Creer en México

Para católicos curiosos.

Mayo 27, 2008

El Santo con el León (Primera Parte)

“Los primeros Cristianos que visitaron Europa y las Islas británicas se encontraron con paganos que les contaban cuentos de hadas, bestias habladoras y otras cosas maravillosas. A estas historias maravillosas, ellos pronto añadieron nuevas sobre los santos cristianos. Algunas eran reales, algunas probables y otras cuantas simplemente fantásticas”

Así se puede describir el compendio de narraciones y leyendas sobre santos que en 1912 publicó el poeta escoces Andrew Lang y su esposa Leonora. Algunas con aspectos simplemente fantásticos y otras que no dejan duda a su realidad.

La frescura que siempre deja el leer un libro para niños, es el pretexto para presentar algunos de estos relatos incluidos en El Libro de los Santos y Heroes, que más allá de sus certidumbres religiosas (las cuales muchas las tienen), nos dejan acercarnos con una perspectiva grata a la reflexión de las virtudes cristianas.

Espero que lo disfruten.


EL SANTO CON EL LEÓN

¿Alguna vez haz visto un cuadro de un anciano delgado, sentado en su escritorio escribiendo, con un león grande agazapado sosegadamente a sus pies como si fuera un perro o un gato? Bien, es San Jerónimo y ahora vas a oir su historia y de cómo llegó hasta ahí el león.Jerónimo nació en Stridon, cerca del pueblo de Aquilea en frente del Adriático, en el año 346, pero aunque su padre y su madre eran cristianos no lo bautizaron sino hasta que tuvo 20 años. Eusebio y su esposa, aunque no eran considerados muy ricos, tenían suficiente dinero para vivir cómodamente y Jerónimo tenía muchos esclavos para hacer sus deberes. Tenía, sin embargo, lo que para él era mucho más importante, un compañero de juegos llamado Bonosus, con quien había crecido y quien fue con el a Roma cuando ambos jóvenes tenían cerca de diecisiete años.

Durante toda su vida Jerónimo mostró fuertes afectos, se ganó muchos amigos y sufría una pena amarga cuando perdía a alguno de ellos, especialmente porque frecuentemente era su culpa. Desafortunadamente tenía un temperamento ardiente y una lengua rápida que le hacía decir cosas que el no quería expresar, por lo que se hacía de enemigos, pero una palabra de arrepentimiento de cualquiera que, el pensara, le hubiera hecho alguna injuria, suavizaba su corazón de una vez y el nunca llevaba malicia. Y a pesar de que se ofendía fácilmente, era tan animado y divertido, muy rápido para distinguir algo raro y muy inteligente para platicarlo, que si compañía era siempre bienvenida a cualquier parte que iba.

Así fue de niño y en gran medida así fue de anciano.

… El artículo continúa » aqui

Mayo 23, 2008

Ordenaciones FSSP

El día 30 de Mayo de 2008, se llevará a cabo la Misa de Ordenación Sacerdotal de nuestro estimado amigo Jonathan Romanoski FSSP en el Seminario de Nuestra Señora de Guadalupe en Lincoln Nebraska.

El Padre “Romo” está llamado a realizar un papel importante en la evangelización y la propagación de la liturgia tradicional en México, por lo que les invito a ofrecer 3 Dïas de ayuno durante la siguiente semana para suplicarle a Nuestro Señor que derrame sus gracias y su santidad en este futuro Sacerdote.

Durante estos días previos a la ordenación, el Padre Romo estará en íntimo retiro con N.S.J., acompañémoslo espiritualmente.

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Gracias Señor por enviar obreros a tus míes.

Mayo 22, 2008

Arrodillarse ante la Eucaristía

Segmento de la Homilía de Benedicto XVI e imagen de la Comunión de los fieles en la celebración de la Misa de Corpus Christi en San Juan De Letrán, 2008.

Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).

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Texto: Zenit

Imagen: WDTPRS

Mayo 1, 2008

Abbé Laguérie (Superior del IBP): El peso de las palabras o la violencia del verbo

Viernes 18 de abril de 2008

La riqueza particular de nuestra liturgia de Cuaresma nos trabaja, nos sacude y… nos interpela. Tengo horror de esta última palabra pero lo empleo intencionalmente como una de esas innumerables deformaciones del vocabulario que, tengamos cuidado, atacan lenta y seguramente el pensamiento. No tengo encargo de nadie de mantener la lengua francesa en buen estado de marcha aunque me esfuerzo por mi gusto personal y quizá también por respeto de los que me hacen la indulgencia de entenderme, a falta de escucharme…

Pero cuando esta deformación alcanza la palabra de Dios, escrita o transmitida, me parece evidente que se trata entonces de una cuestión de fidelidad a la Fe misma. Por consiguiente, la verborrea que sustituye y desnaturaliza la fuerza del enunciado destruye del mismo golpe el mensaje del Espíritu Santo y envenena el pan diario del cual el hombre debe vivir: la palabra de Dios. Y como casi no se encuentra más predicadores suficientemente alimentados (amasados, más bien) del fraseado de la Escritura para restituir la violencia escrita a la oral, el cristiano que quiere conservar en su tenor y su sabor el Verbo de Dios está condenado a agarrarse de la Escritura Santa para no pensar que Dios haya perdido su tiempo contándonos sandeces. Más aún es necesario que tenga una buena versión y que sepa leer este altercado apasionado de Dios con los hombres, en la violencia de sus colores. Esa es otra cuestión…

No hay allí una actitud protestante sino una necesidad católica de supervivencia espiritual. Por lo demás, a parte de ciertos grandes exegetas protestantes cuya ciencia los hace un tanto prudentes y que aman de verdad la Escritura, la ausencia del Magisterio romano en exégesis hace a la mayoría dispersarse en las ciénagas del subjetivismo más recóndito. Basta con haber discutido un día con evangelistas o testigos de Jehová para convencerse de esto. Si caen sobre un verdadero experto de la Escritura, crujen los dientes en menos de diez minutos. Se aprende también ahí en poco tiempo que el Verbo no es Dios, que la vida eterna no existe (si no un paraíso terrestre bucólico-socializante sobre un fondo de caja de queso camembert digno de los más malos de los bares), que de María de Nazaret no es más Virgen que eso (para quien sería bien haber dado al mundo un hijo de hombre como todos los otros…) etc. y regresamos a las sandeces anteriores de un Espíritu que no planea de ningún modo sobre las aguas vivas, sino por supuesto sobre ciénagas apestosas.

Sólo la Santa Escritura conserva un fraseado divino que la lengua de los hombres perdió. Y si los hombres reencuentran un día esta vena casi milagrosa, lo deberán al Espíritu Santo que, no pudiendo inventar nuevas verdades, fecundará la lectura de la Escritura. Es necesario que nos pongamos de nuevo a hablar como la Escritura, por el espíritu que está en nosotros, movido por Aquel que está en Dios. O el verbo divino o el lenguaje estereotipado. Se trata nada menos que de la supervivencia de Dios en este mundo, ya que, dice el salmo, “las verdades han sido disminuidas por los hijos de los hombres… ”.

Tratemos de precisar el genio de Dios en la Escritura Santa y en consecuencia las características providenciales que confieren a este texto su violencia, su sabor y su fuerza insuperables por la mano de hombre. Ciertamente, sabemos por la Fe que está exenta de error, en su versión original, desde la primera hasta la última línea. Pero no está allí su fuerza, esa es su garantía. No aprecio tampoco a los que elogian sus calidades literarias. Además de que están muy lejos de saltar a la vista, (algunos pasajes hasta podrían pasar por ilegibles, los sacerdotes que recitan los salmos me comprenden) se ve mal al Espíritu de Dios hundir en artificios de formas “el esplendor de la verdad” que nos descubre. Sin embargo, y esto no es de ningún modo contradictorio, se puede decir que al Espíritu Santo tiene el genio de la fórmula, pero precisamente por el contrario. ¡“El Deseado de las colinas eternas”! empleado por Jacob para designar al Mesías en la permanencia de la raza real. “Consérvame vuestro espíritu principal” (PS. 50) suspira David que teme que su pecado no le “quite su candelabro de su lugar” (Apoc). O también “hay aquí más que Salomón” el cual, en relación a los lirios de los campos “no se revistió nunca como uno ellos”. (Jesús, por supuesto). Pero quién no ve que la fuerza de la fórmula, su incisión, su percusión, pertenecen a la comprensión de una verdad sublime mientras que la belleza del carácter literario desviaría más bien. (Sin perjuicio por otra parte del recurso al genero literario a veces útil al exegeta). “El sembrador salió a sembrar su semilla… ”. Se puede ver ahí, hasta entender, el gesto augusto y repetitivo del sembrador, pero no es fonéticamente bello. ¡Y tanto mejor para la parábola más cincelada y más aristocrática del Salvador! Por otra parte el rey David que sólo escribía cantando bajo la influencia del Espíritu y se encuentra ser el autor de los dos tercios de los 150 salmos ¿no se elogiaba “de ignorar el artificio literario”?

La Escritura es judía, dictada por judíos, para judíos (al principio en todo caso) y toda entera construida para conducirnos al más judío de los hijos de los hombres: Jesús de Nazaret, hijo de David y de Dios. No es porque, venido a los suyos, los suyos no lo recibieron que eso cambia aunque esto sea (para nosotros quienes somos injertos, según San Pablo), a la economía divina de esta historia enteramente judía. ¡Al contrario! Y no basta con pensar que está muy bien así porque después de todo Dios lo quiso. El extraordinario sabor y fuerza de este texto único le viene en primer lugar de este cariz judío, esta mentalidad judía, este estilo judío en el cual es narrada la historia de un pueblo enteramente destinado a acoger el don de Dios. Sólo la divinidad, del creador (antes), del redentor (después) saca la cabeza infinitamente del escenario exclusivamente judío de esta historia de la salvación. Por ello pasaron en el texto las características indispensables para la fuerza del mensaje. Se sabe que los judíos (al menos los de entonces) son extranjeros a toda filosofía, inclusive refractarios. No hay que invertir las causas: no es porque que los judíos ya tenían respuestas divinas a las cuestiones filosóficas que se abstuvieron de filosofar; es porque su estructura mental, querida por Dios, era libre de este estorbo que fueron elegidos para suministrar sin el artificio de la ciencia humana, la palabra de Dios. Matiz determinante. Es él el que da este primer genio de la Escritura y por ahí su violencia: el pensamiento allí es siempre de una concreción impactante, desembarazado de todo circunloquio humano. Un ejemplo: si en un lenguaje castigado usted quiere decir sus cuatro verdades a un mentiroso, le dirá que su lenguaje es doble. Pero cuando Dios habla dice “os bilinguae detestor” (Prov.). En buen francés: ¡“tengo en horror la boca a dos lenguas”! Ya se ve la monstruosidad de esta única boca en la cual se agitan dos lenguas de serpiente… y eso le corta el deseo de mentir. A los que se quejarían de las preferencias divinas (como si Dios no tuviera preferencias, ni siquiera cualquier derecho a tener!) a la Escritura les pega “amé a Jacob y odié a Esaü”. Y los exegetas nos cansan al hacer decir a este texto, con mil precauciones mundanas, que se habría comprendido mal estas palabras al hacerlas decir lo que dicen. “Maldito sea aquél que cuelga del madero” dice el Deuteronomio. ¿Dios puede maldecir a un hombre vivo? ¿Y porque ya esta así cruelmente golpeado? ¿Es El un monstruo? Pregúntele a San Pablo: es con esta frase que él comprendió el misterio insondable de la cruz del Cristo. “Desdichado de mi si no evangelizo” grita el apóstol. Eh sí, un pastor perezoso o pasado al enemigo no encuentra allí su cuenta, se lo concedo.

Siempre en el registro judío, parece, la Escritura Santa no dice las cosas, las martilla. Los libros sapienciales repiten siempre la misma cosa dos veces con palabras diferentes, a lo largo de las páginas. “El hilo doble no rompe y el hermano, sostenido por su hermano, es de una fortaleza inexpugnable” (Prov.). Esta capacidad de la imagen fuerte en un lenguaje siempre concreto, repetida de dos (o tres) maneras, reviste una fuerza de persuasión remarcable. Los Evangelios no escapan a esta norma y se puede decir que la palabra del Maestro, es normal, lleva al paroxismo esta constante. La construcción del sermón de la montaña obedece a un esquema repetitivo de una excepcional fuerza. “Se les enseñó que fue dicho a los ancianos… y Yo, yo les digo… ”. Así el acoso a Dios en la oración o también la necesidad de estar siempre listos para el encuentro del Señor son ilustrados con tantas sentencias y parábolas que el fuego cruzado de estas doctrinas las hace vinculantes. Las dos narraciones de la creación en el Génesis, los tres Evangelios sinópticos, ídem.

Pues la Escritura no demuestra: ¡Afirma! ¿Dios tiene que demostrar lo que afirma? A parte de San Pablo, tal vez, que se contenta con demostrar afirmando, no se encuentran pruebas. A lo sumo explicaciones del tipo de la de San Pablo demostrando la resurrección de cada cristiano por la del Salvador, su cabeza. De ahí, obviamente, la fuerza de autoridad máxima desplegada por la Escritura, a la cual no podría pretender ningún predicador desde los Apóstoles. El Señor aún detenta la marca. Y no solamente por su poder de taumaturgo fuera de par (“Joven, yo te lo ordeno: levántate” “Lázaro: sal fuera”) sino en el establecimiento de las verdades más inadmisibles. Cuando, al buen medio del discurso sobre el pan de vida, los que escuchaban protestan y murmuran “¿pero cómo este hombre puede darnos a comer su carne? ” la explicación de Jesús no va a complicarse de teología sacramental: “Si no comen la carne del Hijo del hombre, y si no beben su sangre, no tendrán la vida en ustedes”. En cuanto a los que lo haremos: “Yo los resucitaré en el último día”. Se comprende fácilmente la primera reacción a semejantes palabras: ¡“nunca hombre ha hablado así”! Las explicaciones del Señor se limitan más bien a esto: “El que tiene oídos para oír, que oiga”.

Habría aún mil y una cosas que decir como la rara potencia simbólica del texto consagrado, en las cifras, en las imágenes inagotables. La crudeza de las narraciones, igualmente, en los pecados de los hombres como en sus grandes hechos. A este respecto el Éxodo y los libros de los reyes sobrepasan infinitamente los mejores thrillers americanos (me dirán, es bastante fácil). Hay por sobre toda esta historia de la salvación, complicada, que se vuelve a actualizar, que es sorprendente pero una y cautivante por la omnipresencia de Dios que siempre es el personaje principal de estas peripecias humanas. ¡Dios! ¡Que desesperadamente aburrida es una historia donde Dios no está! El es el que da consistencia a todo, y no solamente como creador (banal…) sino como protagonista, como referencia, como presencia, como ambiente de la miserable y lamentable anécdota humana cuando el sol se eclipsa. ¡Cuánto yo compadezco a los ateos! Incluso sus grandes pecados, incluso su pequeña rebelión hipócrita no tiene la menor consistencia. ¿Pecar? ¿Pero contra qué? ¿Rebelarse? ¿Pero contra quién?

El siglo XXI deberá reencontrar esta vena divina de la concreción judía o el cristianismo desaparecerá. ¿Deberemos reclamar a los judíos esta violencia de la Escritura que perdimos en el marasmo de nuestras ideologías moribundas? Mala solución: en ellos la mala letra mató el espíritu como entre nosotros el mal espíritu mató la letra. Ya no se avanzaría más. Y ya que la violencia del verbo está casi interrumpida, esto es casi desesperado. Nuestra religión es evidentemente una religión del Verbo y no del Libro como lo repiten a propósito las propagandas mediáticas (“las tres religiones del Libro”: pouah!). Sólo el Islam es una religión del Libro, mismo si los talmudistas han reducido a esto al judaísmo. Incluso entre nosotros, no es la Escritura Santa que nos devolverá la fuerza del Verbo: ella no será jamás sino la ilustración más suntuosa, el rastro culminante, “esto de lo cual El es capaz”. Es el Verbo que hizo la Escritura y no la Escritura que hizo al Verbo. Con todo se nos había dicho: “todo fue hecho por El”. El mimetismo nunca ha producido un buen verbo y copiar la Escritura sólo será un plagió. No veo sino sólo al Espíritu Santo, el dedo de Dios, que pueda sacarnos de este impase mortal del cristianismo que envejece, y de su lengua adormecida. Sólo aquél que la produjo puede volvernos, por fecundación (”in vitro”, desgraciadamente, salvo una violación), el fruto de la semilla que El difundió tan abundantemente en la Escritura, último testigo: la violencia del Verbo, por El concebido.

Abril 29, 2008

De Enchiladas, la Jerarquía y el Amor.

A mi familia, les encantan las enchiladas. Es igual si son de pollo, de carne de res, puerco, o aún de frijoles, con tal que sean acompañadas de una selección de condimentos como la crema, lechuga, aguacate, cebollas y queso. Al servirles a mis hombres, es un ritual preguntar cuántas desean que les ponga en el plato. Generalmente, me contestan así: “Empezamos con cuatro.” Cuando me siento yo, no les escapa mi porción de solamente dos enchiladas. Invariablemente, al la vez que están tomando gusto de tener un plato bien lleno, hacen chistes sobre lo poco que yo como en comparación. Se enorgullen en sus gastronómicas capacidades superiores.Capacidad. Ésta palabra considerada en su sentido relativo, denota una jerarquía de desigualidad. Si podemos reconocer que no todas las vasijas tienen la misma capacidad, podramos entonces admitir que, aunque una no es más importante que la otra, algunas envases pueden sostener más y otras menos de la misma o de diversas sustancias. Así Dios nos ha creado, como vasijas de barro con diversas capacidades, cada uno recipiente de varios dones aptos a todas nuestras necesidades particulares para utilizarlos a darle a Dios gloria; y cuando son utilizados correctamente, esos talentos nos conducen a viver una vida la más feliz posible aquí en este mundo, y despues, para la eternidad en el cielo. Sta. Teresita de Lisieux hizo una analogía de las almas en el cielo como vasos de varios tamaños, algúnos más pequeños, otros más grandes, pero todas las almas perfectamente felizes porque todas estarán llenas hasta la capacidad.Toda la creación de Dios refleja este orden de jerarquía en donde nadie es igual, y todos tienen diversos funciones. Por ejemplo, en el cielo, los ángeles tienen sus diferentes oficios, existiendo nueve niveles de espírtus angelicales. Los Serafínes, los más cercanos a Dios, están en el nivel más elevado, y los Ángeles - entre los cuales se encuentran nuestros ángeles de la guardia - esos ocupan el más bajo nivel, cerca al hombre. Los Tronos, aunque alineados más arriba que los Ángeles, son los espírtus de la humildad, de la sumisión, y de la paz. A los Dominios, alineados debajo de los Tronos, se les han dado la autoridad de mandar. Ellos dan a conocer las órdenes de Dios a los demás ángeles. (Aqui hay algo que contemplar: En el cielo, entre los ángeles, la sumisión tiene una posicion más elevada que la autoridad.) En el cielo hay paz, tranquilidad, y orden perfecto. No hay envidia, ni existe competencia sobre quién es el más importante o superior o igual. Cada alma allí, así como cada espiritu angelical, se encantan uno á otra, y todos glorifican a Dios por la maravilla de Sus obras. Sobretodo, están tan enamorados de Dios y felices en el conocimiento de Él, que no es posible sentirse menos aunque una alma ocupe el nivel más inferior. Cada una está llena hasta la capacidad de amor. Cada una se queda perfectamente contenta y satisfecha con su posición en el cielo.

Es nuestro trabajo comenzar nuestro cielo aqui en la tierra amando con la caridad de Dios: el amor que se contenta en ver la felicidad de otros; el amor que se satisface al cumplir con las necesidades de nuestra asignación sin contender con otros; el amor que no contiende o es envidioso de los que tienen más o mejor o con los que tienen posición de autoridad. El amor de Dios no ambiciona aventajarse en rivalidad con otro, sino a inspirar al otro a alcanzar la cumbre de la santidad. El amor encuentra alegría en conformarse con la naturaleza masculina o femenina en la cual Dios ha arropado a nuestras almas.

Quizás estoy equivocada con el siguiente asunto, y si así es, posiblemente alguien me puede corregir, pero yo pienso que Dios forma el cuerpo para acomodar la única y singular personalidad engendrada en cada alma. En otras palabras, así como un edificio se erige con el fin de que será un templo para alojar La Santa Hostia, con su construcción supervisada para poner lo apropiado a su finalidad de ser casa de Dios, así también, una vasija de barro - el cuerpo varón o de hembra – Dios la crea para satisfacer los propósitos que Él destina para esa alma. Dios podria haber encajonado nuestras almas en cualquiera de los dos géneros pero, Él coloca cada alma en el “edificio” más adecuado para llevar a cabo el destino de cada alma en este mundo. A los que ocupan posicion de autoridad segun la intención de Dios, como con los Dominios, les debemos dar el respecto y nuestra obediencia.

En fin, de que debe de existir igualidad entre todos los humanos es un engaño diabólico y masonico, lo cual solamente sirve para darle fuego a revoluciones, a instigar rebeliones contra la autoridad y a causar disensión entre los sexos. Teóricamente, reclamando igualidad también podría causar escasez de enchiladas.

Marzo 30, 2008

El principio básico de lo Sagrado

La primera ocasión que escuché a alguien mencionar “el sentido de lo sagrado” fue quizá hace 10 años al P.Heinrich Pfeiffer. Siendo honesto, en un principio no me quedó muy claro el concepto, como estoy seguro que a la mayoría de los católicos “promedio” tampoco nos quedará.

Por simple que parezca, esto es terriblemente importante. Los fundamentos de nuestra Fe se entienden solamente en la medida que reconocemos a Dios su primacía:

«¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy.» Jn 13. 13-14 

Sin embargo, hoy pareciera que el objetivo es hacer de nuestra relación con Dios una relación entre iguales. La verdad es que si, Jesús nos llama ahora amigos, pero ni los apóstoles que convivieron con Él le dejaban de hablar con formalidad. ¡Ni siquiera Juan, el discípulo más amado! ¿O acaso podemos leer en su evangelio que el más joven de los discípulos le dijera “Oye Jesús” o “Ayúdame amigo” o algo tan casual?

Así, los apóstoles y la Iglesia siempre habían reconocido su distancia bajo a Jesús, entendimiento que se muestra otorgándole un trato diferenciado.

………….

Esta Semana Santa escuché a un sacerdote lamentándose de la pérdida de la sacralidad, misma que  ha venido reemplazando el secularismo.

El vocablo sacro, o sagrado tiene dos significados, el primero es lo que hace referencia a lo divino; el segundo es aquello que es dedicado específicamente a algo, por ejemplo “está consagrada a sus hijos” se dice de la madre más amorosa.

A partir de estos dos significados conceptuales, podemos identificar el origen y la consecuencia de esta desacralización que lamentaba dicho sacerdote.

¿Pero por qué es importante lo sagrado? Porque lo sagrado, como referencia a lo Divino, es lo que nos pone en contacto con la realidad de Dios; si dejamos de percibir lo sagrado dejamos de percibir a Dios. Este es el primer significado de “Sacro”.
¿Y cuál es la causa de la pérdida de esta percepción de Dios? Simplemente, que hemos dejado de dedicarle a Dios lo que aprendíamos y usábamos solo para El. Este es el segundo significado de “Sacro”.

Ejemplos, más que sobran, cosas que solo son para Dios ahora las reemplazamos por nuestra cotidianidad:
La Misa ya no se dice El Santo Sacrificio del Altar, ahora es “La Cena del Señor”.

Ya no se es Sacerdote, ahora “Se preside la liturgia”.

Ya no hay canto gregoriano o polifonìa, ahora es música pop con letras que hablan de Jesús, a veces ni eso y casi nunca son más que solo eso.

Los templos ya no son “como pequeñas embajadas del paraíso”, ahora son auditorios funcionales, con todo y desnivel de arriba hacia abajo.

Ya no es ostia, ahora intentan (inválidamente) usar bolillos o pan corriente.

Ya no se usa el cáliz, ahora el Arzobispo de Los Ángeles usa jarras de vidrio.

Ya no nos arreglamos para ir a Misa, ahora cuando nos pueden ver peor vestidos es precisamente en la Misa, por que al trabajo no nos vamos en chanclas ni tenis (generalizando)

Ya no hay una lengua para el culto, ahora usan el vernáculo y cada vez más empobrecido.
Y total, mientras por un lado se quejan de la pérdida de lo sacro, por otro lado hacen loas de que en el Novus Ordo en México, ahora en el mismísimo momento de la consagración ya no se use el Vosotros sino el Ustedes. Queda claro que ambas formas , vosotros o ustedes, son perfectamente entendibles para cualquiera que hable español, el “plus” es que ahora usarán palabras más comunes.
En fin, que si siguen rebajando todo a nivel de plática “entre cuates”, haciendo todo minimalista, de calidad profana (mediocre) o como TVShow, la gente al ir a la Iglesia se va a sentir como si estuviera en su casa… y para eso no necesita ir a la Iglesia.

………..

Al final, el ir reemplazando en nuestra práctica religiosa todo aquello que sensiblemente era exclusivo para Dios, por elementos propios de la cotidianidad; es la causa directa de lo que el Padre que escuché en Semana Santa llamó “la pérdida de lo Sagrado”.

Para esto, hoy por hoy no hay mejor cura que la que la misma Iglesia fue refinando en el paso de más de 1,500 años, tiempo nada menor.

La Misa Tradicional es el único vehículo que ha comprobado poder mantener el sentido de lo sagrado frente a terribles desafíos y batallas culturales, desde fuera e incluso desde dentro de la misma Iglesia. No solo eso, si  no que ha comprobado su valor al poder evangelizar a pueblos de raíces tan distantes y unirlos en una misa oración para el único Dios verdadero.

Si hay un culto donde se trate con exclusividad el lenguaje para Dios y los gestos sean visiblemente especiales, es sin duda en la ahora llamada Forma Extraordinaria del Rito Romano.

Si queremos perder el contacto con Dios, sigamos adelante venerando y dándole prioridad a nuestra cotidianidad.


Nota contextual.

La última vez que el Maestro Heinrich Pfeiffer, de la Universidad Gregoriana estuvo en Monterrey, al preguntarle sobre cómo evitar el robo de Arte Sacro, contestó:

“Lo primero que deberían de hacer es mantener a más personas rezando dentro de las Iglesias, pues cuando en los templos hay gente es muy difícil que se puedan robar piezas de Arte Sacro”

Eso es tener ordenada la cabeza.

Marzo 6, 2008

Homeschooling - Educación en el Hogar

Por Martha Hernández Aune -  EEUUImagen1.jpg
Era cuando teníamos solamente dos niños, los dos menores de cinco años de edad, cuando por vez primera oí hablar de madres que educaban a sus propios hijos. Me pareció muy agradable la idea, pero al contemplarlo, pensé que seria una tarea monumental y más allá de mis capacidades. Dejé caer unas palabras entre conocidos para medir las reacciones. Pensé que si podría obtener ayuda con los estudios más difíciles o por lo menos un poco de apoyo, lo intentaría. Lo que pasó, fue que la gente me miraba como si hubiera perdido el juicio. Así pues, deseché la idea como siendo irreal.En su momento, inscribimos a nuestros hijos en escuelas privadas, confiando en que una escuela católica, los educaría muy bien. Pues, me enteré de que las escuelas católicas ya no eran tan católicas como en tiempos pasados. Lo más lamentable es la falta de monjitas en nuestras escuelas. Y no todos los maestros son católicos. El programa de religión era tal que incluso los protestantes estarían cómodos con las enseñanzas. La misa semanal de los niños era un espectáculo ruidoso de irreverencias. Cuando a mi hijo lo prepararon para su primera comunión, le dijeron que tenía que recibirla en la mano. Y una vez el portero intimidó a mi pequeña hija cuando ella entró a la iglesia para visitar a Jesús como yo le había aconsejado; así que después ella nunca procuró otra visita. Era obvio que la escuela no iba a ayudarme a educar a mis niños como esperaba.

Dios ha designado que los padres sean los educadores primarios de sus hijos. La escuela debe ponerse al servicio de los padres, puesto que es a ellos a quien Dios confía el alma del niño. Las escuelas son simplemente una ayuda en la tarea de educar al niño, y nada más. Para mí, no había otra opción que retirar a nuestros hijos de la escuela. Continuar, hubiera sido un peligro para sus almas, que al final acabarían con una creencia más protestante que católica. Pero ponerlos en escuelas públicas era inadmisible. No tenía ninguna duda en que eso resultaría en hijos prácticamente paganos, desposeídos de todo sentido de lo bueno y lo malo. La única alternativa era una educación a fondo católica por una maestra que los amaba más. Yo.

Durante tres años yo había examinado los libros de la escuela y los papeles que traían a casa mis hijos, había notado que no era difícil lo que estaban aprendiendo. Con tales pensamientos me animé. ¡Sabía yo contar hasta 100! ¡Podía sumar y restar! El único obstáculo que me quedaba era mi marido, que con una imaginación fantástica, preveía a sus hijos ya adultos, como analfabetos ignorantes. Poca fe tenía en su mujer y la madre de sus niños. Pero entendía yo algo, y esto es muy importante: Con la gracia del sacramento del matrimonio, Dios concede a los padres TODAS las ayudas necesarias para criar y educar a los niños. Todo lo que tomó para convencer al esposo, fueron unas pocas palabras: ”No tendremos que pagar los altos costos de la escuela.”

En nuestro primer año enseñé el 4to grado y el 2do grado. Había solicitado un programa católico completo, que incluía planes para las lecciones, los manuales de maestra, y unos libros maravillosos. Incluyeron también rosarios y estampitas de santitos. El trabajo en esos niveles era tan fácil que acabábamos en unas 3-4 horas. Pero lo más importante, fue que tuvimos la oportunidad de atender misa diariamente y eso juntos. Así aprendieron a portarse bien mis hijos en el templo de Dios. Un día a la semana, nos íbamos a la biblioteca a sacar hasta el límite, todos los libros que nos podíamos llevar. Pasábamos ese día entero en el placer de la lectura. Todos los viernes eran días del arte. Pasábamos muchas horas con los crayones, pinturas y lápices. La lectura y el arte son los más gran placeres para mi. Recreándome en esto con mis hijos a mi lado ha sido un alegría.

Ya con tiempo y experiencia detrás de mí, pude planear mis propios programas, usando los libros que yo deseaba, seleccionando los temas y apoyando los talentos que noté en los niños. Dos de mis hijos tienen talento para la música, así que los hice comenzar en lecciones de piano. Una, aparte de sus talentos para la musica, también pinta bellos dibujos. Otro, tiene la mente para matemática, así que lo alisté en una clase de cálculo. De esta manera, he estado en completo control no solamente del alimento físico, sino también del espiritual e intelectual de mis hijos.

Los niños florecen cuando el amor los rodea y su ambiente se arregla para reflejar la belleza, la verdad, y la bondad de Dios. ¡Que el hogar se llene de bella música! ¡Que los estantes se llenen de buena literatura y de lectura católica y el hogar se adorne con arte e imágenes religiosas! Papá una vez me dijo que los niños cada segundo aprenden, aunque nadie les estén enseñando activamente. Son como unas esponjas que absorben los sonidos, todo en vista, tomando de todo alrededor de ellos. La madre-maestra tiene la oportunidad - la gracia - mientras estén en casa, de darles a sus hijos un ambiente totalmente católico. así, ya salen preparados y armados para vivir limpiamente en un mundo tan lleno de vicio.

Para los que toman interés, mi educación consiste en solamente 14 años de escuela, con dos de esos años al nivel de universidad en las artes y ciencias liberales. La experiencia de enseñanza que tengo, aparte de la educación de mis propios hijos, es haber sido por 7 años, catequista. También doy/he dado lecciones particulares privadas en matemáticas y español. Conozco madres-maestras con más educación que yo, como también algunas con menos. Realmente, lo que más se necesita para educar en casa, es la gracia del sacramento del matrimonio, oraciones, leer mucho, y quizás, el apoyo para perseverar. El Doctor Guillermo Marra (r.i.p.), gran defensor de la educación en casa, decía que si los hijos permanecen en casa para la educación y no aprenden nada, pero salvan sus almas, ellos ganan todo. Agregaría yo que si de las escuelas salen los alumnos eruditos, pero sin fe, han fallado. Sin embargo les aseguro que la educación en casa es una historia del éxito. Los niños si aprenden.


PS: El dibujo lo hizo mi hija, yo solamente apliqué el color.
Diciembre 26, 2007

In Nativitate Domini

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Diciembre 9, 2007

La liturgia en la vida del cristiano (II)

Por P. Manuel Folgar - Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina

En la encíclica Mediator Dei, el Santo Padre nos dice que “el deber fundamental del hombre es, sin duda ninguna, el de orientar hacia Dios su persona y su propia vida”.
Hemos de estar firmemente persuadidos, entonces, que nuestro origen está en Dios y que hemos sido creados para que un día podamos gozar plenamente de Dios.
Nuestra persona y nuestra vida deben estar orientadas hacia Dios, dice el Papa.
Todo lo que se aparte de ahí es, por lo tanto, una desviación, una desorientación. Y ya sabemos lo que le ocurre a una persona que se desvía de su camino: no llega al sitio que debería llegar. Ya sabemos lo que le ocurre a una persona desorientada: no acierta con las cosas, no sabe hacia donde va, anda perdida.

Pues lo mismo pasa con las personas que no viven orientadas hacia Dios: no aciertan; están en este mundo sin saber hacia donde van; andan perdidos, sin saber realmente para qué los ha traído Dios a este mundo; están en el peligro de no llegar al sitio que deberían llegar: en este mundo a vivir como hijos de Dios en el seno de la Iglesia, y después de esta vida al cielo.

¿Qué es vivir orientados hacia Dios? ¿En qué consiste? También nos lo dice Pío XII:
“El hombre se vuelve ordenadamente a Dios cuando reconoce su majestad suprema y su
magisterio sumo, cuando acepta con sumisión las verdades divinamente reveladas, cuando observa religiosamente sus leyes, cuando hace converger hacia Él toda su actividad, cuando -para decirlo en breve- da, mediante la virtud de la religión, el debido culto al único y verdadero Dios”.

En esto consiste, según enseña el Vicario de Cristo, vivir orientados hacia Dios. Pero aquí se han dicho muchas cosas que hemos de desmenuzar.

1. Nuestra persona y nuestra vida estarán orientadas hacia Dios si reconocemos la majestad suprema de Dios. Es decir, si no ponemos en nuestra vida a nadie por encima de Dios: ni amigos, ni familiares, ni siquiera uno a sí mismo. Nada ni nadie pueden estar en el corazón del cristiano por encima de Dios. Y si no es así, entonces hay un desorden, una desorientación. El cristiano no puede complacer a nadie antes que a Dios. Y el cristiano, como tristemente ocurre muchas veces, no debe posponer a Dios por dar gusto a los amigos, a los familiares, o a sí mismo.

Reconocer la majestad suprema de Dios, significa también, asumir como propios los intereses de Dios. ¿Y cuáles son esos intereses?: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Por lo tanto, el interés primero de cada uno tiene que ser alcanzar la salvación eterna: la propia y la de los demás.

Hay desorden y desorientación cuando uno en la vida pone otros intereses por encima de la propia salvación o de la salvación de los demás. Cuando uno se esfuerza más por otros intereses que por su propia salvación o la de los suyos y de los otros.
No hay intereses familiares, sociales, económicos, laborales, o del tipo que sean, que se deban poner por encima del interés de la propia salvación. Cuando uno pospone a Dios y sus obligaciones cristianas por intereses económicos, entonces no reconoce la suprema majestad de Dios. Si por no contrariar a sus amistades alguien pospone a Dios y sus obligaciones cristianas no reconoce de hecho la suprema majestad de Dios.

Cuando alguien se excusa en presuntas obligaciones familiares para posponer a Dios y sus obligaciones cristianas no reconoce la suprema majestad de Dios.
Cuando los padres educan a sus hijos de tal forma que sus estudios, sus diversiones o cualesquiera otras cosas son más importantes que sus obligaciones cristianas, entonces no están reconociendo la suprema majestad de Dios y están desorientando a sus hijos, favoreciendo que vivan desordenadamente y poniendo en peligro, desgraciadamente, que puedan llegar a alcanzar la salvación eterna.

2. Vivir orientados hacia Dios, nos decía el Papa, significa “aceptar con sumisión las verdades divinamente reveladas”.
¿Y dónde podemos encontrar las verdades enseñadas por Dios? Las encontramos todas ellas en la Sagrada Escritura, en la Sagrada Tradición de la Iglesia, en las enseñanzas de los Papas. Pero, aún más fácilmente, podemos encontrarlas todas sistematizadas y ordenadas en el Catecismo.

El problema no es tanto dónde encontrarlas. El verdadero problema es querer conocerlas y dedicar un tiempo para conocer y aprender esas verdades. Y, aún, el problema mayor es estar dispuestos a someter nuestra inteligencia con humildad y creer de verdad todo lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña.

Muchos cristianos han dejado de creer las enseñanzas impartidas por Nuestro Señor Jesucristo y, sin embargo, creen con toda facilidad lo que dicen aquellos que no tienen fe ni amor de Dios.

Nuestro Señor Jesucristo enseña que existen el cielo y el infierno y, sin embargo, hay algunos que se dicen cristianos y lo niegan.
Nuestro Señor Jesucristo dice que la impureza es un pecado que nos puede llevar a la condenación eterna y, sin embargo, hay algunos que se dicen cristianos y quitan importancia al pecado de impureza.
Nuestro Señor Jesucristo condena el adulterio y el divorcio y, sin embargo, hay algunos que se dicen cristianos y ven bien todo eso, porque según ellos todo el mundo tiene derecho a rehacer su vida.
Nuestro Señor Jesucristo enseña que hay que santificar las fiestas, y Él mismo instituyó la Santa Misa para santificarnos. Y, sin embargo, muchos dicen que no ir a Misa no tiene importancia y que eso no ofende a Dios.

¿A quién creemos, a Dios o a los hombres sin fe y sin amor de Dios?
¿A quién creemos, a Dios y a su Santa Iglesia, o a lo que dicen falsos teólogos, medios de comunicación enemigos de la Iglesia y del catolicismo, escritores impíos, o políticos liberales, marxistas y anticristianos? ¿A quién hemos de creer?

Si no queremos vivir desorientados y si no queremos llevar una vida desordenada, a la fuerza hemos de creer a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo, a su Santa Iglesia. De lo contrario la riada del mundo y de la increencia nos arrastrará hacia nuestra propia perdición. Y esto es así. Es así porque así lo enseña Dios y Dios ni se equivoca, ni nos engaña. Ahora bien, si queremos creer a los otros sufriremos las consecuencias de todo ello.

3. Vivir orientados hacia Dios, continuaba diciéndonos el Santo Padre, significa “observar
religiosamente sus leyes”.
Efectivamente, donde no hay ley entra el desorden y todo se convierte en un caos. Imaginémonos, lo que tristemente hoy ya no es tan difícil, una ciudad o un país sin ley, o con leyes que la gente no cumple. Eso acaba siendo una barbarie, una selva. Las leyes justas garantizan el orden y la paz.

¿Dónde se recoge la ley? En los 10 Mandamientos, en los Mandamientos de la Santa Madre Iglesia, en las Bienaventuranzas, en las obras de misericordia. En definitiva, la ley de Dios, tal y como nos enseña Nuestro Señor Jesucristo, se resume en el amor a
Dios sobre todas las cosas y en el amor al prójimo como a uno mismo. No podemos decir que amamos a Dios y al prójimo si despreciamos su Santa ley. La ley de Dios no es una carga pesada para amargarnos la vida, todo lo contrario, son como señales que nos indican el camino de la verdadera felicidad, de la paz y de la armonía con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

Si los hombres y mujeres respetásemos la Ley de Dios este mundo sería una antesala del cielo. La mayor parte de los sufrimientos, disgustos y calamidades que sufrimos los seres humanos vienen provocados por el incumplimiento de la santa ley de Dios: odios, rencillas, homicidios, ajustes de cuentas, envidias, malquerencias, robos, estafas, calumnias, mentiras, violaciones, explotaciones, injusticias, etc.

4. Y, finalmente, Pío XII nos enseña que orientar nuestra vida hacia Dios comporta hacer “converger hacia Él toda nuestra actividad, dando, mediante la virtud de la religión, el debido culto al único y verdadero Dios”. Hacer converger hacia Dios toda nuestra actividad significa dirigir hacia Dios, hacia su gloria, hacia la instauración de su reino todas nuestras actividades, todos nuestros trabajos.

Unos padres de familia cristianos deben tener la conciencia clara de ser colaboradores de Dios en la transmisión de la vida humana: los hijos, antes que suyos, son hijos de Dios. Y deben criarlos, educarlos y acompañarlos para que vivan en este mundo como verdaderos hijos de Dios, como hijos de la Iglesia, para que un día puedan ser ciudadanos del cielo. No se trata de criar hijos, únicamente para este mundo.

El maestro debe orientar a sus alumnos hacia Dios, disponiendo sus corazones hacia la verdad, el bien y la belleza, enseñándoles a descubrir la Sabiduría de Dios detrás de la creación y de todos los saberes de las distintas disciplinas.

El médico debe buscar no sólo la salud del cuerpo de sus pacientes, sino atender también a sus sentimientos, a su equilibrio emocional, poniéndose ambos en las manos de Dios, verdadero médico de los cuerpos y de las almas.

El labrador debe cultivar la tierra con mimo, ofreciendo su sudor por la salvación de todos los hombres, y en estrecha colaboración con Dios-Creador, Señor y dador de todos los bienes.

Así todos, cada uno en el lugar en el que desempeña su trabajo, orientándolo todo con amor hacia Dios y hacia el bien del prójimo: el trabajo manual, los trabajos intelectuales, los servicios públicos, la política, el arte, la economía, la ciencia, todas las actividades humanas. Eso es lo que espera Dios de todos y cada uno de nosotros.

En eso consiste el culto que debemos rendir a Dios con nuestra vida, haciendo de toda nuestra existencia una verdadera liturgia orientada a la gloria de Dios. Dar gloria a Dios con nuestra vida; en eso habrá de consistir nuestro paso por este mundo, para después ir a gozar eternamente de Él en el cielo.

Si procuramos vivir así, entonces es cuando encontraremos el verdadero sentido de la oración litúrgica: la participación en la Santa Misa, la recepción frecuente de los sacramentos, la vida de oración, la participación en los retiros, etc. Descubriremos que la gracia de Dios es la que alimenta y fortalece nuestro espíritu para ser capaces de llevar una vida cristiana, honrada, religiosa y santa.

Descubriremos que los actos litúrgicos no están desconectados de nuestra vida, no son puntos y aparte en nuestra vida, sino el manantial en el que encontramos inspiración y fuerza para vivir como verdaderos hijos de Dios.

Así lo enseña también la Iglesia en la Lumen Gentium: “Los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, sin son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en
sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo, que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor”.

El modelo acabado y perfecto de una vida totalmente orientada y ordenada hacia Dios lo
encontramos en Nuestra Madre la Santísima Virgen María. Ella vivió enteramente orientada y dedicada a Nuestro Señor Jesucristo. En su Corazón Inmaculado Dios ocupa el lugar principal, por encima de cualquier otra criatura, por encima de sí misma y de sus planes. Nuestra Señora es el “asiento de la Sabiduría”, porque aceptó con entera sumisión los planes de Dios, las enseñanzas de Dios. Con una humildad insuperable se sometió enteramente a los pedidos de Dios, a su Santa Ley, a su voluntad. Su vida fue un culto constante a Dios, orientando hacia Él no sólo los afectos de su Corazón, sino
todas sus actividades, hasta las más sencillas y ordinarias: sus deberes de Esposa y de Madre, su vida oculta en Nazaret, sus desvelos y trabajos, acompañando a Jesús durante los tres años de vida pública. Y, sobre todo, permaneciendo firme a los pies de la Cruz de su Hijo, ofreciéndolo a Él, y ofreciéndose a Sí misma al Padre por la salvación de todos los hombres.

EXAMEN PERSONAL
- ¿Pongo algo o a alguien por encima de Dios en mi vida?
- ¿Acepto las verdades reveladas por Dios y enseñadas por la Iglesia, o sigo las opiniones impuestas por la moda, por los que no tienen fe, por los medios de comunicación, o por los que viven alejados de la Iglesia? ¿Repaso con frecuencia el Catecismo?
- ¿Me esfuerzo en cumplir los Mandamientos de Dios y los mandamientos de la Iglesia, en vivir conforme al espíritu de la Bienaventuranzas y en ejercitar las obras de misericordia?
-¿Ofrezco a Dios, por medio de la Santísima Virgen, mis trabajos de cada día, procurando hacerlo todo por su amor y para su gloria?
-¿Procuro que los miembros de mi familia, especialmente los que están bajo mi autoridad, vivan orientados hacia Dios y su vida esté ordenada conforme a las enseñanzas de Jesucristo?
-Propósitos concretos y resoluciones que tomo.

ORACIÓN
Dulce Virgen María, Madre de Dios y Madre mía,
haz mi corazón semejante al tuyo,
un corazón que ame a Dios por encima de todas las cosas,
un corazón orientado totalmente hacia Dios, mi Padre y Salvador,
un corazón sumiso a sus enseñanzas y amante de la Verdad.
Fortalece mi voluntad para que venciendo la tentación
viva permanentemente en gracia y en amistad con Dios.
Virgen Corredentora, ofréceme por tus manos a Cristo tu Hijo,
para que juntamente con Él cuanto soy y cuanto tengo,
mis trabajos de cada día y mi vida entera,
sea una oblación de amor y de reconocimiento a la gloria
y al amor del Padre en la unidad del Espíritu Santo. Amén.
M. F.

Noviembre 13, 2007

La liturgia en la vida del cristiano (I)

Por P. Manuel Folgar - Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina

En la recolección de este mes vamos a profundizar en algunas enseñanzas impartidas por Su Santidad el Papa Pío XII en la encíclica Mediator Dei. Esta encíclica la dedicó el Papa al tema de la Sagrada Liturgia de la Iglesia.

Fijémonos bien que la Sagrada Liturgia ocupa un espacio muy importante en nuestra vida: acudimos con frecuencia a la Santa Misa, al menos los domingos y los días festivos; participamos en bautizos, bodas, confirmaciones, entierros, funerales, novenas en honor a la Santísima Virgen y a los Santos, procesiones, etc.

Un tiempo sustancial de nuestra vida lo dedicamos a participar en la Sagrada Liturgia. Y el deseo de la Iglesia es que participemos no sólo asiduamente y con regularidad, sino que lo hagamos de una manera ‘consciente, activa y fructuosa’.

‘Participación consciente’: es decir, que conozcamos bien todo lo que la Iglesia está celebrando en cada acto litúrgico. Que conozcamos el espíritu propio que mueve a la Iglesia en cada celebración.

Que los ritos que emplea la Iglesia no nos sean extraños porque los desconocemos.
Por ejemplo: es distinto el espíritu propio que hemos de tener cuando asistimos a un bautizo que cuando asistimos a un entierro.

Cuando participamos en un bautizo hemos de renovar nuestra conciencia de ser hijos de Dios. Hemos de dar gracias a Dios por habernos hecho hijos suyos de adopción. Hemos de aprovechar para renovar las promesas de nuestro bautismo. Hemos de hacer examen y meditar acerca de si estamos realmente llevando una vida propia de hijos de Dios o si tenemos descuidadas las relaciones con nuestro Padre del cielo, etc.

Cuando participamos en un entierro hemos de pedir con fe y con esperanza el eterno descanso para nuestros difuntos. Hemos de aprovechar para fortalecer en nosotros la conciencia de que un día también nosotros seremos llamados a la presencia de Dios y, por lo tanto, hemos de estar preparados y no volcados en las cosas de este mundo, descuidando nuestra vida espiritual. Hemos de aprovechar para enraizar en nuestro corazón la idea de que todo lo de aquí es pasajero y que lo realmente importante es
aprovechar esta vida viviendo cristianamente para atesorar tesoros en el cielo, si queremos verdaderamente ir a él, etc.

No es igual el espíritu propio del Adviento que el de la Navidad, de la Cuaresma o de la Pascua. Para distinguir bien hemos de aprenderlo y, sobre todo, procurar vivirlo. Lo mismo decimos de los ritos: ¿Por qué el sacerdote besa el Altar o el Santo Evangelio? ¿Qué simboliza el incienso?

¿Por qué el Sacerdote se lava las manos antes de comenzar el ofertorio? ¿Qué significan los colores litúrgicos? ¿Qué significado tiene cada una de las piezas con las que se reviste el sacerdote? ¿Por qué el Sacerdote lava los dedos dentro del cáliz cuando lo está purificando después de la Comunión? ¿Por qué unas veces se encienden dos velas, otras cuatro, otras seis y otras veces siete? ¿Qué significa estar de pie, de rodillas o sentado?, etc. Si desconocemos todo eso y muchas otras cosas, no podemos participar
conscientemente. Pero, claro, para conocer todas esas cosas hay que formarse y eso no es posible si somos avaros del tiempo, si buscamos tiempo para todo menos para
las cosas de Dios.

‘Participación activa’: significa que no debemos asistir a los ritos sagrados como meros espectadores. No asistir sólo por costumbre, o movidos únicamente por motivos humanos (voy porque van todos, voy porque he ido siempre, voy para quedar bien con la familia de los novios, del niño que va a ser bautizado, del difunto, etc.; voy porque me han invitado…) Esas no son razones suficientes, ni razones de peso.

Participar activamente significa estar con atención, unirse interiormente a las oraciones que hace el sacerdote, recitar las oraciones propias de los fieles dándose cuenta de lo que se dice. Excitando en nuestro corazón esos sentimientos que son propios de cada celebración, como decíamos antes.

Participar activamente supone estar en las debidas disposiciones para recibir la abundancia de las gracias divinas, de tal manera que puedan producir en nosotros abundantes frutos.

‘Participación fructuosa’: quiere decir que nuestra participación en la
vida litúrgica de la Iglesia tiene que valer para que cada vez demos más frutos de vida cristiana.

La participación en la Sagrada Liturgia nos habrá de ayudar a llevar una vida cristiana cada vez más perfecta, más comprometida. De lo contrario son ritos vacíos, ineficaces para nosotros.

Realmente Dios nos pedirá cuentas de si hemos aprovechado bien tantas oportunidades como hemos tenido a lo largo de nuestra vida para crecer en la fe, en la esperanza y en el amor hacia Él y hacia el prójimo.

Tantos años asistiendo a la predicación y a las enseñanzas de la Palabra de Dios. Tantos años asistiendo a la Santa Misa y recibiendo los sacramentos. Si lo hacemos bien, a la fuerza hemos de ser cada día mejores cristianos, a la fuerza hemos de amar cada vez más a Dios y gustar de las cosas de Dios. Si no es así, entonces es que estamos suspensos. No hemos hecho las cosas como Dios manda, no hemos aprovechado todas esas oportunidades. Sería como un niño que entra a los tres años en la escuela, cumple los dieciséis y sabe tanto como el primer día, o poco más. Ha perdido el tiempo miserablemente.
Uno de los frutos principales de nuestra participación en la Sagrada Liturgia debiera ser que cada vez tuviésemos más deseos de Dios: más deseos de conocerle, de amarle, de servirle mejor.

Démonos cuenta de que todo esto no es posible sin una formación espiritual seria y constante. No es posible si no dedicamos tiempo a cuidar nuestra vida espiritual: tiempo para formarnos, para leer, para hacer retiros, para orar.

¿Cuánto tiempo dedicamos a las cosas temporales: trabajo, familia, descanso, amistades? ¿Y cuánto tiempo al cuidado de nuestra alma, al cultivo de nuestra vida espiritual? Hagamos la cuenta y quizás nos quedemos sorprendidos nosotros mismos de la desproporción.

Examen personal
La participación de los fieles en la Liturgia de la Iglesia debe ser ‘consciente, activa y fructuosa’.
- ¿Soy consciente de la necesidad de formarme espiritualmente?
- ¿Dedico el tiempo necesario para las cosas de Dios? ¿Lloro ese tiempo?
- ¿Pongo toda mi atención cuando participo en los actos litúrgicos de la Iglesia? ¿Procuro hacer mío el espíritu propio de cada celebración, uniéndome a las oraciones del sacerdote y al espíritu de la Liturgia?
- ¿Tengo cada vez más deseos de conocer, amar y servir a Dios?
- Propósitos concretos que tomo en esta recolección.