Por P. Manuel Folgar - Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina
En la recolección de este mes vamos a profundizar en algunas enseñanzas impartidas por Su Santidad el Papa Pío XII en la encíclica Mediator Dei. Esta encíclica la dedicó el Papa al tema de la Sagrada Liturgia de la Iglesia.
Fijémonos bien que la Sagrada Liturgia ocupa un espacio muy importante en nuestra vida: acudimos con frecuencia a la Santa Misa, al menos los domingos y los días festivos; participamos en bautizos, bodas, confirmaciones, entierros, funerales, novenas en honor a la Santísima Virgen y a los Santos, procesiones, etc.
Un tiempo sustancial de nuestra vida lo dedicamos a participar en la Sagrada Liturgia. Y el deseo de la Iglesia es que participemos no sólo asiduamente y con regularidad, sino que lo hagamos de una manera ‘consciente, activa y fructuosa’.
‘Participación consciente’: es decir, que conozcamos bien todo lo que la Iglesia está celebrando en cada acto litúrgico. Que conozcamos el espíritu propio que mueve a la Iglesia en cada celebración.
Que los ritos que emplea la Iglesia no nos sean extraños porque los desconocemos.
Por ejemplo: es distinto el espíritu propio que hemos de tener cuando asistimos a un bautizo que cuando asistimos a un entierro.
Cuando participamos en un bautizo hemos de renovar nuestra conciencia de ser hijos de Dios. Hemos de dar gracias a Dios por habernos hecho hijos suyos de adopción. Hemos de aprovechar para renovar las promesas de nuestro bautismo. Hemos de hacer examen y meditar acerca de si estamos realmente llevando una vida propia de hijos de Dios o si tenemos descuidadas las relaciones con nuestro Padre del cielo, etc.
Cuando participamos en un entierro hemos de pedir con fe y con esperanza el eterno descanso para nuestros difuntos. Hemos de aprovechar para fortalecer en nosotros la conciencia de que un día también nosotros seremos llamados a la presencia de Dios y, por lo tanto, hemos de estar preparados y no volcados en las cosas de este mundo, descuidando nuestra vida espiritual. Hemos de aprovechar para enraizar en nuestro corazón la idea de que todo lo de aquí es pasajero y que lo realmente importante es
aprovechar esta vida viviendo cristianamente para atesorar tesoros en el cielo, si queremos verdaderamente ir a él, etc.
No es igual el espíritu propio del Adviento que el de la Navidad, de la Cuaresma o de la Pascua. Para distinguir bien hemos de aprenderlo y, sobre todo, procurar vivirlo. Lo mismo decimos de los ritos: ¿Por qué el sacerdote besa el Altar o el Santo Evangelio? ¿Qué simboliza el incienso?
¿Por qué el Sacerdote se lava las manos antes de comenzar el ofertorio? ¿Qué significan los colores litúrgicos? ¿Qué significado tiene cada una de las piezas con las que se reviste el sacerdote? ¿Por qué el Sacerdote lava los dedos dentro del cáliz cuando lo está purificando después de la Comunión? ¿Por qué unas veces se encienden dos velas, otras cuatro, otras seis y otras veces siete? ¿Qué significa estar de pie, de rodillas o sentado?, etc. Si desconocemos todo eso y muchas otras cosas, no podemos participar
conscientemente. Pero, claro, para conocer todas esas cosas hay que formarse y eso no es posible si somos avaros del tiempo, si buscamos tiempo para todo menos para
las cosas de Dios.
‘Participación activa’: significa que no debemos asistir a los ritos sagrados como meros espectadores. No asistir sólo por costumbre, o movidos únicamente por motivos humanos (voy porque van todos, voy porque he ido siempre, voy para quedar bien con la familia de los novios, del niño que va a ser bautizado, del difunto, etc.; voy porque me han invitado…) Esas no son razones suficientes, ni razones de peso.
Participar activamente significa estar con atención, unirse interiormente a las oraciones que hace el sacerdote, recitar las oraciones propias de los fieles dándose cuenta de lo que se dice. Excitando en nuestro corazón esos sentimientos que son propios de cada celebración, como decíamos antes.
Participar activamente supone estar en las debidas disposiciones para recibir la abundancia de las gracias divinas, de tal manera que puedan producir en nosotros abundantes frutos.
‘Participación fructuosa’: quiere decir que nuestra participación en la
vida litúrgica de la Iglesia tiene que valer para que cada vez demos más frutos de vida cristiana.
La participación en la Sagrada Liturgia nos habrá de ayudar a llevar una vida cristiana cada vez más perfecta, más comprometida. De lo contrario son ritos vacíos, ineficaces para nosotros.
Realmente Dios nos pedirá cuentas de si hemos aprovechado bien tantas oportunidades como hemos tenido a lo largo de nuestra vida para crecer en la fe, en la esperanza y en el amor hacia Él y hacia el prójimo.
Tantos años asistiendo a la predicación y a las enseñanzas de la Palabra de Dios. Tantos años asistiendo a la Santa Misa y recibiendo los sacramentos. Si lo hacemos bien, a la fuerza hemos de ser cada día mejores cristianos, a la fuerza hemos de amar cada vez más a Dios y gustar de las cosas de Dios. Si no es así, entonces es que estamos suspensos. No hemos hecho las cosas como Dios manda, no hemos aprovechado todas esas oportunidades. Sería como un niño que entra a los tres años en la escuela, cumple los dieciséis y sabe tanto como el primer día, o poco más. Ha perdido el tiempo miserablemente.
Uno de los frutos principales de nuestra participación en la Sagrada Liturgia debiera ser que cada vez tuviésemos más deseos de Dios: más deseos de conocerle, de amarle, de servirle mejor.
Démonos cuenta de que todo esto no es posible sin una formación espiritual seria y constante. No es posible si no dedicamos tiempo a cuidar nuestra vida espiritual: tiempo para formarnos, para leer, para hacer retiros, para orar.
¿Cuánto tiempo dedicamos a las cosas temporales: trabajo, familia, descanso, amistades? ¿Y cuánto tiempo al cuidado de nuestra alma, al cultivo de nuestra vida espiritual? Hagamos la cuenta y quizás nos quedemos sorprendidos nosotros mismos de la desproporción.
Examen personal
La participación de los fieles en la Liturgia de la Iglesia debe ser ‘consciente, activa y fructuosa’.
- ¿Soy consciente de la necesidad de formarme espiritualmente?
- ¿Dedico el tiempo necesario para las cosas de Dios? ¿Lloro ese tiempo?
- ¿Pongo toda mi atención cuando participo en los actos litúrgicos de la Iglesia? ¿Procuro hacer mío el espíritu propio de cada celebración, uniéndome a las oraciones del sacerdote y al espíritu de la Liturgia?
- ¿Tengo cada vez más deseos de conocer, amar y servir a Dios?
- Propósitos concretos que tomo en esta recolección.