Antes de leer esta opinión, te pido que primero estés atento a lo que mi apreciado amigo El Sacristán Serrano ha escrito sobre este tema y del cual derivo mi texto.
II
“El escritor Martin Mosebach relata una pequeña historia sobre una misa. Transcurre hace muchos años en la isla de Capri. Un buen día apareció allí un sacerdote inglés que aún se daba a conocer como tal por su indumentaria, un fenómeno de lo más infrecuente incluso en el sur de Italia. Cuando se enteraron de que el hombre con sotana quería celebrar en serio la Santa Misa todos los días, tras ciertas vacilaciones, le ofrecieron una capilla situada en una peña que caía a pico sobre el mar, el monte Tiberio, en el que antaño se alzó Villa Jovis, una de las quintas del emperador Tiberio. Esta capilla solo se habría una vez al año, el 8 de septiembre, con motivo de la fiesta del nacimiento de María. El resto, los ratones correteaban por el espacio abandonado royendo los aledaños de los cajones de la sacristía.”
“Bien, el sacerdote inglés, hombre práctico, no un gran teólogo, se puso en marcha. Subió la empinada montaña, con la amplia panorámica del golfo. Al principio le costó abrir la cerradura oxidada de la capilla. Después, acompañado por un rayo de luz solar, penetró en la estancia que olía a cerrado. La puerta de hojalata del tabernáculo estaba abierta; las velas, consumidas; las sillas, tiradas y la sacristía parecía haber sido abandonada en una huída a la desbandada. Jarrones sucios, un gran misal podrido, un cáliz cursi, ropa de altar apelmazada por la humedad, otro misal roto. En fin, hasta el crucifijo estaba doblado.”
“El sacerdote contempló todo aquello y tras una breve reflexión, abrió la ventana, cogió el crucifijo, lo besó y lo colocó sobre el armario de la sacristía. Limpió el cáliz y colocó los candelabros. Cuando descubrió la cuerda de la campana, salió, se subió a una escalera y ató la cuerda a una campana. Ahora se había roto el maleficio.”
“El sacerdote se puso una estola de satén violeta llena de manchas, vació en un pequeño recipiente un poco de agua que había traído en una botella de plástico, empezó a rezar, añadió sal, bendijo el agua y la vertió en pequeñas pilas de marmol situadas junto a la entrada, de forma que creyó oír suspirar ala piedra, como si despertase. Por fin, cuando acabó de tirar de la cuerda de la campana, a lo lejos se acercaban algunos fieles, mujeres y niños que pronto llenaron la capilla.”
“El culto divino podía comenzar. El sacerdote se inclinó ante el altar y comenzó con las siguientes palabras: Introibo ad altare dei.”
“Y al observador atento le pareció que, al limpiar el hombre de la sotana el lugar del sacrificio, al encender las velas, al bendecir el agua, al sacar el polvo y tirar las ratoneras a un rincón, había sucedido algo singular. Porque como Abel o Noé, el había construido primero un altar antes de comenzar el sacrificio. Y al igual que Moisés, había delimitado el sitio para el tabernáculo. Fue una preparación y un trazado del espacio sagrado.”
I
Esta cita que Peter Seewald hace de Mosebach refleja un punto que circunscribe a lo que deberíamos esperar del intelectualismo católico. No solo se trata de que haya católicos pensantes y famosos, se trata de que defiendan a la Iglesia, que hablen del Catolicismo y que hagan algo para perpetuar el legado que nos ha sido confiado.
¿Cuántos intelectuales, sobre todo en Latinoamérica, España o Portugal, se confesarán y comulgarán cada Domingo? Posiblemente muchos, seguramente mucho menos de los que solo vayan a la Iglesia para casarse, bautizar o despedir a alguien. Pero al final seguramente son muchos.
¿Cuántos personajes conocidos, inteligentes y arrojados tienen el valor como Chesterton de escribir su Ortodoxia en plena fama de su carrera? ¿Que buena y conocida Dama aboga hoy por la Santa Misa? ¿Qué escritor actual le ha dado a la Iglesia algún Hijo sacerdote? La verdad aún no lo se, quizá por ignorancia quizá porque no los haya.
No se necesita ser un gran sabio para darse cuenta que esto no sucede porque falta la condición primera y origen del intelectualismo católico: La Identidad Católica. ¿Quién se siente hoy diferente por ser católico?¿quién se sabe que por más políticamente incorrecto que se escuche, no es lo mismo ser católico que ser bautista o pentecostal?¿quién reconoce que la solución a los problemas del mundo comienzan en la dimensión vertical y no la horizontal?
Por eso no nos extrañemos que no haya por ahí intelectuales católicos de esos descaradamente católicos.
III
Alguien tiene que hacer algo y alguien lo está haciendo. Él no puede por si mismo darnos toda la solución ya terminada, pero Benedicto XVI está siendo muy consistente en animar a los fieles a que recobren su identidad como hijos de la Iglesia y portadores de la Fe verdadera. Summorum Pontificum es hasta ahora el mayor incentivo dado para crear una mentalidad católica intelectualmente asumible. La Forma Extraordinaria del rito romano, que aparte de exigir más que el mínimo esfuerzo intelectual y de no menospreciar la capacidad de abstracción de los fieles, es la bandera por antonomasia del catolicismo militante.
Mientras la Forma Ordinaria, como se celebra en las mayorías de las parroquias y templos, genera una atmósfera de cordialidad, amistad y fraternidad con “los invitados a la Cena del Señor” que compartimos nuestra comunidad, situaciones sociales y actualidad; la Forma Extraordinaria conecta a sus asistentes de manera inevitable con siglos remotos y con congregaciones que se dispersan y pierden en la inmensidad de la tierra, con la Iglesia Militante pasada y futura y con la Iglesia Triunfante en el cielo. La Forma Extraordinaria ciertamente predispone los sentidos del individuo a contemplar lo no-ordinario.
¿Qué espíritu dócil pudiera no sentirse abrumado por la experiencia de la contemplación? ¿Qué espíritu dócil pudiera no abrir las puertas al Agua Viva para sumergir su intelecto en el? Pues el intelectualismo católico no es una cúspide del entendimiento humano autosuficiente, por todo lo contrario como en el caso Ratzinger, el intelectualismo católico es producto de una gran maquinaria cerebral, gran análisis, gran síntesis, abstracción, concreción y memoria aceitada por la miel de la Santa Sabiduría, una maquinaria puesta humildemente, como “instrumento insuficiente”, al servicio del generoso Dios que la creó.
Como pequeña coincidencia (si es que no he podido ser convincente con la idea) en Mosebach se lee el contacto con el rito antiguo y para los que somos más mundanos tenemos el ejemplo de otro famoso, que quizá más artista que intelectual, ha tenido el descaro de realizar un nuevo clásico cinematográfico para las Semanas Santas asumiendo públicamente su espiritualidad ligada al uso preconciliar. Coincidencias, como he dicho, seguramente son solo eso como la de todos los firmantes de los manifiestos pro motu proprio (espero se me permita el sarcasmo).
Como dice un refrán popular “Arrieros somos y en el camino andamos”, falta mucho pero para eso estamos aquí.
IV
Benedicto XVI tiene esta intención y sabe que el resurgimiento del pensamiento católico será indispensable para llevar a la Iglesia a sus últimas pruebas. En la última visita Ad Limina de los obispos mexicanos, el Papa, así de agudo como es, les preguntó a todos ellos y luego a cada uno que le dijeran el nombre de 3 intelectuales católicos mexicano. La respuesta no se hizo esperar, de inmediato se escuchó el silencio.




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