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Artículos en la categoría ‘Espiritualidad’

7
Mar

Guardini. Las etapas de la vida: El Mayor de Edad

   Escrito por: Felipe   en Espiritualidad, Intelectuales Católicos

Romano Guardini: Las etapas de la Vida

Si es esto último lo que sucede, se conforma una nueva figura vital, a la que vamos a llamar la fase de la mayoría de edad, dando a esta expresión un sentido personal, no biológico o jurídico.

Estriba en que se ha echado raíces en la persona y en su actitud interior, así como en la realidad. En que se ha descubierto qué significa estar y permanecer en pie, y se está decidido a obrar en consonancia con ello.

Es entonces cuando se desarrolla lo que se suele denominar carácter: la firmeza interior de la persona. No es rigidez o endurecimiento de los puntos de vista y de las actitudes, sino que consiste más bien en la fusión del pensar, sentir y querer vivos con el propio núcleo espiritual.

Determinados valores adquieren ahora un significado especial: la fidelidad a las obligaciones asumidas; el cumplimiento de la palabra dada; la lealtad a quien ha puesto su confianza en nosotros; el sentimiento de honor como un órgano poco menos que infalible para saber qué es recto y qué no lo es, qué es noble y qué es vulgar; la facilidad para distinguir en las palabras, conductas y resultados, y en todas las cosas en general, lo genuino de lo inauténtico…

Se trata del momento en el que se descubre qué quiere decir duración. Significa aquello que en la corriente del tiempo está emparentado con lo eterno: lo que construye, mantiene en pie, sustenta, prolonga. En este momento la persona descubre también qué quiere decir fundar, defender, crear tradiciones. Descubre qué estéril y miserable es apartarse una y otra vez de la línea de acción de quienes nos precedieron y querer empezar siempre de nuevo.

En ese momento es cuando se dice de alguien que es «todo un hombre» o «toda una mujer», cuando aparece bien marcada la personalidad masculina o femenina, en la que la vida puede apoyarse porque ya no se deja llevar por los impulsos inmediatos y por el fluir de los sentimientos, sino que ha entrado en la esfera de lo permanentemente válido. Uno de los síntomas más peligrosos de nuestra época es que estos rasgos de la personalidad parecen estar debilitándose.

Un fenómeno directamente relacionado con el anterior es la descomposición de la familia. Para ser realmente padre o madre no basta poder engendrar y dar a luz. Se precisan también la firmeza interior, la tranquila fuerza para poner orden, mantener, continuar, en la que se basan lo que conocemos como familia y hogar. La causa de que los poderes públicos puedan inmiscuirse desde todas partes en este ámbito primigenio es que aquellos que llevan sobre sus hombros la familia muchas veces no son realmente hombres y mujeres, y ni siquiera tienen la voluntad de llegar a serlo.

De aquí surgen, por otra parte, las formas de existencia de los campos y campamentos de diversos tipos, de las instituciones educativas oficiales, de las casas de pupilaje, en las que el hogar pasa a ser sustituido por el centro de reunión, la institución o el hotel. La falta de las cualidades que mencionábamos genera la extraña impresión, hoy día tan frecuente, de que la existencia, pese a la inmensa acumulación de saber, la enorme magnitud del poder y la exactitud de la técnica que nos rodean, en el fondo está regida por personas inmaduras. Y de ahí se deriva a su vez la profunda preocupación de si unas personas que tan difícilmente llegarán a un auténtico enraiza-miento en sí mismas serán capaces de dominar de forma humana su propio poder, o si por el contrario caerán en manos de ese mismo poder y de sus titulares colectivos: el Estado, los sindicatos, los encauzadores de la opinión pública.


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11
Ene

Oriente

   Escrito por: Felipe   en Benedicto XVI, Espiritualidad

Un artículo del P. Luis Joaquín Gómez Jaubert en el diario Ya de España.

jaubert-munozJoaquín Jaubert. 9 de enero. No todas las noticias que proceden del oriente son buenas. Desgraciadamente, en muchas ocasiones, claramente negativas. Sin embargo, en las Sagradas Escrituras es bueno recordar y destacar que el Este era el punto cardinal preferido pues, entre otros motivos, era símbolo de alegría, prosperidad e incluso de Dios mismo (Lc. 1,78). En la Iglesia primitiva, y durante siglos hasta hace unas décadas, era la dirección sacra hacia la que se orientaba la oración y la celebración de la Santa Misa. Esta significación litúrgica nos conduce a la idea de que todos los que participamos en la Misa miramos hacia Dios. Versus orientem y ad orientem se convierten en ad dominum, versus Deum y coram Deo.

En este sentido en el que enfoco el artículo, deseo aprovechar, antes de finalizar el tiempo litúrgico de Navidad, la solemnidad de la Epifanía para releer un par de textos que, precisamente, colman de dicha a los buenos cristianos y que, como se puede apreciar, nos recuerdan que, para no desorientarnos, hemos de mirar siempre al origen de la única alegría permanente en nuestra vida, Jesús Nuestro Señor. La pregunta de los Magos “¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo” (Mt. 2,2), encuentra respuesta exacta camino a Belén pues “he aquí  que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño”. (Mt. 2,9). El rostro de felicidad de aquellos tres sabios debió de responder a la contemplación de lo que el profeta Baruc anunciaba a la ciudad santa “Jerusalén, mira al oriente y contempla la alegría que te viene de Dios” (Ba. 4,36) o a lo escrito en Ezequiel “y de repente llegó del Oriente la Gloria del Dios de Israel con un ruido semejante a los grandes torrentes; la tierra se iluminó con su Gloria” (Ez. 43,2). Todo ello nos remite a la segunda venida de Jesucristo en la cual “como el relámpago sale de Oriente y brilla hasta Occidente, así ocurrirá con la venida del Hijo del hombre” (Mt. 24, 27).

Por otra parte, la expresión Coram Deo implica vivir la presencia de Dios pues estamos ante los ojos de Dios. La postura litúrgica quiere simbolizar estar en la presencia de Dios lo que sólo puede producir una vida perfecta e irreprensible. En otras palabras, se explicita la relación de lo que se celebra con lo que se ha de vivir, además de creer. San Pablo exhortaba a los Corintios a que vivieran “mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor” (2 Cor. 3,18). La Iglesia peregrina queda bien manifestada al caminar todos en una misma dirección hacia el Dios, uno y trino.

Imagen insertada de Creer en MéxicoNo nos ha de extrañar que, desterrado el arqueologismo que nos condujo casi a suprimir la celebración de la Santa Misa con sacerdote y fieles mirando al tiempo hacia Dios, por parte de muchos liturgistas se quiera recuperar la dirección sacra común a todos.

Un reconocido teólogo Ratzinger, hoy Benedicto XVI, en el lejano año de1966 cuando no se había impuesto la práctica que apareció acompañando la reforma litúrgica, decía en Bamberga “No podemos negar por más tiempo que sobre este tema se han insinuado muchas exageraciones e incluso aberraciones, hasta el punto de resultar enojosas e indecorosas. Por ejemplo, ¿deberán celebrarse todas la Misas cara al pueblo? ¿Es tan absolutamente importante poder mirar a la cara al sacerdote que celebra la Eucaristía? O, ¿no será muchas veces extremadamente saludable pensar que también él es un cristiano y tiene todos los motivos parta dirigirse a Dios en compañía de sus hermanos congregados en asamblea, y recitar con ellos el Padrenuestro?”

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24
Nov

El caso por la misa en latín.

   Escrito por: Felipe   en Espiritualidad, Intelectuales Católicos, La Reforma Litúrgica del 70, Misa Tridentina

El caso por la misa en latín
DIETRICH VON HILDEBRAND

Dietrich von Hildebrand, fué uno de los filósofos cristianos más eminentes del mundo. Profesor en la Universidad Fordham, el Papa Pio XII lo llamó «el Doctor del siglo XX en la Iglesia», Juan Pablo II lo definió como «Uno de los más grandes eticistas del Siglo XX», sobre él Benedicto XVI afirmó: “Cuando la historia intelectual de la Iglesia Católica en el siglo XX sea escrita, el nombre de Dietrich von Hildebrand será más prominente entre las figuras de nuestro tiempo”.

Es autor de muchos libros, incluyendo la Transformación en Cristo y Liturgia y Personalidad.

↔ [Artículo original del ejemplar de octubre de 1966 de la revista Triumph] ↔

La argumentación para la nueva liturgia han sido con esmero empaquetada y debe ahora ser aprendida de memoria. La nueva forma de la misa está diseñada para engarzar al celebrante y al fiel en una actividad comunal. «En el pasado el feligrés atendía la Misa en aislamiento personal, cada adorador practicando sus devociones privadas, o cuando mejor, siguiendo los procedimientos en su misal.» «Hoy el fiel puede comprender el carácter social de la celebración; aprende a apreciarlo como una comida de comunidad. Antes, el sacerdote mascullaba en una lengua muerta, que creó una barrera entre el sacerdote y la gente. Ahora cada uno habla en inglés, que tiende a unir al sacerdote y la gente el uno con el otro.» «En el pasado el sacerdote decía la misa con su espalda a la gente, que creaba el ambiente de un rito esotérico. Hoy, debido a que el sacerdote afronta a la gente, la misa es una ocasión más fraternal.» «En el pasado el sacerdote entonaba cánticos medievales extraños. Hoy la asamblea entera canta canciones con melodías fáciles y poema lírico familiar, y experimenta hasta con la música folklórica.» La argumentación para la nueva misa, entonces, trata de esto: hacer sentir al fiel más en casa, en la casa de Dios.

Mi preocupación no es la situación legal de los cambios. Enérgicamente no deseo ser entendido como lamentando que la Constitución haya permitido al vernáculo complementar el latín. Lo que deploro es que la nueva misa sustituye la misa latina, que la vieja liturgia está siendo imprudentemente desechada, y negada a la mayor parte del Pueblo de Dios.

Quisiera hacer varias preguntas a aquellos que fomentan este desarrollo: ¿La nueva misa, más que la vieja, incita al espíritu humano? ¿evoca un sentido de eternidad? ¿Ayuda a elevar nuestros corazones de las preocupaciones de la vida diaria - de los aspectos puramente naturales del mundo - hacia Cristo? ¿Aumenta la reverencia, una apreciación de lo sagrado?

Por supuesto que estas preguntas son retóricas, y autocontestables. Las formulo porque pienso que todos los Cristianos atentos querrán sopesar su importancia antes de llegar a una conclusión sobre los méritos de la nueva liturgia.

¿Cuál es el papel de la reverencia en una vida realmente cristiana, y sobre todo en una adoración realmente cristiana de Dios?

La reverencia da al ser la oportunidad de hablarnos: la grandeza última del hombre es el ser capax Dei. La reverencia es de importancia capital para todas las esferas fundamentales de la vida del hombre. Puede ser correctamente llamada «la madre de todas las virtudes», pues es la actitud básica que todas las virtudes presuponen. El gesto más elemental de la reverencia es una respuesta a ser uno mismo. Esta distingue a la autónoma majestad del ser, de una mera ilusión o ficción; es un reconocimiento de la consistencia interior y positiva del ser - de su independencia de nuestros humores arbitrarios. La reverencia da al ser la oportunidad de desplegarse a sí mismo, para, así como era, hablarnos; fecundar nuestras mentes. Por lo tanto la reverencia es indispensable a cualquier conocimiento adecuado del ser.

La profundidad y la plenitud del ser, y sobre todo sus misterios, nunca serán revelados a nadie sino solo a la mente reverente. Recuerde que la reverencia es un elemento constitutivo de la capacidad para «sorprenderse», que Platón y Aristóteles afirmaron que es la condición indispensable para la filosofía. En efecto, la irreverencia es una fuente principal del error filosófico. Pero si la reverencia es la base necesaria para todo el conocimiento confiable del ser, es además, indispensable para comprender y ponderar los valores basados en el ser. Sólo el hombre reverente que está listo a admitir la existencia de algo mayor que él, quién quiere ser silencioso y dejar al objeto hablarle - quién se abre - es capaz de entrar en el mundo sublime de los valores. Además, una vez que una gradación de valores ha sido reconocida, una nueva clase de reverencia está en orden- una reverencia que no responde sólo a la majestad de ser como tal, sino al valor específico de un ser específico y a su fila en la jerarquía de valores. Y esta nueva reverencia permite el descubrimiento de todavía otros valores.

El hombre refleja su carácter esencialmente receptivo como una persona creada, únicamente en la actitud reverente; la grandeza última del hombre debe ser capax Dei. El hombre tiene la capacidad, en otras palabras, de comprender algo mayor que él, ser afectado y fecundado por ello, abandonársele para su propio bien - en una respuesta pura a su valor. Esta capacidad de superarse distingue al hombre de una planta o un animal; éstos últimos se esfuerzan sólo por desplegar su propio ser. Ahora: sólo el hombre reverente es quien puede superarse conscientemente y así conformarse a su condición humana fundamental y a su situación metafísica.

¿Encontramos mejor a Cristo elevándonos hasta Él, o arrastrándole a nuestro mundo rutinario?

El hombre irreverente por contraste, se acerca al ser en una actitud de superioridad arrogante o de familiaridad indiscreta, satisfecha. En cualquier caso él está discapacitado; es el hombre que va tan cerca de un árbol o edificio quien ya no puede verlo. En vez de permanecer a la distancia espiritual apropiada, y mantener un silencio reverente de modo que el ser pueda decir su palabra, él se impone y así, en efecto, silencia al ser. En ninguna esfera es la reverencia más importante que la religión. Tal como hemos visto, esta afecta profundamente la relación del hombre hacia Dios. Pero además penetra la religión entera, sobre todo la adoración a Dios. Hay un eslabón íntimo entre reverencia y santidad: la reverencia nos permite experimentar lo sagrado, elevarse sobre lo profano; la irreverencia nos ciega al mundo entero de lo sagrado. La reverencia, incluyendo el sobrecogimiento - incluso temor, miedo y temblor - es la respuesta específica a lo sagrado.

Rudolf Otto ha desarrollado claramente este punto en su famoso estudio «La Idea de lo Santo». Kierkegaard también llama la atención al papel esencial de la reverencia en el acto religioso, en el encuentro con Dios. ¿Y no temblaron los Judíos en el temor profundo cuándo el sacerdote trajo el sacrificio en el sancta sanctorum? ¿No fué golpeado Isaiah con el miedo piadoso cuándo vio a Yahweh en el templo y exclamó, «el infortunio es conmigo, estoy condenado! pues soy un hombre de labios sucios… pero aún mis ojos han visto al Rey»? ¿Acaso las palabras de San Pedro después de la pesca milagrosa, «apártate de mí, oh Señor, porque soy un pecador» no declaran que cuándo la realidad de Dios fuerza la entrada sobre nosotros nos golpea con miedo y reverencia? El cardenal Newman ha demostrado en un sermón aturdidor que el hombre que no teme y no reverencía no ha conocido la realidad de Dios.

Cuando San Buenaventura escribe en Itinerium Mentis ad Deum que sólo un hombre de deseo (como Daniel) puede entender a Dios, él quiere decir que una cierta actitud del alma debe ser alcanzada a fin de entender el mundo de Dios, en el cual Él quiere conducirnos.

Este consejo es sobre todo aplicable a la liturgia de la Iglesia. El sursum corda - levantemos nuestros corazones - es la primera exigencia para la verdadera participación en la misa. Nada podría obstruir más el encuentro del hombre con Dios que la noción de que «vamos al altar de Dios» del mismo modo en el que vamos a una reunión social agradable, relajante. Esto es el motivo por el cual la misa latina con el Canto gregoriano que nos levanta hasta una atmósfera sagrada, es inmensamente superior a una misa vernácula con canciones populares, que nos abandona en una atmósfera profana simplemente natural.

El error básico de la mayor parte de las innovaciones es imaginar que la nueva liturgia lleva al santo sacrificio de la misa más cerca hacia el fiel, que esquilado de sus viejos rituales la misa ahora se introduce en la sustancia de nuestras vidas. Porque la pregunta es si en la misa encontramos mejor a Cristo elevándonos hacia Él, o arrastrándole a nuestro propio caminante mundo rutinario. Los innovadores sustituirían la santa intimidad con Cristo por una familiaridad impropia. La nueva liturgia realmente amenaza con frustrar el encuentro con Cristo pues desalienta la reverencia ante el misterio, impide el temor y casi extingue un sentido de santidad. Lo que realmente importa, seguramente, no es si los fieles se sienten como en su casa en la misa, sino si los saca de su vida ordinaria hacia el mundo de Cristo - si su actitud es la respuesta de la reverencia última: si son imbuidos de la realidad de Cristo.

Aquellos que se expresan con inmoderado entusiasmo sobre la nueva liturgia hacen mucho del punto que durante los años la misa había perdido su carácter comunal y se había hecho una ocasión para la adoración individualista. La nueva misa vernácula, insisten, restaura el sentido de comunidad sustituyendo las devociones privadas con la participación de la comunidad. Mas ellos olvidan que hay diferentes niveles y clases de comunión con otras personas. El nivel y la naturaleza de una experiencia de comunión está determinada por el tema de la comunión, el nombre o la causa en la cual los hombres están reunidos. Entre más alto el bien que el tema representa y que enlaza a los hombres, más sublime y más profunda es la comunión. Obviamente la escencia y la naturaleza de una experiencia de comunidad en el caso de una gran emergencia nacional son radicalmente diferentes de la experiencia de comunidad de un cóctel. Y por supuesto las diferencias más asombrosas en comunidades serán encontradas entre la comunidad cuyo tema es lo sobrenatural y aquella cuyo tema es simplemente natural. La realización de las almas de los hombres que son realmente tocados por Cristo, es la base de una comunidad única, una comunión sagrada, una cuya calidad es incomparablemente más sublime que aquella de cualquier comunidad natural. La auténtica comunión entre los fieles que la liturgia del Jueves Santo expresa tan bien en las palabras «congregavit nos in unum Christi amor», es sólo posible como fruto de la comunión Tu-yo con Cristo mismo. Sólo una relación directa al Dios-hombre puede realizar esta unión sagrada entre los fieles.

La despersonalizante «experiencia común» es una teoría perversa de la comunidad.

La comunión en Cristo no tiene nada de la auto afirmación encontrada en las comunidades naturales. Esta respira de la Redención. Esta libera a los hombres de todo egocentrismo. Mas aún tal comunión enfáticamente no depersonaliza al individuo; lejos de disolver a la persona en lo cósmico, en el desmayo panteísta tan a menudo alabado entre nosotros estos días, realiza al verdadero ser de la persona en un modo único. En la comunidad de Cristo el conflicto entre persona y comunidad que está presente en todas las comunidades naturales no puede existir. Luego esta experiencia de comunidad sagrada está realmente en guerra con la despersonalizante «experiencia común» encontrada en asambleas masivas y reuniones populares que tienden a absorber y evaporar al individuo. Esta comunión en Cristo que estaba tan totalmente viva en los siglos cristianos tempranos, que todos los santos entraron y que encontró una expresión incomparable en la liturgia ahora bajo ataque - esta comunión nunca ha considerado a la persona individual como un mero segmento de la comunidad, o como un instrumento para servirlo. En esta unión vale la pena notar que la ideología totalitaria no solo sacrifica el individuo al colectivo; algunas ideas cósmicas de Teilhard de Chardin, por ejemplo, implican el mismo sacrificio de la colectividad. Teilhard subordina al individuo y su santificación al supuestp desarrollo de la humanidad. En un tiempo en el que esta perversa teoría de la comunidad es abrazada incluso por muchos Católicos, hay motivos claramente urgentes de insistir enérgicamente en el carácter sagrado de la verdadera comunión en Cristo. Yo sostengo que la nueva liturgia debe ser juzgada por esta prueba: ¿contribuye esta a la auténtica comunidad sagrada? Se da por hecho que se esfuerza por un carácter de comunidad; ¿pero es este el carácter deseado? ¿Es esta una comunión basada en recogimiento, contemplación y reverencia? ¿Cuál de los dos - la nueva misa, o la misa latina con el Canto gregoriano - evoca estas actitudes del alma con más eficacia, permitiendo así una comunión más profunda y verdadera? ¿No está claro que con frecuencia el carácter de comunidad de la nueva misa es puramente profano, que, como con otras reuniones sociales, su mezcla de relajación ocasional y ajetreada actividad impide un encuentro reverente, contemplativo con Cristo y con el misterio inefable de la Eucaristía?

POR SUPUESTO NUESTRA ÉPOCA está penetrada por un espíritu de irreverencia. Está vista en una noción deformada de la libertad que exige derechos rechazando obligaciones, que exalta la autoindulgencia, que aconseja el «dejate ir». El habitare secuni de los Diálogos de San Gregorio - la morada en presencia de Dios - que presupone la reverencia, es hoy considerado algo no natural, pomposo, o servil. ¿Pero no es la nueva liturgia un compromiso con este espíritu moderno? ¿De donde viene el desprecio de arrodillarse? ¿Por qué debería la Eucaristía ser recibida estando de pie? ¿Es el no arrodillarse, en nuestra cultura, la expresión clásica de adorar la reverencia? El argumento que en una comida nosotros deberíamos estar de pie más bien que arrodillarnos es apenas convincente. En primer lugar, este no es la postura natural para la comida: nos sentamos, y en el tiempo de Cristo uno posaba. Pero lo que es más importante en esto es una concepción expresamente irreverente de la Eucaristía para acentuar su carácter como una comida a costa de su carácter único como un misterio santo. Acentuar la comida a expensas del sacramento seguramente delata la tendencia a obscurecer la santidad del sacrificio. Esta tendencia es aparentemente atribuible a la desafortunada creencia que la vida religiosa se hará más viva, más existencial, si está sumergida en nuestra vida diaria. Pero esto es correr el peligro de absorber lo religioso en lo mundano, de borrar la diferencia entre lo sobrenatural y lo natural. Temo que esto represente una intrusión inconsciente del espíritu naturalista, del espíritu más totalmente expresado en el inmanentismo de Teilhard de Chardin.

Otra vez ¿por qué ha sido abolida la genuflexión en las palabras et incarnatus est en el Credo? ¿No era esta una expresión noble y hermosa de adorar la reverencia profesando el abrasador misterio de la Encarnación? Independientemente de la intención de los innovadores, ciertamente han creado el peligro, si acaso sólo psicológico, de disminuir la conciencia y el temor de los fieles al misterio. Hay aún otra razón para vacilar en hacer cambios a la liturgia que no son estrictamente necesarios. Los cambios frívolos o arbitrarios tienen tendencia a erosionar un tipo especial de reverencia: pietas. La palabra latina, como el Pietaet alemán, no tiene ningún equivalente inglés, pero puede ser entendida como el compromiso por el respeto de la tradición; la honra a lo que nos ha sido pasado por antiguas generaciones; fidelidad a nuestros antepasados y sus trabajos. Note que la piedad es un tipo derivado de la reverencia y por lo tanto no debería ser confundida con la reverencia primaria, que hemos descrito como una respuesta al mismo misterio de ser, y por último una respuesta a Dios. Resulta que si el contenido de una tradición dada no corresponde al objeto de la reverencia primaria, esto no merece la reverencia derivada. Así si una tradición encarna malos elementos, como el sacrificio de seres humanos en el culto de los aztecas, entonces aquellos elementos no deberían ser considerados con pietad. Pero no es el caso cristiano. Aquellos que idolatran nuestra época, quiénes se conmueven en lo que es moderno simplemente porque es moderno, quiénes creen que en nuestros días el hombre por fin ha llegado a su «mayoría de edad» carecen de pietad. El orgullo de estos «nacionalistas temporales» no es sólo irreverente, es incompatible con la verdadera fe. Un Católico debería considerar su liturgia con pietad. Él debería reverenciar, y por lo tanto temer abandonar los rezos y posturas y música que han sido aprobados por tantos santos a lo largo de la era cristiana y entregados a nosotros como una herencia preciosa. Para no ir más lejos: la ilusión que podemos sustituir el Canto gregoriano con sus inspirados himnos y ritmos, por una igualmente fina, si no es que mejor música, delata una ridícula confianza en sí mismo y la carencia de auto conocimiento. No olvidemos que en todas partes de la historia del cristianismo, el silencio y la soledad, la contemplación y el recogimiento, han sido considerados necesarios para conseguir un verdadero encuentro con Dios. Este no es sólo el consejo de la tradición cristiana, que debería ser respetada por piedad; sino que está arraigado en la naturaleza humana. El recogimiento es la base necesaria para la verdadera comunión del mismo modo en que la contemplación proporciona la base necesaria para la verdadera acción en la viña del Señor. Un tipo superficial de comunión - la camaradería jovial de un asunto social - nos saca a la periferia. Una comunión realmente cristiana nos hace entrar en las profundidades espirituales.

El camino a una verdadera comunión cristiana: Reverencia.. Recogimiento.. Contemplación

Por supuesto deberíamos deplorar un excesivo y sentimental devocionalismo y reconocer que muchos Católicos lo han practicado. Pero el antídoto no es una experiencia de comunidad como tal, así como la cura para la pseudocontemplación no es la actividad como tal. El antídoto debe animar a la verdadera reverencia, a una actitud de recogimiento auténtico y devoción contemplativa a Cristo. Solo desde esta actitud puede tener lugar una comunión verdadera en Cristo. Las leyes fundamentales de la vida religiosa que gobiernan la imitación de Cristo, la transformación en Cristo, no se cambian según los humores y hábitos del momento histórico. La diferencia entre una experiencia de comunidad superficial y una experiencia de comunidad profunda es siempre la misma. El recogimiento y la adoración contemplativa de Cristo - que sólo la reverencia hace posible - será la base necesaria para una verdadera comunión con otros en Cristo en cada era de la historia humana.

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4
Nov

Lectura de la Palabra de Dios

   Escrito por: Felipe   en Espiritualidad

Imitación de Cristo - Capítulo V

En las Sagradas Escrituras debe buscarse la verdad,
no el estilo literario.
Conviene que todas las Sagradas Escrituras se lean con el mismo espíritu con que fueron hechas.
En los libros Sagrados debe buscarse más la utilidad que la delicadeza de las frases.
Con el mismo gusto debemos leer los textos devotos y simples
que los difíciles y profundos.

No te fijes en el nivel de los autores,
ya sea que escriban sencillamente o con gran despliegue de recursos,
más bien que te impulse a leer el amor a la pura verdad.
No te preguntes quién lo dijo
sino más bien atiende a lo que ha dicho.

Los seres humanos pasan
pero la verdad del Señor permanece para siempre (Sal 117,2).
Sin hacer distinciones entre unas personas y otras
el Señor nos habla de diversas maneras.

Nuestra curiosidad nos dificulta con frecuencia
la lectura de las Escrituras
cuando queremos racionalizar y discutir
lo que deberíamos aceptar simplemente.

Si quieres de verdad calmar tu sed
lee con humildad, sencillez y confianza
sin pretender que te reconozcan como erudito.

Pregunta con agrado
y acepta en silencio las enseñanzas de los santos.
No te cansen las explicaciones de los mayores
porque no las dicen sin motivo.

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23
Oct

Imitar a Cristo

   Escrito por: Felipe   en Espiritualidad

Imitación de Cristo - Capítulo I

1. “El que me sigue no camina a oscuras”, dice el Señor (Jn 8,12).
Con estas palabras Cristo nos encomienda que imitemos su vida y sus costumbres
si queremos estar iluminados y libres de toda ceguera interior.
Por eso, nuestro mayor afán debe consistir en reflexionar sobre la vida de Jesús.
La enseñanza de Jesús está por encima de la de cualquier santo y el que penetra en ella con buena voluntad encontrará un alimento escondido.
A muchos les sucede que aunque escuchan con frecuencia el evangelio no descubren su significado porque les falta el espíritu de Cristo.
Es conveniente que procure adecuar toda su vida con Cristo quien quiere experimentar plenamente el sabor de sus palabras.

2. ¿De qué te sirve discutir cosas sublimes a propósito de la Trinidad de Dios si no eres humilde y desagradas a la misma Trinidad?
Verdaderamente, las palabras hermosas no hacen santos ni justos en cambio la vida correcta hace al hombre amable a Dios.
Prefiero sentir el arrepentimiento que me lleve a la conversión en vez de poderlo definir.
Si conocieras las Escrituras de memoria y te supieras todas las frases célebres de los filósofos ¿de qué te aprovecharía todo eso si no amas y agradas a Dios?
Vanidad de vanidades, todo es vanidad (Ecl 1,2)
sino amar y servir sólo a Dios.
En esto consiste la mayor sabiduría
dirigir la vida hacia los valores trascendentes
despreciando los que el mundo considera importantes.

3. Por eso, es vanidad buscar riquezas que se acaban y confiarse en ellas.
Vanidad es ambicionar el prestigio
y colocarse por encima de los demás.
Vanidad es dejarse dominar por los deseos naturales
y desear lo que después pueda ser causa de grave castigo.
Vanidad es querer vivir muchos años
y preocuparse poco de vivir honestamente.
Vanidad es mirar únicamente esta presente vida
y no prever la que vendrá después.
Vanidad es amar lo que tan pronto acaba
y no buscar con interés la felicidad perpetua.

4. Recuerda frecuentemente este proverbio:
“No se cansan los ojos de ver ni se hartan los oídos de oír” (Ecl 1,8).
Esfuérzate por desviar tu corazón de las tentaciones presentes
y dirigirlo a los valores perennes
porque los que siguen sus deseos desordenados manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios.

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4
Oct

«Dominus Vobiscum»

   Escrito por: Autor Invitado   en Creer en México, Curia Vaticana, Espiritualidad, Forma Extraordinaria, Una Voce

A l cumplir un año la liberalización de los libros litúrgicos usados hasta poco antes de 1970 (Motu Propio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI) quiero compartir con ustedes la experiencia vivida en la parroquia del Señor del Perdón, de la cual soy párroco.

El año pasado, meses antes del 14 de septiembre (Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz e inicio jurídico de la liberación) el presidente de Una Voce México me invitó a sumarme al aprecio por el usus antiquor de la Iglesi. El contexto de la invitación y aceptación bien pensada fue la participación en un cursosacerdotal donde estudiábamos las orientaciones del Papa Juan Pablo II y Benedicto XVI acerca de lo que realmente quiso instaurar el concilio Vaticano II al hablar de la liturgia… reformas propuestas en la continuidad con la Tradición de la Iglesia y cómo esta finalidad del concilio se salió de control (abolición de ornamentos, latín, gregoriano etc) y emezaron los abusos litúrgicos hasta el día de hoy.

Con un ánimo de pioneros iniciamos la convocatoria para la 1a Misa Romana Tradicional (¡14 de Septiembre 2007!) y alrededor nuestro se fue formando un equipo litúrgico muy especializado y ¡oh sorpresa! conformado por jóvenes: el director del coro un joven esposo y su consorte ensayando las melodías gregorianas, 2 o 3 jóvenes ensayando el servicio litúrgico, el joven presidente de Una Voce y su esposa de guiando las respuestas.

La Misa Romana (o como le empezamos a llamar: «De Rito Extraordinario») inició ese viernes a las 7:00 pm con una asistencia de 60 personas - un número de asistencia excelente para ser entre semana - y la promesa de continuarla.

Personalmente ha sido una experiencia espiritual muy enriquecedora: los silencios sacros en los que todos aprovechamos para orar personalmente. La orientaciòn del Altar (hacia el oriente / hacia Dios) que evita totalmente las distracciones (!) y ayuda al recogimiento… el catequizar a los fieles en el canto gregoriano, en el uso del Misal, en las respuestas en Latín…

Ha pasado un año y establemente celebramos la Misa Romana los sábados a las 5:30 p.m. poco a poco se han ido agregando matrimonios, jóvenes y adultos a esta celebración; para octubre ¡ya se animó una pareja a casarse en esta Misa!

Espero que en más parroquias de Monterrey sacerdotes y fieles aprovechen un horario de entre las misas ordinarias para celebrar una Misa en el usus antiquor.

Para ser un año, en nuestra Parroquia la participaciòn en la Misa Romana va de menos a más y esperamos que a Mejor.

R.P. Raúl Rodríguez
Monterrey N.L.

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24
Ago

Extra Ecclesiam Nulla Salus (II): Denzinger 3866

   Escrito por: Felipe   en Espiritualidad, Tradicionalismo

Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta al Arzobispo de Boston

LA SUPREMA SAGRADA CONGREGACIÓN DEL SANTO OFICIO

De la Oficina central del Santo Oficio

8 de agosto de 1949

Protocolo Número 122/49.

Su Excelencia:

Esta Suprema Sagrada Congregación ha seguido muy atentamente el asenso y el curso de la grave controversia promovida por ciertos asociados “de Sn. Benedict Center” y del “Colegio de Boston” en cuanto a la interpretación de aquel axioma: “Fuera de la Iglesia no hay salvación.”

Después haber examinado todos los documentos que son necesarios o útiles en esta materia, entre ellos información de su Cancillería, así como peticiones e informes en cual los asociados de “Sn. Benedict Center” explican sus opiniones y quejas y también muchos otros documentos pertinentes a la controversia, oficialmente coleccionada, esta misma Congregación Sagrada está convencida que la controversia desafortunada provino de el hecho que el axioma: “fuera de la Iglesia no hay salvación,” no fue correctamente entendida y sopesada y que la misma controversia se hizo más amarga por la perturbación seria a la disciplina que proviene del hecho que algunos socios de las instituciones arriba mencionadas han rechazado la reverencia y obediencia a autoridades legítimas.

En consecuencia, los Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales de esta Congregación Suprema, en una sesión plenaria, sostenida el miércoles, 27 de julio de 1949, decretaron y el Augusto Pontífice en una audiencia el siguiente el jueves, 28 de julio de 1949, se dignó dar su aprobación, a que las explicaciones siguientes pertinentes a la doctrina, y también que las invitaciones y las exhortaciones relevantes para disciplinar sean dadas:

Estamos obligados por divina y Católica fe a creer todas aquellas cosas que están contenidas en la palabra de Dios, sea Escritura o Tradición y que son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, no sólo por el juicio solemne sino también por el oficio de enseñanza ordinaria y universal (Denzinger, n. 1792). Ahora, entre aquellas cosas que la Iglesia siempre predicaba y nunca dejará de predicar está contenida también la declaración infalible por la cual nos enseña que no hay salvación fuera de la Iglesia.

Sin embargo, este dogma debe ser entendido en aquel sentido en el cual la Iglesia misma lo entiende. Puesto que no era a juicios privados que Nuestro Salvador dio para explicación aquellas cosas que están contenidas en el depósito de la fe, sino a la autoridad magisterial de la Iglesia. Ahora, en primer lugar, la Iglesia enseña que en esta materia hay cuestiones del más estricto mandamiento de Jesucristo. Ya que Él explícitamente impuso en Sus apóstoles la tarea de enseñar a todas las naciones observar todas las cosas quel Él mismo había mandado (Mate., 28:19-20).

Ahora, entre los mandamientos de Cristo, aquel no ocupa el último lugar lugar, por el cual se se nos ordena ser incorporados por el Bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y permanecer unidos a Cristo y a Su Vicario, por quien Él mismo en una manera visible gobierna la Iglesia en la tierra.

Por lo tanto, nadie será salvado cuando, no obstante sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente establecido por Cristo, rechaza someterse a la Iglesia o retira la obediencia al Pontífice romano, el Vicario de Cristo en la tierra. No sólo el Salvador mandó que todas las naciones debieran entrar en la Iglesia, sino también decretaró a la Iglesia un medio de salvación, sin la cual nadie puede entrar en el reino de la gloria eterna.

En Su piedad infinita Dios ha deseado que los efectos, que uno necesita para ser salvado, de aquellas ayudas a la salvación que son dirigidas hacia el final del hombre, no por necesidad intrínseca, sino sólo por la institución divina, también pueden ser obtenidos en ciertas circunstancias cuando aquellas ayudas son empleadas sólo en deseo y aspiración. Esto lo vemos claramente declarado en el Sagrado Concilio de Trento, tanto en la referencia al Sacramento de Regeneración como en la referencia al Sacramento de Penitencia (Denzinger, nn. 797, ~o7).

Lo mismo en su propio grado debe ser afirmado de la Iglesia, en cuanto ella es la ayuda general para la salvación. Por lo tanto, para que uno pueda obtener la salvación eterna, no siempre es requerido que sea de hecho incorporado en la Iglesia como un miembro, pero es necesario que al menos esté unido por deseo y aspiración.

Sin embargo, este deseo no siempre tiene que ser explícito, como está en los catucúmenos; más cuando la persona está envuelta en ignorancia invensible, Dios acepta también un deseo implícito, llamado así porque está incluido en aquella buena disposición del alma por la cual una persona desea ser conforme a la voluntad de Dios.

Estas cosas están claramente enseñadas en aquella carta dogmática que fue publicada por el Soberano Pontífice, Papa Pio XII, el 29 de junio de 1943, “En el Cuerpo Místico de Jesucristo” (AAS, volumen 35, un . ‘943, p. i93ff.). Ya que en esta carta el Soberano Pontífice claramente distingue entre aquellos que en efecto están incorporados en la Iglesia como miembros y aquellos que están unidos a la Iglesia sólo por el deseo.

Hablando de los miembros de los cuales el Cuerpo Místico está formado aquí en la tierra, el mismo Augusto Pontífice dice: “en efecto sólo deben ser incluidos como miembros de la Iglesia quiénes han sido bautizados y profesan la fe verdadera, y quiénes no han sido tan desafortunados para separarse de la unidad del Cuerpo, o sido excluidos por autoridades legítimas para faltas graves cometidas.”

Hacia el final de esta misma Carta Encíclica, cuando más afectivamente invita a la unidad a aquellos que no pertenecen al cuerpo de la Iglesia Católica,  menciona a quienes “están relacionados con el Cuerpo Místico del Redentor por cierto inconsciente deseo y aspitación” a quienes de ningún modo excluye de la salvación eterna sino en la otra mano declara que están en una condición “en la cual ellos no pueden estar seguros su salvación” ya que “todavía permanecen privados de aquellos muchos dones y socorros celestiales que sólo pueden disfrutar en la Iglesia Católica” AAS, loc. cit., 243).

Con estas palabras sabias él reprueba tanto a aquellos que excluyen la salvación eterna unida a la Iglesia sólo por el deseo implícito, como a aquellos que falsamente afirman que los hombres son salvados igualmente bien en cada religión (cf. Papa Pio IX, Alocución “Singulari quadam,” en Denzinger, nn. 1641, sigs. También Papa Pio IX en la Carta Encíclica Quanto conficiamur moerore” en Denzinger, n. 1677).

Pero no se debe pensar que cualquier clase del deseo de entrar en la Iglesia basta para que aquel puede ser salvado. Es necesario que el deseo por el cual está relacionado con la Iglesia sea animado por la caridad perfecta. Tampoco puede un implícito deseo producir su efecto, a menos que la persona tenga una fe sobrenatural: “Ya que él que viene a Dios debe creer que Dios existe y recompensa a aquellos que le buscan” (Hebreos 11:6). El Concilio de Trento declara que (Sesión VI, capítulo 8): la Fe es el principio de salvación del hombre,  fundación y raíz de toda justificación, sin la cual es imposible complacer a Dios y llegar a participar de la suerte de hijos suyos” (Denzinger, n. 80l).

Por lo que ha sido dicho es evidente que aquellas cosas que son propuestas en la revista “Desde los Tejados,” fascículo 3, como la genuina enseñanza de la Iglesia Católica estan lejanas de ser tales y son muy dañinas tanto a aquellos dentro de la Iglesia como aquellos fuera.

A partir de esas declaraciones que pertenecesn a la doctrina, le siguen ciertas conclusiones que corresponden a la disciplica y conducta, y que no pueden ser desconocidas a aquellos que enérgicamente defienden la necesidad por la cual todos están obligados a pertenecer a la Iglesia verdadera y a someterse a la autoridad del Pontífice Romano y de los Obispos “que el Espíritu Santo ha colocado… para gobernar la Iglesia” (Actos, 20:28).

De ahí que uno no pueda entender como el “Sn. Benedict Center” pueda consecuentemente decirse ser una escuela Católica y desear ser considerado tal, y aún no conformarse a las prescripciones de Canones 1381 y 1382 del Código del Derecho Canónico, y seguir existiendo como una fuente de discordia y rebelión contra autoridades eclesiásticas y como una fuente de la perturbación de muchas conciencias.

Además, está más allá del entendimiento, cómo un miembro de un instituto religioso, a saber el Padre Feeney, se presenta como “un Defensor de la fe,” y al mismo tiempo no vacila en atacar la instrucción catequética propuesta por las autoridades legales, y ni tan siquiera ha temido incurrir en las graves sanciones advertidas por los canones sagrados debido a sus serias violaciones de sus deberes como religioso, sacerdote y miembro ordinario de la Iglesia.

Finalmente, no debe ser de ningún modo tolerado que ciertos Católicos reclamen para ellos el derecho de publicar una revista, para la difusión de doctrinas teológicas, sin el permiso de las Autoridades competentes de Iglesia; llamado “Imprimatur”, que está prescrita por los cánones sagrados.

Por lo tanto, permitan que aquellos que en grave peligro están enfilados contra la Iglesia, tengan seriamente en mente que después de que “Roma ha hablado”  no pueden tener excusas, incluso por motivos de buena fe. Ciertamente su obligación y deber de obediencia hacia la Iglesia son mucho más graves que el  de aquellos que aún están relacionados con la Iglesia “sólo por un deseo inconsciente.” Permítaseles darse cuenta que ellos son hijos de la Iglesia, amorosamente alimentados por ellos con la leche de la doctrina y los sacramentos, y de ahí, habiendo oído la voz clara de su Madre, no pueden ser disculpados por la ignorancia culpable, y por lo tanto a ellos les aplica sin ninguna restricción aquel principio: la sumisión a la Iglesia Católica y al Pontífice Soberano es requerida como necesaria para la salvación.

En el envío de esta carta, declaro mi estima profunda, y permanezco devoto a su Excelencia, Cardenal Marchetti-Selvaggiani

A. Ottaviani Asesor

A Su Excelencia

Reverendísimo Richard James Cushing

Arzobispo de Boston


Traducción libre de Creer en México basada en el texto en Inglés, solo con fines de argumentación al tema Extra Ecclesiam Nulla Salus.

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