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Artículos en la categoría ‘Arte y Literatura’

14
Abr

Don Camilo: Pecado Confesado

   Escrito por: Felipe   en Arte y Literatura

«Jesús, si os he servido bien, concededme una gracia: dejad por lo menos que le sacuda ese cirio en el lomo. ¿Qué es una vela, Jesús mío?»

Don Camilo era uno de esos tipos que no tienen pelos en la lengua. Aquella vez que en el pueblo había ocurrido un sucio lío en el cual estaban mezclados viejos propietarios y muchachas, don Camilo durante la misa había empezado un discursito genérico y cuidado; mas de pronto, notando justamente en primera fila a uno de los disolutos, había perdido los estribos, e interrumpiendo el discurso, después de arrojar un paño sobre la cabeza del Jesús crucificado del altar mayor, para que no oyese, plantándose los puños en las caderas había acabado el sermón a su modo, y tronaba tanto la voz que salía de la boca de ese hombrazo, y decía cosas de tal calibre que el techo de la iglesiuca temblaba.

Naturalmente, don Camilo, llegado el tiempo de las elecciones, habíase expresado en forma tan explícita con respecto a los representantes locales de las izquierdas que, un atardecer, entre dos luces, mientras volvía a la casa parroquial, un hombrachón embozado habíale llegado por detrás, saliendo del escondite de un cerco y, aprovechando la ocasión que don Camilo estaba embarazado por la bicicleta, de cuyo manubrio pendía un bulto con setenta huevos, habíale dado un robusto garrotazo, desapareciendo enseguida como tragado por la tierra.

Don Camilo no había dicho nada a nadie. Llegado a la rectoral y puestos a salvo los huevos, había ido a la iglesia a aconsejarse con Jesús, como lo hacía siempre en los momentos de duda.

–¿Qué debo hacer? –había preguntado don Camilo.
–Pincélate la espalda con un poco de aceite batido en agua y cállate –había contestado Jesús de lo alto del altar–. Se debe perdonar al que nos ofende. Esta es la regla.
–Bueno –había objetado don Camilo–; pero aquí se trata de palos, no de ofensas.
–¿Y con eso? –le había susurrado Jesús–. ¿Por ventura las ofensas inferidas al cuerpo son más dolorosas que las inferidas al espíritu?
–De acuerdo, Señor. Pero debéis tener presente que apaleándome a mí, que soy vuestro ministro, os han ofendido a vos. Yo lo hago más por vos que por mí.
–¿Y yo acaso no era más ministro de Dios que tú? ¿Y no he perdonado a quien me clavó en la cruz?
–Con vos no se puede razonar –había concluido don Camilo. Siempre tenéis razón. Hágase vuestra voluntad. Perdonaré. Pero recordad que si esos tales, envalentonados por mi silencio, me parten la cabeza, la responsabilidad será vuestra. Os podría citar pasos del Viejo Testamento…
–Don Camilo: ¡vienes a hablarme a mí del Viejo Testamento! Por cuanto ocurra asumo cualquier responsabilidad. Ahora, dicho entre nosotros, una zurra te viene bien; así aprendes a no hacer política en mi casa.

Don Camilo había perdonado. Sin embargo, algo se le había atravesado en la garganta como una espina de merluza: la curiosidad de saber quién lo había felpeado.

Pasó el tiempo y, un atardecer, mientras estaba en el confesionario, don Camilo vio a través de la rejilla la cara de Pepón, el cabecilla de la extrema izquierda.

Que Pepón viniera confesarse era tal acontecimiento como para dejar con la boca abierta. Don Camilo se alegró:
–Dios sea contigo, hermano; contigo que más que nadie necesitas de su santa bendición. ¿Hace mucho que no te confiesas?
–Desde I9I8 –contestó Pepón.
–Figúrate los pecados que habrás cometido en estos veintiocho años con esas lindas ideas que tienes la cabeza.
–¡Oh, bastantes! –suspiró Pepón.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo: hace dos meses le di a usted un garrotazo.
–Es grave –repuso don Camilo–. Ofendiendo a un ministro de Dios, has ofendido a Dios.
–Estoy arrepentido –exclamó Pepón–. Además no lo apaleé como ministro de Dios, sino como adversario político. Fue un momento de debilidad.
–¿Fuera de esto y de pertenecer a ese tu diabólico partido, tienes otros pecados graves?
Pepón vació el costal.

En conjunto no era gran cosa, y don Camilo la liquidó con una veintena entre Padrenuestros y Avemarías. Después, mientras Pepón se arrodillaba ante la barandilla para cumplir la penitencia, don Camilo fue a arrodillarse bajo el Crucifijo.

–Jesús –dijo–, perdóname, pero yo le sacudo.
–Ni lo sueñes –respondió Jesús–. Yo lo he perdonado y tú también debes perdonar. En el fondo es un buen hombre.
–Jesús, no te fíes de los rojos: esos tiran a embromar. Míralo bien: ¿no ves la facha de bribón que tiene?
–Una cara como todas las demás. Don Camilo, ¡tú tienes el corazón envenenado!
–Jesús, si os he servido bien, concededme una gracia: dejad por lo menos que le sacuda ese cirio en el lomo. ¿Qué es una vela, Jesús mío?
–No –respondió Jesús–. Tus manos están hechas para bendecir, no para golpear.

Don Camilo suspiró. Se inclinó y salió de la verja. Se volvió hacia el altar para persignarse una vez más, y así se encontró detrás de Pepón, quien, arrodillado, estaba sumergido en sus rezos.
–Está bien –gimió don Camilo juntando las palmas y mirando a Jesús–. ¡Las manos están hechas para bendecir, pero los pies no!
–También esto es cierto –dijo Jesús de lo alto–. Pero te recomiendo, don Camilo: ¡uno solo!
El puntapié partió como un rayo. Pepón lo aguantó sin parpadear, luego se levantó y suspiró aliviado.
–Hace diez minutos que lo esperaba –dijo–. Ahora me siento mejor.
–Yo también –exclamó don Camilo, que se sentía el corazón despejado y limpio como el cielo sereno.
Jesús nada dijo. Pero se veía que también él estaba contento.

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5
Abr

Don Camilo

   Escrito por: Felipe   en Arte y Literatura

No hay mucho que pueda yo decir sobre el fascinante personaje creado por Giovanni Guareschi en 1946, Don Camilo. Sacerdote bueno y rudo que platica con el Cristo del Altar Mayor de su iglesia y que tiene su más entrañable amistad con su némesis el alcalde comunista de su pueblo Don Pepone.

Las historias de Don Camilo nos llenan de humor y nostalgia no solo por la sencillez y frescura de la vida rural, sino también por la imagen del Sacerdote que ama y es amado por su comunidad, sacerdote que no abandona su sotana pero que también está dispuesto a «romperle la crisma» con sus propias manos a quien se lo merezca  o quien de ello pudiera sacar algo de provecho.

Si alguien no ha leído las historia de este Cura, en buena lid le recomiendo que adquiera alguno de los libros de Guareschi, aunque sea para leer un pequeño relato cada noche antes de dormir.

———-

EL BAUTIZO

ENTRARON en la iglesia de improviso un hombre y dos mujeres; una de ellas era la esposa de Pepón, el jefe de los rojos.

Don Camilo, que subido sobre una escalera estaba lustrando con “sidol” la aureola de San José, volviose hacia ellos y preguntó qué deseaban.
–Se trata de bautizar esta cosa –contestó el hombre. Y una de las mujeres mostró un bulto que contenía un niño.
–¿Quién lo hizo? –preguntó don Camilo, mientras bajaba.
–Yo –contestó la mujer de Pepón.
–¿Con tu marido? –preguntó don Camilo.
–¡Se comprende!… ¿Con quién quiere que lo hiciera? ¿Con usted? –replicó secamente la mujer de Pepón.
–No hay motivo para enojarse –observó don Camilo, encaminándose a la sacristía–. Yo sé algo… ¿No se ha dicho que en el partido de ustedes está de moda el amor libre?

Pasando delante del altar, don Camilo se inclinó y guiñó un ojo al Cristo.
–¿Habéis oído? –y don Camilo rió burlonamente–. Le he dado un golpecito a esa gente sin Dios.
–No digas estupideces, don Camilo –contestó fastidiado el Cristo–. Si no tuviesen Dios no vendrían aquí a bautizar al hijo, y si la mujer de Pepón te hubiese soltado un revés, lo tendrías merecido.
–Si la mujer de Pepón me hubiera dado un revés, los habría agarrado por el pescuezo a los tres y…
–¿Y qué? –preguntó severo Jesús.
–Nada, digo por decir –repuso rápidamente don Camilo, levantándose.
–Don Camilo, cuidado –lo amonestó Jesús. Vestidos los paramentos, don Camilo se acercó a la fuente bautismal.
–¿Cómo quieren llamarlo? –preguntó a la mujer de Pepón.
–Lenin, Libre, Antonio –contestó la mujer.
–Vete a bautizarlo en Rusia –dijo tranquilamente don Camilo, volviendo a colocar la tapa a la pila bautismal.

Don Camilo tenía las manos grandes como palas y los tres se marcharon sin protestar. Don Camilo trató de escurrirse en la sacristía, pero la voz del Cristo lo frenó.
–¡Don Camilo, has hecho una cosa muy fea! Ve a llamarlos y bautízales el niño.
–Jesús –contestó don Camilo–, debéis comprender que el bautismo no es una burla. El bautismo es una cosa sagrada. El bautismo…
–Don Camilo –interrumpió el Cristo–, ¿vas a enseñarme a mí qué es el bautismo? ¿A mí que lo he inventado? Yo te digo que has hecho una barrabasada porque si esa criatura, pongamos por caso, muere en este momento, la culpa será tuya de que no tenga libre ingreso en el Paraíso…
–Jesús, no hagamos drama –rebatió don Camilo–. ¿Por qué habría de morir? Es blanco y rosado una rosa.
–Eso no quiere decir nada –observó Cristo–. puede caérsele una teja en la cabeza, puede venirle un ataque apopléjico… Tú debías haberlo bautizado.
Don Camilo abrió los brazos.
–Jesús, pensad un momento. Si fuera seguro que el niño irá al Infierno, se podría dejar correr; pero ese, a pesar de ser hijo de un mal sujeto, podría perfectamente colarse en el Paraíso, y entonces decidme: ¿cómo: puedo permitir que os llegue al Paraíso uno que se llama Lenin? Lo hago por el buen nombre del Paraíso.
–Del buen nombre del Paraíso me ocupo yo –dijo secamente Jesús–. A mí sólo me importa que uno sea un hombre honrado. Que se llame Lenin o Bonifacio no me importa. En todo caso, tú podrías haber advertido a esa gente que dar a los niños nombres estrafalarios puede representarles serios aprietos cuando sean grandes.
–Está bien –respondió don Camilo–. Siempre yo desbarro; procuraré remediarlo.

En ese instante entró alguien. Era Pepón solo, con la criatura en brazos. Pepón cerró la puerta con el pasador.
–De aquí no salgo –dijo– si mi hijo no es bautizado con el nombre que yo quiero.
–Ahí lo tenéis –murmuró don Camilo, volviéndose al Cristo–. ¿Veis qué gente? Uno está lleno de las más santas intenciones y mirad cómo lo tratan.
–Ponte en su pellejo –contestó el Cristo–. No es un sistema que deba aprobarse, pero se puede comprender…
Don Camilo sacudió la cabeza.
–He dicho que de aquí no salgo si no me bautiza al chico como yo quiero –repitió Pepón, y poniendo el bulto en un silla, se quitó el saco, se arremangó y avanzó amenazante.
–¡Jesús! –imploró don Camilo–. Yo me remito a vos. Si estimáis justo que un sacerdote vuestro ceda a la imposición, cederé. Pero mañana no os quejéis si me traen un ternero y me imponen que lo bautice. Vos lo sabéis, ¡guay de crear precedentes!
–¡Bah! –replicó el Cristo–. Si eso ocurriera, tú deberías hacerle entender…
–¿Y si me aporrea?
–Tómalas, don Camilo. Soporta y sufre como lo hice yo.

Entonces volvió don Camilo y dijo:
–Conforme, Pepón; el niño saldrá de aquí bautizado, pero con ese nombre maldito no.
–Don Camilo –refunfuñó Pepón–, recuerde que tengo la barriga delicada por aquella bala que recibí en los montes. No tire golpes bajos, o agarro un banco…
–No te inquietes, Pepón; yo te los aplicaré todos en el plano superior –contestó don Camilo, colocando a Pepón un soberbio cachete en la oreja.
Eran dos hombrachos con brazos de hierro y volaban las trompadas que hacían silbar el aire. Al cabo de veinte minutos de furibunda y silenciosa pelea, don Camilo oyó una voz a sus espaldas
–¡Fuerza, don Camilo!… ¡Pégale en la mandíbula!
Era el Cristo del altar. Don Camilo apuntó a la mandíbula de Pepón y éste rodó por tierra, donde quedó tendido unos diez minutos. Después se levantó, se sobó el mentón, se arregló, se puso el saco, rehizo el nudo del pañuelo rojo y tomó al niño en brazos. Vestido con sus paramentos rituales, don Camilo lo esperaba, firme como una roca, junto a la pila bautismal. Pepón se acercó lentamente.
–¿Cómo lo llamaremos? –preguntó don Camilo.
–Camilo, Libre, Antonio –gruñó Pepón.
Don Camilo meneó la cabeza.
–No; llamémoslo, Libre, Camilo, Lenin –dijo–. Sí, también Lenin. Cuando está cerca de ellos un Camilo, los tipos de esa laya nada tienen que hacer.
–Amén –murmuró Pepón tentándose la mandíbula.

Terminado el acto, don Camilo pasó delante del altar y el Cristo le dijo sonriendo
–Don Camilo, debo reconocer la verdad: en política sabes hacer las cosas mejor que yo.
–Y en dar puñetazos también –dijo don Camilo con toda calma, mientras se palpaba con indiferencia un grueso chichón sobre la frente…

4 Comentarios
7
Sep

Arte para orar.

   Escrito por: Felipe   en Arte y Literatura

Entre estos adalides de reorganizar el blog, dediqué un tiempo a buscar imágenes en internet, pues soy un convencido total de la efectividad catequética de una buena imagen, al menos a mi me sirven mucho; por eso también lamento que la corriente de lo abstracto se haya apoderado del arte sacro de la Iglesia, y si no es el abstracto lo que impera, entonces es una especia de iconoclastía modernista.

Y no es de extrañar, el arte sacro actual predominante refleja un vacío terrible de vida espiritual comunitaria o incluso personal. El ánimo de muchos artistas, ya pintores, vitralistas e incluso arquitectos los avienta al vacío de “reinterpretar” las representaciones de la fe pero con frecuencia al límite de lo absurdo.

Iglesia de Jesús el Buen Pastor en Monterrey

Cristos y santos representados como figuras extraterrestres, que si bien se quieren fundamentar en la certeza de que el cometido de la imagen es llevar al observador más allá de la representación material, terminan llevándolas al límite de lo incomprensible.

Conciente o inconcientemente, el arte sacro siempre reflejará la vivencia espiritual del artista y es ahí donde se puede encontrar el problema, pues ¿acaso el artista tuvo un encuentro con un Jesús alien? ¿o porqué han perdido este Jesús o estos santos su figura corpórea? ¿será producto de una vida espiritual que idealiza solo los valores abstractos?¿ Cómo puede existir una humanidad sin rasgos humanos? Probablemente estos artistas no crean sus obras desde la Iglesia para la Iglesia sino desde si mismos para la Iglesia… vanidad de vanidades.

Iglesia de San Luis Gonzaga en Monterrey

Si se pueden hacer bien las cosas: Iglesia de San Luis Gonzaga en Monterrey

No son capaces de retomar elementos del arte sacro que atesora la Iglesia, eso humillaría el ego. Lo importante es inventar nuevos signos, crear imágenes que sorprendan, que sean admirados por su originalidad, aunque pierdan sus rasgos elementales: Cristos sin ojos. Ya por vanidad o ya por ignorancia.

La verdad es que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

La divinidad incorpórea es la negación de nuestro Mysterium Fidei; del misterio de nuestra fe de Dios que por nosotros se hizo un hombre como nosotros, no como figura alargada de tres metros, sino como un humano que de hecho vivió en el continente asiático hace dos mil años y caminó con sus piés y se mojába las manos e incluso la gente se preguntaba “¿qué no es este el carpintero?” Si, Dios se hizo carpintero.

Y la divinidad incorpórea no entrega sus dones por medios corpóreos como los sacramentos pero ni mucho menos deja una comunidad corpórea visible, con jerarquías y responsabilidades. La divinidad intangible no instituye una organización verificable ni una fe de conceptos claros y concretos. Pero el cristianismo es todo lo contrario.

San Felipe - Bonita imagen, bonito nombre.

San Felipe - Bonita imagen, bonito nombre.

Total que en las Iglesias ahora uno tiene que estar intentando adivinar que quizo decir el artista, en vez de tratar de leer una historia o de instruirse en la Fe, el pobre expectador tiene que imaginar de cuál droga fumó el artista para entender lo que quizo decir.

En la medida que el artista quiere interpretar la Fe y mostrarle a los fieles su “visión profunda” se convierte más en un estorbo, un lente que distorsiona, al contrario del maestro que con “peras y manzanas” quiere enseñar a los visitantes de su obra las verdades que la Iglesia le custodia o las realidades que los santos vivieron.

Y todo esto sale porque hoy encontré un magnífico sitio de internet: Holy Cards for your inspiration. En este sitio encontrarán muchísimas imagenes religiosas bellísimas. El trabajo para ir subiéndolas en internet debe de ser sumamente arduo, yo lo consideraría quizá un apostolado. Por favor no dejen de visitar el sitio.

Ya en otros artículos escribiré un poco sobre otra nueva y terrible moda de imágenes “religiosas” que yo llamaría infantilismo y que también refleja la fe que raya al borde de lo simplista cuasi-tonto. Nomás no se me enojen.

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