En su sermón del 14° Domingo después de Pentecostes, el Padre Romo fssp nos habla de una de las verdades que más obstinación hay en ocultar: Fuera de la Iglesia no Hay Salvación. Un tema que para la mentalidad modernista resulta de los más polémico y que para la mayoría de los católicos actuales resulta casi impensable ¿irónico no?. Certezas disminuidas por los hombres.
La Iglesia de Dios, la única Iglesia que Él fundó- santa, apostólica, católica y romana, fuera de la cual no hay salvación, como lo definió la Iglesia muchas veces, “que es absolutamente necesario para la salvación que toda criatura humana sea sujeta al Pontífice Romano,” y como San Agustín explicó contra los Donatistas, “fuera de la Iglesia católica él puede tenerlo todo menos la salvación: puede tener el honor del episcopado, puede tener los sacramentos, puede cantar el “aleluya”, puede responder “amén”, puede tener el Evangelio, puede tener y predicar la fe en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; pero nunca podrá encontrar la salvación sino en la Iglesia católica.”
¿Es una enseñanza dura o fría o sin compasión? De ninguna manera. Es nada más que una afirmación de lo que dijo santa Juana de Arco- que la Iglesia y Cristo son uno, o mejor como nuestro Señor le dijo a Saúl que perseguía la Iglesia, “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” No hay salvación fuera de ella, porque ella es el Cuerpo místico de Cristo y no hay salvación fuera de Cristo. Y “entre los miembros de la Iglesia,” dice Pío XII “sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo, y, profesando la verdadera fe, no se hayan separado, miserablemente, ellos mismos, de la contextura del Cuerpo, ni hayan sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas.”
Uno no puede ser, pues, miembro de la Iglesia, sin la verdadera fe, y sin la unión con la jerarquía eclesiástica. Sobre esto no hay debate: es la enseñanza de la Iglesia, aunque podemos hacer una excepción de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia, con respecto a ellos que no son miembros oficiales de la Iglesia, pero están en el estado de gracia, como el catecúmeno ya justificado por el bautismo de deseo, o como una persona injustamente excomulgada por la Iglesia. Sin embargo, estos grupos no pueden quedarse contentos en eso estado, como lo ha definido la Iglesia, contra los catecúmenos que tardaban en recibir el bautismo y contra los Jansenistas que no hacían caso de la importancia de la unidad visible de la Iglesia. La Iglesia condenó las siguientes proposiciones: “El miedo de una excomunión injusta no debe impedirnos nunca el cumplimiento de nuestro deber; aun cuando por la malicia de los hombres parece que somos expulsados de la Iglesia, nunca salimos de ella, mientras permanecemos unidos por la caridad a Dios, a Jesucristo y a la misma Iglesia” (Dz 1441). Eso fue condenado, y tambien lo siguiente, “Sufrir en paz la excomunión y el anatema injusto antes que traicionar la verdad es imitar a San Pablo; tan lejos está de que sea levantarse contra la autoridad o escindir la unidad” (Dz 1442). Es decir que la unidad visible de la Iglesia, es un bien divino también, y a veces necesitamos evitar una buena obra para evitar desunión y el escándalo que acompaña la desobediencia justa.
Pero ya que la Iglesia es un cuerpo visible, alguien puede ser miembro, por medio de la fe, y de la sumisión a la jerarquía, pero estando a la vez interiormente muerto. Así es el estado de un miembro que ha caído en pecado mortal, que ha abandonado el reino de Dios que está entre nosotros.
El sermón completo lo pueden leer en la página de unavocemx.org




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