somos llamados por Dios.¡Por la Cruz a la luz!


Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina
Pazo de la Torre 12
36191 Porranes - Barro
Pontevedra - Españahttp://www3.planalfa.es/santamariareina

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