En esta ocasión les comparto un segmento del testimonio que un joven seminarista que nos hizo llegar a la lista de correos de Una Voce México.
Soy un joven seminarista de 25 años que lleva 5 años tratando de ser dócil a las enseñanzas de Jesús para poder asumir con responsabilidad y gran compromiso y caridad el don del sacerdocio.
Crecí en una familia grande y católica, tengo 5 hermanos en el cielo y 5 hermanos en la tierra, tres de ellos son adoptados. Desde pequeño fui educado en la fe y crecí en un ambiente de piedad y de suma reverencia por los Sagrados Misterios. Sin embargo, nunca participé hasta que tuve 20 años en una Misa Tridentina. Recuerdo que de pequeño mis padres me enseñaron a rezar el rosario en latín y mi Padre me contó que mi abuelo antes de morir esuchó su última misa en latín y que estaba muy contento (en 1972). Esto era todo lo que yo conocía de la misa tridentina, unicamente sabía de la diferencia del idioma y de la orientación del sacerdote. Lo que les quiero contar es como participé en mi primera misa tridentina, y para ello tengo que explicar el contexto.
En el año 2005 Dios en su misericordia me perimitió vivir una experiencia que cambiaría mi vida. Se trataba de una peregrinación penitencial y apostólica en EUA. Se llamaba Crusade for life. Durante casi tres meses, un grupo de casi 20 jovenes, caminamos 850 millas, desde Escondido, California (al sur de San Diego) hasta Sacramento. En nuestro camino haciamos oración y penitencia para pedir perdon a Dios nuestro Señor por el pecado del aborto y su gracia para las personas en tentación de abortar. Visitamos parroquias y capillas, hablabamos con grupos juveniles y con matrimonios y con cualquier persona que encontraramos en el camino repartiendo rosarios y llevando el mensaje: You cant be catholic and pro-abortion. Fue una experiencia que realmente cambio mi vida, ahí discerní mi vocación y recibí de Dios la fuerza para dejar todo y seguirlo sólo a Él.
Durante esta experiencia pude descubrir muchas situaciones y elementos de la realidad eclesial que habían permanecido hasta entonces ocultas para mí. Algunas maravillosas (como la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo) y otras no tanto, como las que les platicaré brevemente.
Iniciamos el camino hacia el norte, con gran animo y esperanza. Cuando dejamos la diócesis de San Diego atrás, en la que tuvimos una extraordinaria acogida por parte de los obispos y de los fieles, cuyos testimonios y reverencia en la oración, en el Santo Sacrificio de la Misa y en la adoración eran realmente edificantes, y nos íbamos acercando a la diócesis de Los Ángeles las cosas iban cambiando. Por primera vez supe con toda crudeza lo que era un abuso litúrgico y hasta un sacrilegio. Asistía a las misas católicas y me sentía fuera de lugar como si estuviera en una asamblea protestante… por primera vez, también, supe lo que era la Santa Cólera. En fin, no tengo que detallar mucho esto pues ustedes bien saben como son estas situaciones tan dolorosas para todos. Lo más doloroso fue el rechazo del Cardenal, el silencio del clero en el tema del aborto o de las relaciones pre-matrimoniales o las uniones homosexuales por instrucción del Ordinario (todo lo que quita raiting) y un par de situación realmente desagradables. La primera fue la participación en un Interfaith prayer service para pedir por el éxito del nuevo alcalde en ese entonces, Antonio Villaraigosa. Este alcalde, por cierto, era pro-choice y escandalosamente era recibido por el Cardenal en la Catedral para un evento de esta naturaleza. Yo ni siquiera sabía de qué se trataba un interfaith prayer-service, ni sus implicaciones teológicas, etc. En fin, llegamos a la catedral, ocupamos nuestros lugares, las señoritas de nuestro grupo se cubrieron con sus velos y nos pusimos de rodillas. Sorprendentemente inició una pseudo-procesión en la que ingresaron a la catedral el Cardenal, y algunos sacerdotes junto con representantes de otras religiones entre las que destacaban unos budistas junto con anglicanas y episcopalianas que entraban con sotana, sobrepelliz y estola. Los budistas y las pseudo-ministras ocuparon lugares en el santuario, en el presbiterio. Los budistas bailaron alrededor del altar y se hicieron lecturas del Rij-Veda en el ambón. Fue una profanación. Yo y mis amigos solamente llorábamos y nos lamentábamos (literalmente). En fin, resaltaba en el fondo de este alegre encuentro unos sencillos sollozos y lágrimas de unos pobres muchachos entre 18 y 24 años que veían pisoteada su fe y profanado el templo santo de Dios en donde se debería de glorificar su nombre día y noche. Me sentí traicionado. No era una profanación realizada por enemigos o paganos como las que se hicieron en la guerra cristera, pues era permitida y promovida por un obispo al que además, como tal, le debíamos respeto y reverencia. No tengo que explicarles más como me sentí fue algo terrible. Salimos de la catedral y continuamos nuestro camino.
Inmediatamente después tuvo lugar la segunda experiencia negativa. Al llegar a la siguiente parroquia nos dimos cuenta de que el Padre cambiaba la receta de la materia del pan para la Santa Misa, agregándole unas gotas de miel y algunos otros elementos. Lo confrontamos y le mostramos el CIC de 1984 en donde se señalaba que la materia debe ser hecha sólo del trigo y agua y preferentemente por religiosas lo que el padre respondió diciendo que en muchos lugares de la diócesis se seguía esa formula y con la aprobación del obispo, siguiendo algún texto del Levítico en donde se expone la receta de los panes de la presencia. El asunto era gravísimo pues bien sabemos que para que la misa sea valida, ya no hablemos de abusos o de celebraciones indignas, la materia tiene que ser íntegra, tal cual lo prescribe el derecho. Esto me llevó a una crisis tremenda pues al estar delante del sagrario no sabía si Jesús estaba ahí o no. En fin, seguimos caminando y a medida que íbamos dirigiéndonos al norte, (alejándonos de la diócesis y aproximándonos a otra) las cosas iban cambiando. Empezaba a haber menos abusos litúrgicos, había celebraciones más solemnes y reverentes y capillas más dignas y decorosas. La violencia en mi alma iba disminuyendo al entrar en un territorio más ortodoxo, y yo recuperaba la paz. Había recibido una herida en lo más profundo de mi ser, herida que aún permanece en mí como aquellas heridas de antaño que con los cambios de temperatura vuelven a doler.
De pronto una de mis amigas, ahora felizmente casada, me comentó que asistiríamos a una misa en latín. Ella estaba muy contenta y me empezó a explicar el rito para prepararme. Llegamos a la parroquia y en la puerta de la entrada había dos documentos enmarcados y pegados. El primero era la bula de San Pio V por la que se promulgaba el misal romano, el breviario romano y el catecismo tridentino cono norma universal de la Iglesia para el Culto divino y para la enseñanza. La segunda era un decreto del obispo diocesano concediendo el indulto a la parroquia para que se celebrasen los sacramentos según los textos tridentinos. Me regalaron un Misalito que todavía conservo y participé por primera vez en la misa antigua. Cuando terminó yo estaba maravillado, se me presentó delante de mi con toda claridad el misterio de la cruz y su relación con el culto divino, el templo de Jerusalén y el sacerdocio. Veía como Jesús no abolió el culto antiguo sino que lo llevó a plenitud ofreciendo el único sacrificio de valor infinito que podía pagar la deuda infinita de nuestros pecados y era el mismo que se ofrecía en el altar. No había estado yo como Juan y María en el calvario pero ESTABA AHÍ… desde entonces nunca he participado igual en la Santa Misa. Me emocioné muchísimo y quería saber más, le comenté a mi amiga mi experiencia y me dijo: y eso que fue una “low mass” cuanto me hubiera gustado que hubiera sido una “high mass”. Si, fue una misa rezada y no una misa cantada, al final la misma misa, la de Jesús, la misma a la que había participado desde pequeño, pero en otro lenguaje más misterioso y solemne con suma reverencia. Curiosamente éste mismo misterio me quitaba un cierto velo de los ojos y entendí el drama de la Santa Misa. Dios se hace hombre y muere por nosotros. Lo había repetido desde niño, lo sabía, lo creía, lo anunciaba, sin embargo lo había visto pero no lo había visto, ahora en verdad que lo había visto.
Yo estaba muy contento y recuerdo que le pregunté al lider del grupo que quería ser sacerdote que si cuando fuera sacerdote iba a celebrar la misa tridentina y él me respondió: Preferiría celebrar la misa de Paulo VI pero bien celebrada. Yo me sorprendí pues si había algún conocedor de la misa tridentina era él y hablaba maravillas de ella.
En fin, seguimos nuestro camino y como a las dos semanas nos volvieron a invitar a una misa tridentina, ahora iba a ser una Misa Cantata no en una parroquia sino en una capilla la cual nos prometieron como en la otra que estaba en plena comunión con Roma y con el obispo diocesano. Yo iba realmente emocionado, pero al llegar al lugar tuve una experiencia realmente desagradable. Salió un Señor vestido de traje impecable y nos recibió en el estacionamiento. Nos acompañaba una Señora que habitualmente asistía a esa capilla. El señor empezó a hablar con ella, a nosotros ni siquiera nos saludó y empezó a reprenderl. El asunto era muy sencillo. Aunque las mujeres llevaban sus faldas largas y sus velos y los hombres llevábamos pantalón de vestir y zapatos, no llevábamos camisas ni corbatas ni traje sino una pobre playera que tenía por el frente el león de la tribu de Judá y por detrás nuestro mensaje: You cant be catholic and pro-abortion. Se le explicó al Señor que para entonces habíamos caminado ya más de 700 kilometros y que no cargábamos con trajes ni corbatas sino que andábamos pobremente y además viviendo de lo que la providencia nos diera y durmiendo en parroquias y escuelas y que por ese motivo vestíamos así. No fue suficiente, para él eramos indignos de entrar a la Misa. Nos preguntó si estábamos confesados le dijimos que sí. Después cambió el discurso y me preguntó a mi si habitualmente asistía a la misa tridentina y le dije que no. Y entonces se puso furioso, lleno de ira me dijo que como pretendía entrar a la capilla si toda mi vida había ido a misas novus ordo que probablemente eran inválidas y que si yo entraba iba a ser un agravio para la fe y el respeto a la misa de todos los que estaban ahí. NUNCA EN MI VIDA ME HABIAN OFENDIDO NI ME HAN OFENDIDO TANTO. El señor muy amablemente me dijo que prácticamente todos los fieles católicos que yo conocía eran unos herejes modernistas que no tenían parte en el reino de los cielos. No me enojé, no me llené de ira ni de cólera, me llene de tristeza y de desanimo. Después de esto nos retiramos del lugar, la santa mujer que nos invitó se puso a llorar y nos pidió disculpas y ésta fue mi segunda experiencia con la misa tridentina.
El tiempo pasó yo entré al seminario el día del motu proprio SP lloré de alegría, y poco a poco me preparo para el día bendito de mi ordenación y para celebrar menos indignamente la Santa Misa como Dios manda.
Pero, ¿Por qué les cuento todo esto? La finalidad es muy sencilla. Son dos reflexiones las que propongo. La primera. En general creo que me he encontrado entre los defensores de la tradición estos dos tipos de personas. Los que como en mi primera misa te reciben con gran gozo, toleran tu ignorancia y te instruyen, no te desprecian sino que te aprecian y quieren compartir su tesoro contigo y poco a poco, con mucha paciencia, con fortaleza y suavidad te acompañan para que crezcas junto con ellos en la fe por la gracia de Dios y la participación en los Sagrados Misterios y los que te rechazan te acusan de modernista, de hereje, de irreverente, de impío, de ignorante, te echan del templo y poco les falta para condenarte al infierno. Seamos de los primeros, no juzguemos antes de tiempo, no condenemos a nuestros hermanos, seamos indulgentes, enseñemos la verdad con paciencia y dedicación y no descartemos a nuestros hermanos sólo por no ser como nosotros, al contrario con caridad solícita llevémoslos frente al Misterio y Dios les mostrará su gloria. La Misa hablará por sí sola, ni habrá necesidad de llamarles inmodestos, o indecentes, (si de enseñarles con generosidad el respeto y la piedad) el Señor mismo es el que les manifestará su grandeza hará que todos los pobres e ignorantes que se acercan a su Templo Santo, como lo hizo alguna vez conmigo, nos arrojemos al piso en postración, nos cubramos el rostro y nos quitemos las sandalias. No seamos de los segundos, pues habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó la misericordia.
La Segunda Reflexión. El papa Benedicto XVI inaugura su pontificado con su famosa reflexión sobre la hermeneutica de la continuidad. Cuando yo meditaba en lo que significaba una hermenéutica de la ruptura siempre pensaba en los progresistas en los teólogos de la liberación y demás desviaciones post-conciliares. Sin embargo haciendo memoria de mis experiencias, me he dado cuenta de que también puede haber una hermenéutica de la ruptura por parte de los defensores de la tradición, cuando se plantea esa absurda dicotomía eclesial de Iglesia modernista e Iglesia tradicional y auténtica, cuando se habla de un papa modernista o de una misa modernista. Esto hace que me de cuenta de los grandes alcances que tiene esta idea del magisterio de Benedicto XVI, deberíamos de profundizar más en ella y recordar constantemente nuestra profesión de fe, en la que decimos et in unam sanctam et apostolicam ecclesiam. Si somos rupturistas progresistas, decimos con deshonestidad que es la misma Iglesia la del post-concilio que la Iglesia pre-conciliar, o más bien decimos que se trata de dos realidades diversas y por tanto estamos pecando contra la fe. Si somos rupturistas tradicionalistas, decimos con deshonestidad que es la misma Iglesia la de San Pio V que la de Benedicto XVI o la de Juan Pablo II porque esta segunda es una Iglesia modernista, y entonces, también estamos pecando contra la fe. La hermenéutica de la continuidad es el camino de la reconciliación y de la paz, es el camino de la ortodoxia y de la fidelidad. Cuando narré al principio de este correo mi experiencia desagradable en la diócesis de los Ángeles se trató de un encuentro con algunos hermanos católicos confundidos por la idea de la ruptura modernista. Cuando narré mi segunda experiencia, lamentable, con la misa tridentina se trato de un encuentro con algunos rupturistas-tradicionalistas. Curiosamente, ambos, aunque desde posiciones irreconciliables, coincidían en algunas cosas, su interpretación rupturista del CVII y su poco respeto, o nulo (con la desobediencia que esto conlleva) a la autoridad legitima de la Iglesia, al Santo Padre y a los obispos en comunión con él.
En fin, les pido sus oraciones para que Dios me conceda perseverar en la vocación, y por favor no me tomen a mal nada de lo que les he dicho, en verdad que lo hago movido por la caridad y he tratado de ser muy fino en el lenguaje para no ofender a nadie. Al contrario les manifiesto a todos ustedes mi muy sincero respeto, admiración y agradecimiento.Andrés Esteban
seminarista
8vo semestre filosofía
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De pronto una de mis amigas, ahora felizmente casada, me comentó que asistiríamos a una misa en latín. Ella estaba muy contenta y me empezó a explicar el rito para prepararme. Llegamos a la parroquia y en la puerta de la entrada había dos documentos enmarcados y pegados. El primero era la bula de San Pio V por la que se promulgaba el misal romano, el breviario romano y el catecismo tridentino cono norma universal de la Iglesia para el Culto divino y para la enseñanza. La segunda era un decreto del obispo diocesano concediendo el indulto a la parroquia para que se celebrasen los sacramentos según los textos tridentinos. Me regalaron un Misalito que todavía conservo y participé por primera vez en la misa antigua. Cuando terminó yo estaba maravillado, se me presentó delante de mi con toda claridad el misterio de la cruz y su relación con el culto divino, el templo de Jerusalén y el sacerdocio. Veía como Jesús no abolió el culto antiguo sino que lo llevó a plenitud ofreciendo el único sacrificio de valor infinito que podía pagar la deuda infinita de nuestros pecados y era el mismo que se ofrecía en el altar. No había estado yo como Juan y María en el calvario pero ESTABA AHÍ… desde entonces nunca he participado igual en la Santa Misa. Me emocioné muchísimo y quería saber más, le comenté a mi amiga mi experiencia y me dijo: y eso que fue una “low mass” cuanto me hubiera gustado que hubiera sido una “high mass”. Si, fue una misa rezada y no una misa cantada, al final la misma misa, la de Jesús, la misma a la que había participado desde pequeño, pero en otro lenguaje más misterioso y solemne con suma reverencia. Curiosamente éste mismo misterio me quitaba un cierto velo de los ojos y entendí el drama de la Santa Misa. Dios se hace hombre y muere por nosotros. Lo había repetido desde niño, lo sabía, lo creía, lo anunciaba, sin embargo lo había visto pero no lo había visto, ahora en verdad que lo había visto.


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