El periódico semanal «El Observador» ha dedicado su más reciente número a Cristo Rey y a la cristiada. ¿Dónde habré visto esa portada antes?.
Varios de los artículos valen la pena, pero uno en especial me pareció bastante interesante (pueden leerlo aquí ). Se llama «Los Kamikazes de Yahvé», escrito por el Padre Juan Jesús Priego y me permito compartirles una sección del mismo:
«Es hoy aceptado por todos los científicos —escribe el padre José Luis Martín Descalzo en su Vida y ministerio de Jesús de Nazaret— el hecho de que en el grupo de Jesús había algunos apóstoles que eran, o habían sido, zelotas. Es claro el caso de Simón, a quien Lucas (6,15) llama el zelota… Igualmente se acepta hoy como probable que el apellido de Judas el Iscariote no debe traducirse, como antes se usaba, como el hombre de Karioth (nombre de una ciudad que nunca ha existido), sino que debe interpretarse como una transcripción griega de la denominación latina sicarius con la que se llamaba al grupo más radical de los zelotas, por su costumbre de atacar con un puñal curvo, de nombre sica. El mismo apodo de Pedro, Bariona (traducido anteriormente como hijo de Juan o de Jonás), es interpretado hoy como derivado de una expresión acádica que habría que traducir por terrorista o hijo del terror, versión que concuerda con el hecho de que Pedro (un pescador) lleve una espada a una escena entre amigos y que sepa manejarla con rapidez y eficacia. Es también posible que el apodo de hijos del trueno que se da a los hijos de Zebedeo (Santiago y Juan) no sea otra cosa que un apodo guerrero».
Cuando Jesús es aprehendido en el Monte de los Olivos, Pedro saca un puñal y corta la oreja a uno de los soldados del sumo sacerdote; ahora bien, ¿qué hacía el buen Pedro con un puñal entre la túnica y el manto, y, sobre todo, inmediatamente después de haber estado en la última cena? ¿O es que había participado en ella armado?
Por lo que se sabe, entre los discípulos del Señor no había saduceos, ni fariseos, ni mucho menos esenios; así pues, todo parece indicar que en el grupo de los doce no había sino personas de dos clases: o zelotas, o gente sin filiación política alguna, aunque lo más probable es que hubiera más de los primeros que de los segundos. Y esto, como decíamos hace un momento, es de capital importancia, porque quiere decir que Jesús no se avergonzó en llamar a personas con caracteres violentos, fuertes y decididos. Ignoro si en nuestros seminarios, en nuestros grupos o en nuestras parroquias habría hoy lugar para esta clase de hombres. Pero debería haberlo, pues en el grupo de Jesús lo hubo. Y fue gracias a este carácter, a esta «violencia» de los discípulos que en poco tiempo se expandió la Iglesia por el mundo entero. ¿Sería viendo a los ojos de estos hombres que Jesús afirmó que «el reino de Dios sufre violencia y sólo los violentos lo conquistarán»? Es probable; es, incluso, bastante probable.
A menudo se ha llegado a creer (Nietzsche lo creyó toda la vida) que el cristianismo es para gente con alma de atole, cuando la verdad es que es el Reino necesita almas de fuego.
En estos días tan «tolerantes», en el sentido más relativista de la palabra; los católicos de atole pululan, de hecho ser de atole es lo «correcto». Cuánto espanto si uno habla de pena de muerte, cuánta perturbación si uno repite las condenaciones de San Pablo a los homosexuales, cuánto sonrojo, cuánto atole y cuántos hippies en la Iglesia. Tanto que con frecuencia puede volverse insípida para muchos de los que terminan en el protestantismo o el ateísmo.
Coincido con el Rvo. Padre Priego de que hoy falta fuego en las parroquias, los grupos y primero que nada en los seminarios y digo yo que sal también, mucha sal. Ahí tenemos el quemante ejemplo de los cristeros.
Así que denle una vuelta al semanario, que seguramente encontrarán algo interesante en su versión online.




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