Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta al Arzobispo de Boston
LA SUPREMA SAGRADA CONGREGACIÓN DEL SANTO OFICIO
De la Oficina central del Santo Oficio
8 de agosto de 1949
Protocolo Número 122/49.
Su Excelencia:
Esta Suprema Sagrada Congregación ha seguido muy atentamente el asenso y el curso de la grave controversia promovida por ciertos asociados “de Sn. Benedict Center” y del “Colegio de Boston” en cuanto a la interpretación de aquel axioma: “Fuera de la Iglesia no hay salvación.”
Después haber examinado todos los documentos que son necesarios o útiles en esta materia, entre ellos información de su Cancillería, así como peticiones e informes en cual los asociados de “Sn. Benedict Center” explican sus opiniones y quejas y también muchos otros documentos pertinentes a la controversia, oficialmente coleccionada, esta misma Congregación Sagrada está convencida que la controversia desafortunada provino de el hecho que el axioma: “fuera de la Iglesia no hay salvación,” no fue correctamente entendida y sopesada y que la misma controversia se hizo más amarga por la perturbación seria a la disciplina que proviene del hecho que algunos socios de las instituciones arriba mencionadas han rechazado la reverencia y obediencia a autoridades legítimas.
En consecuencia, los Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales de esta Congregación Suprema, en una sesión plenaria, sostenida el miércoles, 27 de julio de 1949, decretaron y el Augusto Pontífice en una audiencia el siguiente el jueves, 28 de julio de 1949, se dignó dar su aprobación, a que las explicaciones siguientes pertinentes a la doctrina, y también que las invitaciones y las exhortaciones relevantes para disciplinar sean dadas:
Estamos obligados por divina y Católica fe a creer todas aquellas cosas que están contenidas en la palabra de Dios, sea Escritura o Tradición y que son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, no sólo por el juicio solemne sino también por el oficio de enseñanza ordinaria y universal (Denzinger, n. 1792). Ahora, entre aquellas cosas que la Iglesia siempre predicaba y nunca dejará de predicar está contenida también la declaración infalible por la cual nos enseña que no hay salvación fuera de la Iglesia.
Sin embargo, este dogma debe ser entendido en aquel sentido en el cual la Iglesia misma lo entiende. Puesto que no era a juicios privados que Nuestro Salvador dio para explicación aquellas cosas que están contenidas en el depósito de la fe, sino a la autoridad magisterial de la Iglesia. Ahora, en primer lugar, la Iglesia enseña que en esta materia hay cuestiones del más estricto mandamiento de Jesucristo. Ya que Él explícitamente impuso en Sus apóstoles la tarea de enseñar a todas las naciones observar todas las cosas quel Él mismo había mandado (Mate., 28:19-20).
Ahora, entre los mandamientos de Cristo, aquel no ocupa el último lugar lugar, por el cual se se nos ordena ser incorporados por el Bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y permanecer unidos a Cristo y a Su Vicario, por quien Él mismo en una manera visible gobierna la Iglesia en la tierra.
Por lo tanto, nadie será salvado cuando, no obstante sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente establecido por Cristo, rechaza someterse a la Iglesia o retira la obediencia al Pontífice romano, el Vicario de Cristo en la tierra. No sólo el Salvador mandó que todas las naciones debieran entrar en la Iglesia, sino también decretaró a la Iglesia un medio de salvación, sin la cual nadie puede entrar en el reino de la gloria eterna.
En Su piedad infinita Dios ha deseado que los efectos, que uno necesita para ser salvado, de aquellas ayudas a la salvación que son dirigidas hacia el final del hombre, no por necesidad intrínseca, sino sólo por la institución divina, también pueden ser obtenidos en ciertas circunstancias cuando aquellas ayudas son empleadas sólo en deseo y aspiración. Esto lo vemos claramente declarado en el Sagrado Concilio de Trento, tanto en la referencia al Sacramento de Regeneración como en la referencia al Sacramento de Penitencia (Denzinger, nn. 797, ~o7).
Lo mismo en su propio grado debe ser afirmado de la Iglesia, en cuanto ella es la ayuda general para la salvación. Por lo tanto, para que uno pueda obtener la salvación eterna, no siempre es requerido que sea de hecho incorporado en la Iglesia como un miembro, pero es necesario que al menos esté unido por deseo y aspiración.
Sin embargo, este deseo no siempre tiene que ser explícito, como está en los catucúmenos; más cuando la persona está envuelta en ignorancia invensible, Dios acepta también un deseo implícito, llamado así porque está incluido en aquella buena disposición del alma por la cual una persona desea ser conforme a la voluntad de Dios.
Estas cosas están claramente enseñadas en aquella carta dogmática que fue publicada por el Soberano Pontífice, Papa Pio XII, el 29 de junio de 1943, “En el Cuerpo Místico de Jesucristo” (AAS, volumen 35, un . ’943, p. i93ff.). Ya que en esta carta el Soberano Pontífice claramente distingue entre aquellos que en efecto están incorporados en la Iglesia como miembros y aquellos que están unidos a la Iglesia sólo por el deseo.
Hablando de los miembros de los cuales el Cuerpo Místico está formado aquí en la tierra, el mismo Augusto Pontífice dice: “en efecto sólo deben ser incluidos como miembros de la Iglesia quiénes han sido bautizados y profesan la fe verdadera, y quiénes no han sido tan desafortunados para separarse de la unidad del Cuerpo, o sido excluidos por autoridades legítimas para faltas graves cometidas.”
Hacia el final de esta misma Carta Encíclica, cuando más afectivamente invita a la unidad a aquellos que no pertenecen al cuerpo de la Iglesia Católica, menciona a quienes “están relacionados con el Cuerpo Místico del Redentor por cierto inconsciente deseo y aspitación” a quienes de ningún modo excluye de la salvación eterna sino en la otra mano declara que están en una condición “en la cual ellos no pueden estar seguros su salvación” ya que “todavía permanecen privados de aquellos muchos dones y socorros celestiales que sólo pueden disfrutar en la Iglesia Católica” AAS, loc. cit., 243).
Con estas palabras sabias él reprueba tanto a aquellos que excluyen la salvación eterna unida a la Iglesia sólo por el deseo implícito, como a aquellos que falsamente afirman que los hombres son salvados igualmente bien en cada religión (cf. Papa Pio IX, Alocución “Singulari quadam,” en Denzinger, nn. 1641, sigs. También Papa Pio IX en la Carta Encíclica Quanto conficiamur moerore” en Denzinger, n. 1677).
Pero no se debe pensar que cualquier clase del deseo de entrar en la Iglesia basta para que aquel puede ser salvado. Es necesario que el deseo por el cual está relacionado con la Iglesia sea animado por la caridad perfecta. Tampoco puede un implícito deseo producir su efecto, a menos que la persona tenga una fe sobrenatural: “Ya que él que viene a Dios debe creer que Dios existe y recompensa a aquellos que le buscan” (Hebreos 11:6). El Concilio de Trento declara que (Sesión VI, capítulo 8): la Fe es el principio de salvación del hombre, fundación y raíz de toda justificación, sin la cual es imposible complacer a Dios y llegar a participar de la suerte de hijos suyos” (Denzinger, n. 80l).
Por lo que ha sido dicho es evidente que aquellas cosas que son propuestas en la revista “Desde los Tejados,” fascículo 3, como la genuina enseñanza de la Iglesia Católica estan lejanas de ser tales y son muy dañinas tanto a aquellos dentro de la Iglesia como aquellos fuera.
A partir de esas declaraciones que pertenecesn a la doctrina, le siguen ciertas conclusiones que corresponden a la disciplica y conducta, y que no pueden ser desconocidas a aquellos que enérgicamente defienden la necesidad por la cual todos están obligados a pertenecer a la Iglesia verdadera y a someterse a la autoridad del Pontífice Romano y de los Obispos “que el Espíritu Santo ha colocado… para gobernar la Iglesia” (Actos, 20:28).
De ahí que uno no pueda entender como el “Sn. Benedict Center” pueda consecuentemente decirse ser una escuela Católica y desear ser considerado tal, y aún no conformarse a las prescripciones de Canones 1381 y 1382 del Código del Derecho Canónico, y seguir existiendo como una fuente de discordia y rebelión contra autoridades eclesiásticas y como una fuente de la perturbación de muchas conciencias.
Además, está más allá del entendimiento, cómo un miembro de un instituto religioso, a saber el Padre Feeney, se presenta como “un Defensor de la fe,” y al mismo tiempo no vacila en atacar la instrucción catequética propuesta por las autoridades legales, y ni tan siquiera ha temido incurrir en las graves sanciones advertidas por los canones sagrados debido a sus serias violaciones de sus deberes como religioso, sacerdote y miembro ordinario de la Iglesia.
Finalmente, no debe ser de ningún modo tolerado que ciertos Católicos reclamen para ellos el derecho de publicar una revista, para la difusión de doctrinas teológicas, sin el permiso de las Autoridades competentes de Iglesia; llamado “Imprimatur”, que está prescrita por los cánones sagrados.
Por lo tanto, permitan que aquellos que en grave peligro están enfilados contra la Iglesia, tengan seriamente en mente que después de que “Roma ha hablado” no pueden tener excusas, incluso por motivos de buena fe. Ciertamente su obligación y deber de obediencia hacia la Iglesia son mucho más graves que el de aquellos que aún están relacionados con la Iglesia “sólo por un deseo inconsciente.” Permítaseles darse cuenta que ellos son hijos de la Iglesia, amorosamente alimentados por ellos con la leche de la doctrina y los sacramentos, y de ahí, habiendo oído la voz clara de su Madre, no pueden ser disculpados por la ignorancia culpable, y por lo tanto a ellos les aplica sin ninguna restricción aquel principio: la sumisión a la Iglesia Católica y al Pontífice Soberano es requerida como necesaria para la salvación.
En el envío de esta carta, declaro mi estima profunda, y permanezco devoto a su Excelencia, Cardenal Marchetti-Selvaggiani
A. Ottaviani Asesor
A Su Excelencia
Reverendísimo Richard James Cushing
Arzobispo de Boston
Traducción libre de Creer en México basada en el texto en Inglés, solo con fines de argumentación al tema Extra Ecclesiam Nulla Salus.




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