Probablemente fuera del país poca gente sepa que el gobierno mexicano acaba de emitir una edición limitada de los billetes de 200 y 100 pesos, conmemorando el bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución mexicana respectivamente.
Por muchos y obvios motivos no coincido con la idea de iconizar a Don Miguel Hidalgo, considerado el “padre de la patria”, como el prototipo de sacerdote católico. Definitivamente no es el modelo de santo sacerdote, como político o como luchador social quizá o quizá no pudiera tener algún mérito, pero no es tema.
Lo que me viene de relevante es el retomar el estandarte de la Virgen de Guadalupe en un objeto oficial de la mayor circulación como lo es el billete de 200 pesos.
Símbolo inconfundible de la identidad mexicana, la misma presencia mariana que enciende el comienzo del esplendoroso mestizaje colonial, que es reconocida como la cohesionadora de las multitudes en la lucha de la Independencia, de una España gobernada no precisamente por amigos de la Iglesia, representa ahora la verdadera esperanza para formar un carácter mexicano capaz de afrontar las guerras internas contra los poderes de la corrupción y descomposición social que muestran violentamente su rostro en el país.
Así que no es ni casualidad ni desatino el recordar en este aniversario, el elemento más íntimo de la vocación popular del mexicano: ser guadalupano.

El estandarte dice: VIVA MARÍA SANTIÍSIMA DE GUADALUPE




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