Los sumos pontífices hasta nuestros días se preocuparon constantemente porque la Iglesia de Cristo ofreciese a la Divina Majestad un culto digno de “alabanza y gloria de Su nombre” y “del bien de toda su Santa Iglesia”.
Desde tiempo inmemorable, como también para el futuro, es necesario mantener el principio según el cual, “cada Iglesia particular debe concordar con la Iglesia universal, no solo en cuanto a la doctrina de la fe y a los signos sacramentales, sino también respecto a los usos universalmente aceptados de la ininterrumpida tradición apostólica, que deben observarse no solo para evitar errores, sino también para transmitir la integridad de la fe, para que la ley de la oración de la Iglesia corresponda a su ley de fe. (1)
“Entre los pontífices que tuvieron esa preocupación resalta el nombre de San Gregorio Magno, que hizo todo lo posible para que a los nuevos pueblos de Europa se transmitiera tanto la fe católica como los tesoros del culto y de la cultura acumulados por los romanos en los siglos precedentes. Ordenó que fuera definida y conservada la forma de la sagrada Liturgia, relativa tanto al Sacrificio de la Misa como al Oficio Divino, en el modo en que se celebraba en la Urbe. Promovió con la máxima atención la difusión de los monjes y monjas que, actuando según la regla de San Benito, siempre junto al anuncio del Evangelio ejemplificaron con su vida la saludable máxima de la Regla: “Nada se anticipe a la obra de Dios” (cap.43). De esa forma la Sagrada Liturgia, celebrada según el uso romano, enriqueció no solamente la fe y la piedad, sino también la cultura de muchas poblaciones. Consta efectivamente que la liturgia latina de la Iglesia en sus varias formas, en todos los siglos de la era cristiana, ha impulsado en la vida espiritual a numerosos santos y ha reforzado a tantos pueblos en la virtud de la religión y ha fecundado su piedad.
Muchos otros pontífices romanos, en el transcurso de los siglos, mostraron particular solicitud porque la sacra Liturgia manifestase de la forma más eficaz esta tarea: entre ellos destaca San Pío V, que sostenido de gran celo pastoral, tras la exhortación de Concilio de Trento, renovó todo el culto de la Iglesia, revisó la edición de los libros litúrgicos enmendados y “renovados según la norma de los Padres” y los dio en uso a la Iglesia Latina.
Entre los libros litúrgicos del Rito romano resalta el Misal Romano, que se desarrolló en la ciudad de Roma, y que, poco a poco, con el transcurso de los siglos, tomó formas que tienen gran semejanza con las vigentes en tiempos más recientes.
Fue éste el objetivo que persiguieron los Pontífices Romanos en el curso de los siguientes siglos, asegurando la actualización o definiendo los ritos y libros litúrgicos, y después, al inicio de este siglo, emprendiendo una reforma general”(2). Así actuaron nuestros predecesores Clemente VIII, Urbano VIII, san Pío X (3), Benedicto XV, Pío XII y el beato Juan XXIII.
En tiempos recientes, el Concilio Vaticano II expresó el deseo che la debida y respetuosa reverencia respecto al culto divino, se renovase de nuevo y se adaptase a las necesidades de nuestra época. Movido de este deseo, nuestro predecesor, el Sumo Pontífice Pablo VI, aprobó en 1970 para la Iglesia latina los libros litúrgicos reformados, y en parte, renovados. Éstos, traducidos a las diversas lenguas del mundo, fueron acogidos de buen grado por los obispos, sacerdotes y fieles. Juan Pablo II revisó la tercera edición típica del Misal Romano. Así los Pontífices Romanos han actuado “para que esta especie de edificio litúrgico (…) apareciese nuevamente esplendoroso por dignidad y armonía”(4).
En algunas regiones, sin embargo, no pocos fieles adhirieron y siguen adhiriendo con mucho amor y afecto a las anteriores formas litúrgicas, que habían embebido tan profundamente su cultura y su espíritu, que el Sumo Pontífice Juan Pablo II, movido por la preocupación pastoral respecto a estos fieles, en el año 1984, con el indulto especial “Quattuor abhinc annos”, emitido por la Congregación para el Culto Divino, concedió la facultad de usar el Misal Romano editado por el beato Juan XXIII en el año 1962; más tarde, en el año 1988, con la Carta Apostólica “Ecclesia Dei”, dada en forma de Motu proprio, Juan Pablo II exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad a favor de todos los fieles que lo solicitasen.
Después de la consideración por parte de nuestro predecesor Juan Pablo II de las insistentes peticiones de estos fieles, después de haber escuchado a los Padres Cardenales en el consistorio del 22 de marzo de 2006, tras haber reflexionado profundamente sobre cada uno de los aspectos de la cuestión, invocado al Espíritu Santo y contando con la ayuda de Dios, con las presentes Cartas Apostólicas establecemos lo siguiente:
Art. 1.- El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi” (”Ley de la oración”), de la Iglesia católica de rito latino. No obstante el Misal Romano promulgado por San Pío V y nuevamente por el beato Juan XXIII debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi” y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo. Estas dos expresiones de la “Lex orandi” de la Iglesia no llevarán de forma alguna a una división de la “Lex credendi” (”Ley de la fe”) de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.
Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, que no se ha abrogado nunca, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia. Las condiciones para el uso de este misal establecidas en los documentos anteriores “Quattuor abhinc annis” y “Ecclesia Dei”, se sustituirán como se establece a continuación:
Art. 2.- En las Misas celebradas sin el pueblo, todo sacerdote católico de rito latino, tanto secular como religioso, puede utilizar sea el Misal Romano editado por el beato Papa Juan XXIII en 1962 que el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI en 1970, en cualquier día, exceptuado el Triduo Sacro. Para dicha celebración siguiendo uno u otro misal, el sacerdote no necesita ningún permiso, ni de la Sede Apostólica ni de su Ordinario.
Art. 3.- Las comunidades de los institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, de derecho tanto pontificio como diocesano, que deseen celebrar la Santa Misa según la edición del Misal Romano promulgado en 1962 en la celebración conventual o “comunitaria” en sus oratorios propios, pueden hacerlo. Si una sola comunidad o un entero Instituto o Sociedad quiere llevar a cabo dichas celebraciones a menudo o habitualmente o permanentemente, la decisión compete a los Superiores mayores según las normas del derecho y según las reglas y los estatutos particulares.
Art 4.- A la celebración de la Santa Misa, a la que se refiere el artículo 2, también pueden ser admitidos -observadas las normas del derecho- los fieles que lo pidan voluntariamente.
Art.5. §1.- En las parroquias, donde haya un grupo estable de fieles adherentes a la precedente tradición litúrgica, el párroco acogerá de buen grado su petición de celebrar la Santa Misa según el rito del Misal Romano editado en 1962. Debe procurar que el bien de estos fieles se armonice con la atención pastoral ordinaria de la parroquia, bajo la guía del obispo como establece el can. 392 evitando la discordia y favoreciendo la unidad de toda la Iglesia.
§ 2.-La celebración según el Misal del beato Juan XXIII puede tener lugar en día ferial; los domingos y las festividades puede haber también una celebración de ese tipo.
§ 3.- El párroco permita también a los fieles y sacerdotes que lo soliciten la celebración en esta forma extraordinaria en circunstancias particulares, como matrimonios, exequias o celebraciones ocasionales, como por ejemplo las peregrinaciones.
§ 4.- Los sacerdotes que utilicen el Misal del beato Juan XXIII deben ser idóneos y no tener ningún impedimento jurídico.
§ 5.- En las iglesias que no son parroquiales ni conventuales, es competencia del Rector conceder la licencia más arriba citada.
Art.6. En las misas celebradas con el pueblo según el Misal del Beato Juan XXIII, las lecturas pueden ser proclamadas también en la lengua vernácula, usando ediciones reconocidas por la Sede Apostólica.
Art.7. Si un grupo de fieles laicos, como los citados en el art. 5, §1, no ha obtenido satisfacción a sus peticiones por parte del párroco, informe al obispo diocesano. Se invita vivamente al obispo a satisfacer su deseo. Si no puede proveer a esta celebración, el asunto se remita a la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”.
Art. 8. El obispo, que desea responder a estas peticiones de los fieles laicos, pero que por diferentes causas no puede hacerlo, puede indicarlo a la Comisión “Ecclesia Dei” para que le aconseje y le ayude.
Art. 9. §1. El párroco, tras haber considerado todo atentamente, puede conceder la licencia para usar el ritual precedente en la administración de los sacramentos del Bautismo, del Matrimonio, de la Penitencia y de la Unción de Enfermos, si lo requiere el bien de las almas.
§2. A los ordinarios se concede la facultad de celebrar el sacramento de la Confirmación usando el precedente Pontifical Romano, siempre que lo requiera el bien de las almas.
§3. A los clérigos constituidos “in sacris” es lícito usar el Breviario Romano promulgado por el Beato Juan XXIII en 1962.
Art. 10. El ordinario del lugar, si lo considera oportuno, puede erigir una parroquia personal según la norma del canon 518 para las celebraciones con la forma antigua del rito romano, o nombrar un capellán, observadas las normas del derecho.
Art. 11. La Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, erigida por Juan Pablo II en 1988, sigue ejercitando su misión.
Esta Comisión debe tener la forma, y cumplir las tareas y las normas que el Romano Pontífice quiera atribuirle.
Art. 12. La misma Comisión, además de las facultades de las que ya goza, ejercitará la autoridad de la Santa Sede vigilando sobre la observancia y aplicación de estas disposiciones.
Todo cuanto hemos establecido con estas Cartas Apostólicas en forma de Motu Proprio, ordenamos que se considere “establecido y decretado” y que se observe desde el 14 de septiembre de este año, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, pese a lo que pueda haber en contrario.
Dado en Roma, en San Pedro, el 7 de julio de 2007, tercer año de mi Pontificado.
NOTAS
(1) Ordinamento generale del Messale Romano 3ª ed. 2002, n.937
(2) JUAN PABLO II, Lett. ap. Vicesimus quintus annus, 4 dicembre 1988, 3: AAS 81 (1989), 899
(3) Ibid. JUAN PABLO II, Lett. ap. Vicesimus quintus annus, 4 dicembre 1988, 3: AAS 81 (1989), 899
(4) S. Pio X, Lett. ap. Motu propio data, Abhinc duos annos, 23 ottobre 1913: AAS 5 (1913), 449-450; cfr JUAN PABLO II lett. ap. Vicesimus quintus annus, n. 3: AAS 81 (1989), 899
(5) Cfr Ioannes Paulus II, Lett. ap. Motu proprio data Ecclesia Dei, 2 luglio 1988, 6: AAS 80 (1988), 1498
Traducción no oficial del Vatican Information Service (VIS) del original en latín.


Hola queridos amigos ¿emocionados?. Yo bastante.
Me encuentro en una remota playa de la península de Yucatán, toda la semana pasada estuve en Mérida y pensaba que este día Dios me pediría vivir el gozo en la humildad del silencio (sin internet ni escribiendo en el blog en este día tan especial).Sin embargo en este apartado rincón he encontrado acceso a Internet ¡Que gran regalo! Ahora me dispongo a ir a la iglesita del pueblo, donde ya vi qe tienen al Santísimo, para rezarle el Te Deum y después continuaré dandole todo el tiempo a mi familia.
El lunes volveré a scribir. Por lo prono me gustaría recibir sus comentarios sobre cómo han recibido ustedes este documento.
Les mando un afectuoso saludo.
Demos gracias a Dios por nuestro querido Papa Ratzinger.
¡Yo estoy emocionadísimo! Leí el Motu Proprio en latín, y estoy orgulloso. Dios quiera que de este documento salga buen fruto. Plurimas gratias Sancto Patri.
Ayer hubo una conferencia en mi ciudad acerca del regreso de la misa en latín (la antigua). Duró alrededor de 3 horas. Los panelistas: Mons. Isidro Puente Ochoa, Mons. Eduardo Ackerman y el P. Florentino Durazo. Muy bueno el debate. Quedó grabado en video y audio. Tal vez lo podamos pasar al Internet. Bueno, después les aviso.
Benedicamos Domino!
Mediante el Motu Proprio Summorum Pontificum, el papa Benedicto XVI ha restablecido los derechos de la misa tridentina, afirmando con claridad que el Misal Romano promulgado por San Pío V nunca fue abrogado. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X se alegra de ver que la Iglesia se reencuentra con su tradición litúrgica, dando a los sacerdotes y fieles que habían sido privados de ella la posibilidad de acceder libremente al tesoro de la misa tradicional por la gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la salvación de las almas. Por este gran bien espiritual, la Fraternidad San Pío X expresa al Sumo Pontífice su vivo agradecimiento.
La carta que acompaña al Motu Proprio no oculta sin embargo las dificultades que aun subsisten. La Fraternidad San Pio X formula el deseo de que el clima favorable instaurado por las nuevas disposiciones de la Santa Sede permitan -luego del levantamiento del decreto de excomunión que todavía pesa sobre sus obispos- tratar con más serenidad los puntos doctrinales en litigio.
Lex orandi, lex credendi, la ley de la liturgia es la de la fe. En fidelidad al espíritu de nuestro fundador Mgr Marcel Lefebvre, el apego de la Fraternidad San Pio X a la liturgia tradicional está indisociablemente unida a la fe que ha sido profesada “siempre, en todas partes y por todos”.
Menzingen, 7 de julio 2007
Mgr Bernard Fellay
………………………….
Cualquier otra opinión de los miembros de la Fraternidad Sacerdotal será tomada como no oficial y a título muy personal.
Dejemos que el Superior D. Bernard Fellay -Hombre Santo y Sabio- hable por todos, que para eso fue electo unanimemente.
Los seguidores del cismático arzobispo Lefebvre expresaron hoy su ‘gratitud’ al Papa por haber facilitado la misa en latín, pero insistieron en que hasta que no sea levantada la excomunión que pesa sobre sus obispos ‘no se podrán afrontar los puntos doctrinales’ que les separan.
Así lo manifestó el superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (fundada por Marcel Lefebvre en 1968), Bernard Fellay, quien en un comunicado expresó su ’satisfacción’ y ‘viva gratitud’ por el documento aprobado por Benedicto XVI, ’sin olvidar las dificultades que aún persisten’.
Fellay señaló que su Fraternidad ’se complace’ al ver como la Iglesia ‘reencuentra su tradición litúrgica, donando a sus sacerdotes y fieles la posibilidad de celebrar la misa tradicional para la gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la salvación de las almas que hasta ahora le había negado’.
El seguidor del cismático Lefebvre agregó que la Fraternidad de San Pío X auspicia que ‘el clima favorable instaurado en el Vaticano permita, después de que sea levantada la excomunión que aún afecta a sus obispos, afrontar con más serenidad los puntos doctrinales en cuestión’ (las reformas aprobadas por el Concilio Vaticano II, que no reconocen).
El cardenal colombiano Dario Castrillón Hoyos, presidente del Consejo de la comisión ‘Ecclesia Dei’, encargado de las relaciones con los ‘lefebvrianos’ le respondió ‘a distancia’, ya que en una declaraciones a la revista católica ‘30 Giorni’, que las divulgó hoy, afirmó que el Papa les ha tendido la mano y que ellos ‘no pueden negar los valores y la validez del Vaticano II’.
El 29 de agosto del 2005, sólo cuatro meses después de ser elegido Papa, Benedicto XVI ya les tendió una mano, al recibir ese día en audiencia a Bernard Fellay.
No fue la única mano tendida, en 2004 el cardenal Castrillón Hoyos ofició en la basílica de Santa María La Mayor, de Roma, una misa tridentina, la primera vez tras la reforma litúrgica que un purpurado celebraba siguiendo el rito preconciliar de San Pío V.
La defensa a ultranza de este rito fue una de las razones que llevó al cisma al fallecido Marcel Lefebvre, pero no las únicas.
El prelado se oponía al reformismo del Concilio Vaticano y sobre todo al ecumenismo y a las relaciones con las otras religiones.
Llegó a decir que el Vaticano estaba ocupado por anticristos y fundó la Fraternidad de San Pío X, en Econe (Suiza), basada en el tradicionalismo.
Lefebvre nunca escuchó las advertencias de Roma y el 30 de junio de 1988, tras hacer oídos sordos a las peticiones del Vaticano y del Papa, ordenó cuatro obispos sin el permiso del Pontífice.
Automáticamente se produjo la excomunión.
La Fraternidad de San Pío X asegura que cuenta con cuatro obispos, 453 sacerdotes, 178 seminaristas, casi un centenar de religiosos, dos centenares de monjas y más de 200.000 fieles repartidos por todo el mundo, especialmente en Suiza, Francia, Argentina, EEUU y Alemania.
En el año 2002 los fieles brasileños seguidores de Lefebvre que viven en el estado brasileño de Río de Janeiro, en la región de Campos dos Goytacazes, volvieron a la comunión con Roma tras 20 años de separación.
Fueron los miembros de la Unión Sacerdotal San Juan María Vianney, liderada por el obispo Liciano Rangel y formada por 26 sacerdotes y unos 28.000 laicos.
Aunque el papa Juan Pablo II, y numerosos cardenales expresaron su satisfacción, el por entonces purpurado Joseph Ratzinger (actual Pontífice) afirmó que aunque ‘deseaba, esperaba y rezaba’ para que todos volvieran al seno de la Iglesia Católica, el camino era ‘todavía largo’.
Ratzinger afirmó que se había producido ‘un fuerte endurecimiento’ en ese movimiento, ‘que estaba encerrado en sí mismo’. El por entonces cardenal aseguró que no servía ‘una acción diplomática, sino un camino espiritual para que sane la fractura’.
Ya entonces se mostró a favor de que se le reconociera el rito tridentino, pero insistió en que tenían que comprender que la liturgia renovada ‘es siempre la misma liturgia de la Iglesia’.
Las palabras de hoy de Fellay dan a entender que aún hace falta tiempo
Por tierras españolas,creo que el júbilo es indescriptible. Contentos por el Motu Propio, felices porque el Cardenal Primado ha Ordenado sacerdotes por el rito tradicional, gozosos por la aprobación definitiva del Oasis Jesús Sacerdote. ¿Qué más podemos pedir en sólo una semana?
Deo Gratias! ¡En horabuena!
Es una alegría la publicación de este motu propio. Hara sin duda un bien enorme a la Iglesia.
Espero que los Obispos de Chile le den una acogida favorable.
Sábado,por la tarde, pasé tiempo antes de la Sagrada Hostia, agradeciendole mucho a N.Sr.
Alguien ha dicho que ahora que se ha ganado la batalla, la guerra comenzará. Se me parece que seria mejor no echarle tiros a los del FSSPX. Los necesitaremos como aliados en nuestra guerra espiritual contra el diablo y sus legiones.
Me siento muy feliz y estoy tan agradecida!
Me pongo al servicio de nuestra Reina de modo que ella bien pueda dirigirme en los esfuerzos necesarios para ayudar a implentar los derechos del SP. Todos tenemos tanto trabajo adelante. La ignorancia hacia fuera en el mundo entre nuestros hermanos es abismal.
¡Ya es la hora del valor, de un celo unido a un amor ardiente para las almas! Y para esto, dios nos arma con la misa más poderosa, la misa antigua, gloriosa misa-la misa de los santos canonizados! ¡Glorioso! ¡Glorioso!
¡Viva Cristo Rey!
Ultima noticia en Milenio:
Basta con que el Papa la celebre, nos uniremos perfectamente con El.
Lo menos que podemos hacer es todo Sacerdote unirse “Extraordinariamente” con El.
Y ya sabemos que signífica “Extraordinario” en los pasillos vaticanos y católicos.
Pedro Rodríguez Ocampo.
El papa Benedicto XVI podría celebrar en público una misa según el rito tridentino de San Pío V. Ello podría ocurrir en primer domingo de Adviento, es decir, cuatro semanas antes de la Navidad, e incluso podría darse en San Pedro.
La noticia que está agitando los pasillos vaticanos es de fuentes próximas al pontífice e implicaría un acto sin precedentes.
Si el Papa inaugura con el rito tridentino, anterior al Concilio Vaticano II, el tiempo de Adviento, que anticipa la Navidad, estará dando al rito de San Pío V plena y clara ciudadanía en la Iglesia católica.
La agencia católica Adnkronos dijo que de confirmarse, la celebración daría un valor excepcional al motu proprio Summorum Pontificum publicado recientemente por el Vaticano. Citado por la agencia, el director del semanario Latinitas, Anacleto Pavanetto, dijo:
“¿La misa pública según San Pio V?
No me sorprende.
Bienvenida sea”.
Fuentes vaticanas dijeron que la misa también podría ser oficiada por Benedicto XVI en el marco de una visita pastoral a una parroquia romana. De hecho, la Ciudad Eterna tiene ya
cinco parroquias donde se celebra la misa según el rito tridentino.
En la Basílica de Santa María la Mayor se oficia los miércoles.
Conforme al motu proprio papal, la fecha de inicio de la celebración de misas tridentinas será el 14 de septiembre. Latinitas ofrecerá cursos bisemanales para los sacerdotes que deseen poner a punto su latín.
Y el 25 de noviembre la Fundación Latinitas celebrará la edición 50 del Certamen Vaticanum, concurso para los estudiosos del latín.
Hay la posibilidad de que el Papa celebre simbólicamente ese día la misa pública con un rito preconciliar.
Los lefevbristas dieron en su sitio web las gracias al Papa por la reciente reforma litúrgica, pero dejaron claro que aún queda pendiente el reto clave de levantarles la excomunión.
Insistieron en que “la Iglesia vive una crisis y una gran confusión y se debe al Concilio Vaticano II, a todos sus documentos y a los que fueron publicados después.
Los lefebvristas tienen claras sus prioridades: “Eliminar el ecumenismo, la libertad religiosa y la colegialidad en el manejo de la Iglesia… Queremos un manejo firme por parte del Papa, sin dudas y sin otras personas… regresar a la tradición católica, a la verdadera Iglesia”.
Estimados miembros de Creer en México
Antes de finalizar el año, me eh entrevistado con con el Vicario Episcopal de la Diocesis de Torreón, Mons. Francisco Castillo Santana, para ultimar detalles de la Celebración de la Santa Misa Cantada según el Misal Romano del Beato Juan XXIII. Aun falta por definir la Parroquia, o si se designara a un sacerdote apto para la celebración. Por tanto, La Asociación Una Voce Torreón se congraluta de este acontencimiento historico en la Región y de confirmarse se públicara en la pagina un comunicado, donde se confirmara el día, la hora y la parroquia.
Lic. Arturo Ibarra
Encontré una carta sorpresiva en este mundo del internet:
…………………………
Campos, 12 de septiembre de 1969
Santo Padre:
Habiendo examinado atentamente el “Novus Ordo Missae” que entrará en vigencia el 30 de noviembre próximo, después de haber
rezado y reflexionado mucho, he juzgado ser mi deber, como sacerdote y como obispo, presentar a Su Santidad
mi angustia de conciencia,
y formular, con la piedad y la confianza filial que debo al Vicario de Cristo,
una súplica.
El “Novus Ordo Missae”, por las omisiones y mutaciones que ha introducido en el Ordinario de la Misa, y por muchas de sus normas generales que indican la concepción y la naturaleza de nuevo Misal, en los puntos esenciales, no expresa, como debería, la Teología del Santo Sacrificio de la Misa, establecida por el Sagrado Concilio de Trento en su sesión XXII. Hecho que la simple catequesis no puede equilibrar. Le evío adjunto las rezones que, en mi opinión, justifican esta conclusión.
Las razones de orden pastoral que, tal vez, podrían, en primer lugar, ser invocadas en favor de la nueva estructura de la Misa, no pueden hacer olvidar los argumentos de orden dogmático que militan en sentido contrario; además, no parecen razonables. Los cambios que han preparado el “Novus Ordo Missae” no han contribuido a aumentar la Fe ni la piedad de los fieles. Por el contrario, estos fieles permanecen
perplejos,
con una perplejidad que el “Novus Ordo Missae” ha acrescentado; porque ha favorecido la idea de que
nada es inmutable en la Santa Iglesia,
ni siquiera el Santo Sacrificio de la Misa.
Además, como lo señalo en las razones adjuntas, el “Novus Ordo” no sólo no inspira fervor sino que, por el contrario, disminuye la fe en las verdades centrales de la vida Católica, como la Presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento, la realidad del Sacrificio propiciatorio, el sacerdocio jerárquico.
Por lo que realizo un imperioso deber de conciencia pidiendo humilde y respetuosamente a Su Santidad dignarse, mediante un acto positivo que elimine cualquier duda,
autorizarnos
a seguir utilizando el “Ordo Missae” de San Pío V, cuya eficiencia en el desarrollo de la Santa Iglesia y en el acrescentamiento del fervor de los sacerdotes y de los fieles, como lo ha recordado Su Santidad con tanta unción, está probada.
Estoy seguro que la benevolencia de Su Santidad alejará las perplejidades nacidas en
mi corazón de sacerdote y de obispo.
Postrado a los pies de Su Santidad, con obediencia humilde y piedad filial, imploro su Bendición Apostólica.
+ Antonio de Castro Mayer
Obispo de Campos (Brasil)
Envío del Ing. Dante Calori
El pedido de Mons. de Castro Mayer fue atendido 38 años después…
Eminencia, ¿cuál es el sentido de este motu proprio que liberaliza el uso del Misal llamado de san Pío V?
DARÍO CASTRILLÓN HOYOS: Cuando, después del Concilio Vaticano II, se dieron los cambios en la liturgia, grupos consistentes de fieles laicos y también de eclesiásticos se sintieron a disgusto porque estaban muy ligados a la liturgia en vigor desde hacía siglos. Pienso en los sacerdotes que durante cincuenta años habían celebrado la misa denominada de san Pío V y que de pronto debían celebrar otra, pienso en los fieles acostumbrados desde generaciones al viejo rito, pienso también en los niños como los monaguillos que improvisamente se sienten desorientados a la hora de ayudar a misa con el Novus ordo. Hubo, pues, malestar a varios niveles. Para unos era incluso de orden teológico, pues consideraba que el rito antiguo expresaba mejor que el nuevo el sentido del sacrificio. Otros, también por motivos culturales, recordaban con nostalgia el gregoriano y las grandes polifonías que eran un riqueza de la Iglesia latina. Y todo esto se agravaba porque quienes sentían este malestar imputaban estos cambios al Concilio, mientras que en realidad el Concilio en sí no había ni pedido ni previsto los detalles de estos cambios. La misa que celebraban los padres conciliares era la misa de san Pío V. El Concilio no había pedido la creación de un rito nuevo, sino un uso mayor de la lengua vernácula y una participación mayor de los fieles.
De acuerdo, este era el clima de hace cuarenta años. Pero hoy ya no está presente la generación que había manifestado ese malestar. No sólo: el clero y el pueblo se han acostumbrado al Novus ordo, y en la gran mayoría de los casos están muy bien con él…
CASTRILLÓN HOYOS: Exacto, la gran mayoría, si bien muchos de ellos no saben qué se ha perdido con el abandono del antiguo rito. Pero no todos se han acostumbrado al nuevo rito. Curiosamente también en las nuevas generaciones, tanto de clérigos como de laicos, parece florecer el interés y el aprecio por el rito anterior. Y se trata de sacerdotes y fieles de a pie que a veces no tienen nada que ver con los llamados lefebvrianos. Son cuestiones de la Iglesia, que los pastores deben escuchar. Benedicto XVI, que es un gran teólogo con una sensibilidad litúrgica profunda, ha decidido promulgar el motu proprio.
¿Existía ya un indulto?
CASTRILLÓN HOYOS: Sí, había un indulto, pero ya Juan Pablo II había comprendido que el indulto no había sido suficiente. En primer lugar, porque algunos sacerdotes y obispos eran reacios a aplicarlo, pero sobre todo porque los fieles que desean celebrar con el rito antiguo no deben ser considerados de segunda categoría. Se trata de fieles a los que hay que reconocer el derecho de oír una misa que ha alimentado al pueblo cristiano durante siglos, que ha alimentado la sensibilidad de santos como san Felipe Neri, don Bosco, santa Teresa de Lixieux, el beato Juan XXIII y al mismo siervo de Dios Juan Pablo II que, como decía, había comprendido el problema del indulto y, por tanto, pensaba en extender el uso del Misal de 1962. He de decir que en las reuniones con los cardenales y con los jefes de dicasterio, en las que se debatió esta disposición, las reservas eran de verdad mínimas. El papa Benedicto XVI, que ha seguido el proceso desde el principio, ha dado este paso importante ya imaginado por su gran predecesor. Se trata de una disposición petrina promulgada por amor a un tesoro litúrgico, como es la misa de san Pío V, y por amor de pastor a un considerable grupo de fieles.
Pero algunos exponentes del episcopado han manifestado sus reservas…
CASTRILLÓN HOYOS: Reservas que en mi opinión depende de dos errores. La primera evaluación errónea es decir que se trata de una vuelta al pasado. No es así. Porque nada se quita al Novus Ordo, que sigue siendo el modo ordinario de celebrar el único rito romano; mientras que los que quieran pueden celebrar la misa de san Pío V como forma extraordinaria.
Este es el primer error de los que no estaban de acuerdo con el motu proprio, y ¿el segundo?
CASTRILLÓN HOYOS: Que se intenta disminuir el poder del episcopado. Pero tampoco es verdad. El Papa no ha cambiado el Código de derecho canónico. El obispo es el moderador de la liturgia en su propia diócesis.
A la Sede apostólica le compete ordenar la sagrada liturgia de la Iglesia universal. UN Obispo debe actuar en armonía con la Sede apostólica y debe garantizar a cada fiel sus propios derechos, incluido el de poder participar en la misa de san Pío V, como forma extraordinaria del rito.
El cardenal Giovanni Battista Montini celebra la santa misa en la Catedral de Milán, según el rito ambrosiano, antes de la reforma conciliar, en la solemnidad del Corpus Christi, el 13 de junio de 1963
Y, sin embargo, hay quien afirma que con este motu proprio Ratzinger «humilla el Concilio» y «hace un desaire» a sus predecesores Pablo VI y Juan Pablo II…
CASTRILLÓN HOYOS: Benedicto XVI sigue el Concilio, que no abrogó la misa de san Pío V ni pidió que se hiciera. Y sigue el Concilio que recomendó escuchar la voz y los deseos legítimos de los fieles laicos. Quienes afirman esas cosas deberían ver las miles de cartas que han llegado a Roma pidiendo la libertad de poder oír la misa a la que se sienten tan vinculados. Y no se contrapone a sus predecesores, a los que cita continuamente tanto en el motu proprio como en la carta autógrafa del Papa que acompaña su publicación. El papa Montini desde el principio concedió en algunos casos la posibilidad de celebrar la misa de san Pío V.
Juan Pablo II, como dije antes, quería preparar un motu proprio semejante al que se ha publicado hoy.
También se ha planteado el peligro de que una pequeña minoría de fieles pueda imponer la misa de san Pío V a la parroquia.
CASTRILLÓN HOYOS: Es obvio que quien ha dicho esto no había leído el motu proprio. Está claro que a ningún párroco se le obligará a celebrar la misa de san Pío V. Sólo que si un grupo de fieles, con un sacerdote disponible para hacerlo, pide celebrar esta misa, el párroco o el rector de la iglesia no podrá oponerse. Claro está que si surgen dificultades será el obispo el que haga de manera tal que todo siga los cauces del respeto y diría del sentido común en armonía con el Pastor universal.
¿Pero no se corre el peligro con la introducción de dos formas, la ordinaria y la extraordinaria, en el rito latino de crear una confusión litúrgica en las parroquias y en las diócesis?
CASTRILLÓN HOYOS: Si se hacen las cosas siguiendo el simple sentido común no se corre ningún peligro. Además, ya hay diócesis donde se celebra misa en varios ritos, desde el momento que viven en ellas comunidades de fieles latinos, greco-católicos ucranianos o rutenos, caldeos, etc… Pienso, por ejemplo, en algunas diócesis de los Estados Unidos, como Pittsburgh, que viven esta legítima variedad litúrgica como una riqueza, no como una tragedia. Existen asimismo parroquias donde hay ritos diferentes del rito latino, también de comunidades ortodoxas o precalcedonianas, sin que esto provoque escándalo. No veo, pues, peligros de confusión. Siempre que, lo repito, todo tenga lugar con orden y respeto recíproco.
Hay otros que consideran que el motu proprio va contra la unicidad del rito que querían los padres conciliares…
CASTRILLÓN HOYOS: Establecido que el rito romano sigue siendo único, aunque puede celebrarse de dos formas, permítame recordar que en la Iglesia latina nunca ha habido un único rito para todos. Hoy, por ejemplo, tenemos todos los ritos de la Iglesias orientales en comunión con Roma. Y también en la Iglesia latina hay otros ritos además del romano, como el ambrosiano o el mozárabe. La misma misa de san Pío V, cuando fue aprobada, no anuló todos los ritos anteriores, sino sólo aquellos que no tenían dos siglos de antigüedad por lo menos…
¿Abrogó alguna vez el Novus ordo la misa de san Pío V?
CASTRILLÓN HOYOS: El Concilio Vaticano II no lo hizo, y sucesivamente no ha habido nunca un acto positivo que lo haya establecido. Por tanto, formalmente la misa de san Pío V no ha sido nunca abrogada. Es sorprendente que aquellos que presumen de ser los intérpretes auténticos del Vaticano II den una interpretación, en campo litúrgico, tan restrictiva y poco respetuosa de la libertad de los fieles, haciendo pasar, además, este Concilio como más coercitivo incluso que el Concilio de Trento.
En el motu proprio no se establece un número mínimo de fieles necesario para solicitar la celebración de la misa de san Pío V. Y, sin embargo, en el pasado corrió la noticia de que se estaba pensando en un límite mínimo de treinta fieles…
CASTRILLÓN HOYOS: Es la demostración evidente de que sobre este motu proprio se han contado muchas pseudo-noticias difundidas por quienes no habían leido los borradores o por quienes, de manera interesada, querían influir en su elaboración. He seguido todo el proceso que ha desembocado en la redacción final, y que yo recuerde en ningún borrador apareció nunca un límite mínimo de fieles, ni de treinta ni de veinte ni de cien.
El cardenal Ratzinger celebra la santa misa según el rito de san Pío V en el seminario de la fraternidad sacerdotal San Pedro, en Wigratzbad, Baviera, en abril de 1990
¿Por qué se ha decidido presentar por adelantado, el 27 de junio, el texto del motu proprio a algunos eclesiásticos?
CASTRILLÓN HOYOS: El Papa no podía llamar a todos los obispos, y ha convocado a algunos prelados, por varios motivos especialmente interesados en la cuestión, representativos de todos los continentes. A ellos les presentó el texto ofreciendo la posibilidad de hacer observaciones. Todos los participantes tuvieron la posibilidad de hablar.
¿Salieron de este encuentro variaciones al texto que había sido preparado?
CASTRILLÓN HOYOS: Se pidieron pequeñas variaciones lexicales, nada más, que han sido introducidas en el texto final.
¿Qué perspectivas puede abrir este motu proprio con los lefebvrianos?
CASTRILLÓN HOYOS: Los seguidores de monseñor Lefebvre han pedido siempre la posibilidad de que todos los sacerdotes puedan celebrar la misa de san Pío V. Ahora esta facultad queda reconocida oficial y formalmente. Por otra parte el Papa reafirma que la misa que todos nosotros oficiamos cada día, la del Novus ordo, sigue siendo la modalidad ordinaria de celebrar el único rito romano. Y, por tanto, que no se puede negar ni el valor ni mucho menos la validez del Novus ordo. Esto debe quedar claro.
¿Aumentará el motu proprio la responsabilidad de «Ecclesia Dei»?
CASTRILLÓN HOYOS: Esta Comisión fue fundada para recoger a los laicos y eclesiásticos que abandonaron el movimiento lefebvriano después de las consagraciones ilegítimas. Y de hecho luego trabajó también por un diálogo con la misma Fraternidad de san Pío X con vistas a la plena comunión. Hoy el motu proprio está dirigido
a todos los fieles ligados a la misa de san Pío V, y no sólo a los que proceden, por así decir, del ambiente lefebvriano. Y esto obviamente presupone un trabajo más amplio.
VER:
Un comentarista de Televisa, que parece muy sesudo con su luenga barba, arremetió contra el Papa Benedicto XVI por haber autorizado un uso más amplio de la Misa en latín. Sin tomarse la molestia de investigar los motivos y las condiciones en que se permite, afirma que esto es obsoleto y que alejará más a los fieles de la Iglesia. Si leyera sin prejuicios el documento papal, quizá modificaría su opinión.
Algunos fieles me han preguntado si, como parcialmente difundieron algunos medios, se volverá a usar el latín en todas las Misas. Es obvio que nadie de ellos entiende este idioma; además, son muy pocos los nuevos sacerdotes que lo dominan, pues hace mucho se dejó de enseñar en los Seminarios. En mis tiempos, no sólo lo estudiábamos durante cuatro o cinco años, sino que las clases de filosofía y teología se impartían en latín; por tanto, debíamos dominarlo. Hoy, lamentablemente, ya no es así. Con el fin de profundizar más los textos bíblicos escritos en griego, se da más importancia este idioma, lo cual también es correcto.
No han faltado quienes ven en esta autorización del uso del latín y del Misal romano como una concesión a los seguidores del obispo cismático Marcel Lefebvre, ya difunto, y como si esto fuera un reconocimiento de que estaba en lo justo. Hay que conocer con precisión el documento papal, para no dejarnos sorprender por opiniones poco eclesiales.
JUZGAR
El 7 de julio pasado, el Papa Benedicto XVI nos escribió una carta a los obispos de todo el mundo, para explicarnos las razones y las condiciones de esta determinación. Empezaba diciendo: “Noticias y juicios hechos sin información suficiente han creado no poca confusión. Se han dado reacciones muy divergentes, que van desde una aceptación con alegría a una oposición dura, a un proyecto cuyo contenido en realidad no se conocía.
A este documento se contraponían más directamente dos temores… En primer lugar existe el temor de que se menoscabe la autoridad del Concilio Vaticano II y de que una de sus decisiones esenciales – la reforma litúrgica – se ponga en duda. Este temor es infundado. Al respecto, es necesario afirmar en primer lugar que el Misal, publicado por Pablo VI y reeditado después en dos ediciones sucesivas por Juan Pablo II, obviamente es y permanece la Forma normal – la Forma ordinaria – de la Liturgia Eucarística. La última redacción del Misal Romano, anterior al Concilio, que fue publicada con la autoridad del Papa Juan XXIII en 1962 y utilizada durante el Concilio, podrá, en cambio, ser utilizada como Forma extraordinaria de la Celebración litúrgica. No es apropiado hablar de estas dos redacciones del Misal Romano como si fueran “dos Ritos”. Se trata, más bien, de un doble uso del mismo y único Rito”.
Por tanto, no es una vuelta atrás; no es desautorizar lo que decretó el Concilio (realizado en los años 1962-1965), pues éste ordenaba en la Constitución sobre Sagrada Liturgia: “Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular” (SC 31). Allí mismo, sin embargo, se recomendaba “dar mayor cabida” a los idiomas vernáculos propios de los fieles. El Papa, por tanto,
no quiere imponer
el latín en todas las celebraciones, sino sólo tener en cuenta la situación concreta de unos fieles, que encuentran en la forma de celebrar la Misa como se hacía antes del Concilio, en latín y con algunas variantes en los ritos,
una forma de alimentar su espiritualidad.
Sigue el Papa: “En segundo lugar, se expresó el temor de que una más amplia posibilidad de uso del Misal de 1962 podría llevar a desórdenes e incluso a divisiones en las comunidades parroquiales. Tampoco este temor me parece realmente fundado. El uso del Misal antiguo
presupone un cierto nivel de formación litúrgica
y un acceso a la lengua latina;
tanto uno como otro no se encuentran tan a menudo”.
Es decir, sólo los fieles que tengan formación litúrgica y manejen el latín,
podrán pedir que el sacerdote les celebre la Misa en ese idioma y con el misal anterior al Vaticano II.
Esto no sucede entre nosotros, sino sólo en algunos grupos muy limitados de Europa.
Por eso, dice el Papa:
“Ya con estos presupuestos concretos se ve claramente que el nuevo Misal permanecerá, ciertamente, la Forma ordinaria del Rito Romano, no sólo por la normativa jurídica sino por la situación real en que se encuentran las comunidades de fieles”.
¿Cuál es la razón que movió al Papa para permitir, en los casos mencionados, el uso del misal antiguo en latín?
No es por nostalgia del pasado, ni por una concesión sin sentido.
Es con la intención de construir un puente que una a los católicos que han usado ese misal, con el resto de la comunidad eclesial.
Dice el Papa: “Se trata de llegar a una reconciliación interna en el seno de la Iglesia. Mirando al pasado, a las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para conservar o conquistar la reconciliación y la unidad; se tiene la impresión de que las omisiones de la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones hayan podido consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo…
Abramos generosamente nuestro corazón y dejemos entrar todo a lo que la fe misma ofrece espacio”.
No es, pues, un retroceso, ni una concesión arbitraria,
sino un esfuerzo de buscar la unidad de los propios católicos, entre los cuales hay quienes han alimentado su espíritu en otras formas de espiritualidad litúrgica.
Es lo mismo que se ha hecho con los que siguen el “Camino Neocatecumenal”:
se han aprobado algunos de sus ritos,
sin romper la unidad eclesial en lo fundamental.
ACTUAR
Entre nosotros, no habrá celebraciones en latín, pues no se cumplen las condiciones de esta concesión. Por lo contrario, compartimos con gozo el reciente Decreto emitido por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en que aprueba el uso de nuestros idiomas indígenas tseltal y tsotsil en las celebraciones litúrgicas. Ahora sólo falta que revisen los diversos textos de la Misa, que ya les remitimos para su reconocimiento. El deseo del Papa es buscar la unidad, dentro de la legítima pluralidad. Es el camino que hemos de seguir nosotros, al interior de nuestras comunidades.
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
Diabolical disorientation!
The darkness will pass, and then God will have mercy on His people; that they may have understanding once more.
Ya está impresa en la última edición del L´osservatore Romano esta aportación:
(Ojalá les sirva):
Un sacerdote mencionó su desilusión por tantos sueños suscitados por el concilio Vaticano II que después se esfumaron, Benedicto XVI respondió contando la propia experiencia y los propios juicios sobre el Concilio y el postconcilio: los entusiasmos iniciales, los empujes opuestos entre los que interpretaban el “verdadero” espíritu del Concilio como una suerte de revolución cultural y los que reaccionaban contra el mismo Concilio , las rupturas epocales del 1968 y de 1989, la capacidad de la Iglesia de proseguir no obstante todo sobre el justo camino, con silencio y humildad…
A continuación la trascripción completa de la respuesta de Benedicto XVI sobre el Concilio y postconcilio:
“Habíamos esperado tanto, pero las cosas se revelaron más difíciles…”
por Benedicto XVI
Yo también he vivido los tiempos del Concilio Vaticano II, estando en la basílica de San Pedro con gran entusiasmo y viendo cómo se abrían nuevas puertas. Parecía realmente que era el nuevo Pentecostés, donde la Iglesia podía nuevamente convencer a la humanidad. Después que el mundo se hubo alejado de la Iglesia en los siglos XIX y XX, parecía que se reencontraban de nuevo Iglesia y mundo que renacía nuevamente un mundo cristiano y una Iglesia del mundo y verdaderamente abierta al mundo.
Habíamos esperado tanto, pero las cosas en realidad se revelaron más difíciles. Sin embargo, permanece la gran herencia del Concilio, que ha abierto un camino nuevo y es siempre una “carta magna” del camino de la Iglesia, muy esencial y fundamental.
¿Pero por qué sucedió eso? Primero quisiera comenzar con una observación histórica. Los tiempos de un postconcilio son casi siempre muy difíciles. Después del gran Concilio de Nicea – que para nosotros es realmente el fundamento de nuestra fe, de hecho nosotros confesamos la fe formulada en Nicea – no nació una situación de reconciliación y de unidad como había esperado Constantino, promotor de tan gran Concilio, sino una situación realmente caótica de luchas de todos contra todos.
San Basilio en su libro sobre el Espíritu Santo compara la situación de la Iglesia después del Concilio de Nicea a una batalla naval en la noche, donde ya nadie conoce al otro, sino que todos se enfrentan a todos. Era realmente una situación de caos total: así describe con colores fuertes el drama del postconcilio, del post Nicea, san Basilio
Después, luego de 50 años, para el primer Concilio de Constantinopla, el emperador invita a Gregorio Nacianceno a participar en el concilio y san Gregorio Nacianceno responde: no, no voy, porque conozco estas cosas, sé que de todo concilio nacen sólo confusión y batalla, por lo tanto no voy. Y no fue.
Por tanto no es ahora, en retrospectiva, una sorpresa tan grande como fue en el primer momento para todos nosotros digerir el Concilio, este gran mensaje. Introducirlo en la vida de la Iglesia, recibirlo, de modo que se haga vida de la Iglesia, asimilarlo en las diversas realidades de la Iglesia es un sufrimiento, y sólo en el sufrimiento se realiza también el crecimiento. Crecer es siempre también sufrir, porque es salir de un estado y pasar a otro.
Y en el concierto del postconcilio debemos constatar que hay dos grandes rupturas históricas.
La primera es la ruptura del ’68, el inicio o la explosión – osaría decir – de la gran crisis cultural de Occidente. Había desaparecido la generación de la posguerra, una generación que después de todas las destrucciones y viendo el horror de la guerra, del combatirse, y constatando el drama de las grandes ideologías que habían realmente conducido a las personas hacia el abismo de la guerra, habíamos redescubierto las raíces cristianas de Europa y habíamos comenzado a reconstruir Europa con estas grandes inspiraciones. Pero terminada esta generación se vieron también todos los fracasos, las lagunas de esta reconstrucción, la gran miseria en el mundo, y así comienza y explota la crisis de la cultura occidental, diría una revolución cultural que quiere cambiar radicalmente todo. Dice: en dos mil años de cristianismo no hemos creado el mundo mejor, debemos comenzar de cero en modo absolutamente nuevo. El marxismo parece la receta científica para crear finalmente el mundo nuevo.
En este – digamos – grave, gran enfrentamiento entre la nueva, sana modernidad querida por el Concilio y la crisis de la modernidad, todo se hace difícil como ocurrió después del primer Concilio de Nicea.
Una parte era de la opinión de que esta revolución cultural era lo que había querido el Concilio. Identificaba esta nueva revolución cultural marxista con la voluntad del Concilio. Decía: éste es el Concilio; en la letra y textos son todavía un poco anticuados, pero detrás de las palabras escritas está este “espíritu”, ésta es la voluntad del Concilio, así debemos proceder. Y por otra parte, naturalmente, la reacción: así están destruyendo la Iglesia. La reacción – digamos – absoluta contra el Concilio, la anticonciliaridad, y – digamos – la tímida, humilde búsqueda de cómo realizar el verdadero espíritu del concilio. Es como dice un proverbio: “si se cae un árbol hace mucho ruido, se crece una selva no se escucha nada”, durante estos grandes rumores del progresismo equivocado y del anticonciliarismo absoluto, crecía muy silenciosamente, con tanto sufrimiento y también con tantas pérdidas en la construcción de un nuevo pasaje cultural, el camino de la Iglesia.
Y después la segunda ruptura en el ’89, la caída de los regimenes comunistas. Pero la respuesta no fue el regreso a la fe, como se podía quizá esperar, no fue el redescubrimiento de que precisamente la Iglesia con el Concilio auténtico había dado la respuesta. Por el contrario, la respuesta fue el escepticismo total, la llamada post-modernidad. Nada es verdad, cada uno debe ver cómo vive. Se afirma un materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que termina en la droga, termina en todos esos problemas que conocemos y de nuevo cierra los caminos a la fe, porque es así de simple, así de evidente: no, no hay nada de verdad; la verdad es intolerante, no podemos seguir este camino.
En estos contextos de dos quiebres culturales, el primero, la revolución cultural del ’68, el segundo, la caída en el nihilismo después del ’89, la Iglesia con humildad, entre las pasiones del mundo y la gloria del Señor, toma su camino.
Por este camino debemos crecer con paciencia y debemos ahora en un modo nuevo aprender qué cosa quiere decir renunciar al triunfalismo.
El Concilio había sostenido renunciar al triunfalismo – y había pensado en el Barroco, en todas estas grandes culturas de la Iglesia. Se dijo: comencemos en modo moderno, nuevo. Pero había crecido otro triunfalismo, el de pensar: ahora nosotros hacemos las cosas, nosotros hemos encontrado el camino y por este camino encontramos el mundo nuevo.
Pero la humildad de la Cruz, del Crucificado excluye precisamente este triunfalismo. Debemos renunciar al triunfalismo según el cual ahora nace realmente la gran Iglesia del futuro. La Iglesia de Cristo es siempre humilde y precisamente así es grande y alegre.
Me parece muy importante que ahora podamos ver con ojos abiertos cuánto de positivo ha crecido también en el postconcilio: en la renovación de la liturgia, en los sínodos, sínodos romanos, sínodos universales, sínodos diocesanos, en las estructuras parroquiales, en la colaboración, en las nuevas responsabilidades de los laicos, en la gran corresponsabilidad intercultural e intercontinental, en una nueva experiencia de la catolicidad de la Iglesia, de la unanimidad que crece en humildad y sin embargo es la verdadera esperanza del mundo.
Y así debemos, me parece, redescubrir la gran herencia del Concilio, que no es un “espíritu” reconstruido detrás de los textos, sino que son precisamente los grandes textos conciliares vueltos a leer hoy con la experiencia que hemos tenido y que han dado fruto en tantos movimientos, en tantas nuevas comunidades religiosas. A Brasil llegué sabiendo cómo se expandían las sectas y cómo parece un poco esclerotizada la Iglesia católica; pero una vez allí he visto que casi cada día en Brasil nace una nueva comunidad religiosa, nace un nuevo movimiento, no sólo crecen las sectas. Crece la Iglesia con nuevas realidades plenas de vitalidad, que no llenan las estadísticas – ésta es una esperanza falsa, la estadística no es nuestra divinidad – sino crecen en los ánimos y crean la alegría de la fe, crean presencia del Evangelio, crean así también verdadero desarrollo del mundo y de la sociedad.
Por lo tanto me parece que debemos aprender la gran humildad del Crucificado, de una Iglesia que es siempre humilde y siempre contrastada por los grandes poderes económicos, militares, etc. Pero debemos aprender, junto con esta humildad, también el verdadero triunfalismo de la catolicidad que crece en todos los siglos. Crece también hoy la presencia del Crucificado resucitado, que tiene y conserva sus heridas. Está herido, pero precisamente así renueva el mundo, da su soplo que renueva también a la Iglesia no obstante toda nuestra libertad. En este conjunto de humildad de la Cruz y de la alegría del Señor resucitado, que en el Concilio nos ha dado un gran indicador de camino, podemos seguir adelante con alegría y llenos de esperanza
¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos.
Por una parte existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.
La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tales no serían aún la verdadera expresión del espíritu del Concilio. Serían el resultado de componendas, en las cuales, para lograr la unanimidad, se tuvo que retroceder aún, reconfirmando muchas cosas antiguas ya inútiles. Pero en estas componendas no se reflejaría el verdadero espíritu del Concilio, sino en los impulsos hacia lo nuevo que subyacen en los textos: sólo esos impulsos representarían el verdadero espíritu del Concilio, y partiendo de ellos y de acuerdo con ellos sería necesario seguir adelante. Precisamente porque los textos sólo reflejarían de modo imperfecto el verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario tener la valentía de ir más allá de los textos, dejando espacio a la novedad en la que se expresaría la intención más profunda, aunque aún indeterminada, del Concilio. En una palabra: sería preciso seguir no los textos del Concilio, sino su espíritu.
De ese modo, como es obvio, queda un amplio margen para la pregunta sobre cómo se define entonces ese espíritu y, en consecuencia, se deja espacio a cualquier arbitrariedad. Pero así se tergiversa en su raíz la naturaleza de un Concilio como tal. De esta manera, se lo considera como una especie de Asamblea Constituyente, que elimina una Constitución antigua y crea una nueva. Pero la Asamblea Constituyente necesita una autoridad que le confiera el mandato y luego una confirmación por parte de esa autoridad, es decir, del pueblo al que la Constitución debe servir.
Los padres no tenían ese mandato y nadie se lo había dado; por lo demás, nadie podía dárselo, porque la Constitución esencial de la Iglesia viene del Señor y nos ha sido dada para que nosotros podamos alcanzar la vida eterna y, partiendo de esta perspectiva, podamos iluminar también la vida en el tiempo y el tiempo mismo.
Los obispos, mediante el sacramento que han recibido, son fiduciarios del don del Señor. Son “administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4, 1), y como tales deben ser “fieles y prudentes” (cf. Lc 12, 41-48). Eso significa que deben administrar el don del Señor de modo correcto, para que no quede oculto en algún escondrijo, sino que dé fruto y el Señor, al final, pueda decir al administrador: “Puesto que has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho” (cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 11-27). En estas parábolas evangélicas se manifiesta la dinámica de la fidelidad, que afecta al servicio del Señor, y en ellas también resulta evidente que en un Concilio la dinámica y la fidelidad deben ser una sola cosa.
A la hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la reforma, como la presentaron primero el Papa Juan XXIII en su discurso de apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962 y luego el Papa Pablo VI en el discurso de clausura el 7 de diciembre de 1965. Aquí quisiera citar solamente las palabras, muy conocidas, del Papa Juan XXIII, en las que esta hermenéutica se expresa de una forma inequívoca cuando dice que el Concilio “quiere transmitir la doctrina en su pureza e integridad, sin atenuaciones ni deformaciones”, y prosigue: “Nuestra tarea no es únicamente guardar este tesoro precioso, como si nos preocupáramos tan sólo de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente, sin temor, a estudiar lo que exige nuestra época (…). Es necesario que esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta el modo como se enuncian estas verdades, conservando sin embargo el mismo sentido y significado” (Concilio ecuménico Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, pp. 1094-1095).
Es claro que este esfuerzo por expresar de un modo nuevo una determinada verdad exige una nueva reflexión sobre ella y una nueva relación vital con ella; asimismo, es claro que la nueva palabra sólo puede madurar si nace de una comprensión consciente de la verdad expresada y que, por otra parte, la reflexión sobre la fe exige también que se viva esta fe. En este sentido, el programa propuesto por el Papa Juan XXIII era sumamente exigente, como es exigente la síntesis de fidelidad y dinamismo. Pero donde esta interpretación ha sido la orientación que ha guiado la recepción del Concilio, ha crecido una nueva vida y han madurado nuevos frutos. Cuarenta años después del Concilio podemos constatar que lo positivo es más grande y más vivo de lo que pudiera parecer en la agitación de los años cercanos al 1968. Hoy vemos que la semilla buena, a pesar de desarrollarse lentamente, crece, y así crece también nuestra profunda gratitud por la obra realizada por el Concilio.
Pablo VI, en su discurso durante la clausura del Concilio, indicó también una motivación específica por la cual una hermenéutica de la discontinuidad podría parecer convincente. En el gran debate sobre el hombre, que caracteriza el tiempo moderno, el Concilio debía dedicarse de modo especial al tema de la antropología. Debía interrogarse sobre la relación entre la Iglesia y su fe, por una parte, y el hombre y el mundo actual, por otra (cf. ib., pp. 1173-1181). La cuestión resulta mucho más clara si en lugar del término genérico “mundo actual” elegimos otro más preciso: el Concilio debía determinar de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la edad moderna.
Esta relación tuvo un inicio muy problemático con el proceso a Galileo. Luego se rompió totalmente cuando Kant definió la “religión dentro de la razón pura” y cuando, en la fase radical de la revolución francesa, se difundió una imagen del Estado y del hombre que prácticamente no quería conceder espacio alguno a la Iglesia y a la fe. El enfrentamiento de la fe de la Iglesia con un liberalismo radical y también con unas ciencias naturales que pretendían abarcar con sus conocimientos toda la realidad hasta sus confines, proponiéndose tercamente hacer superflua la “hipótesis Dios”, había provocado en el siglo XIX, bajo Pío IX, por parte de la Iglesia, ásperas y radicales condenas de ese espíritu de la edad moderna. Así pues, aparentemente no había ningún ámbito abierto a un entendimiento positivo y fructuoso, y también eran drásticos los rechazos por parte de los que se sentían representantes de la edad moderna.
Sin embargo, mientras tanto, incluso la edad moderna había evolucionado. La gente se daba cuenta de que la revolución americana había ofrecido un modelo de Estado moderno diverso del que fomentaban las tendencias radicales surgidas en la segunda fase de la revolución francesa. Las ciencias naturales comenzaban a reflexionar, cada vez más claramente, sobre su propio límite, impuesto por su mismo método que, aunque realizaba cosas grandiosas, no era capaz de comprender la totalidad de la realidad.
Así, ambas partes comenzaron a abrirse progresivamente la una a la otra. En el período entre las dos guerras mundiales, y más aún después de la segunda guerra mundial, hombres de Estado católicos habían demostrado que puede existir un Estado moderno laico, que no es neutro con respecto a los valores, sino que vive tomando de las grandes fuentes éticas abiertas por el cristianismo.
La doctrina social católica, que se fue desarrollando progresivamente, se había convertido en un modelo importante entre el liberalismo radical y la teoría marxista del Estado. Las ciencias naturales, que sin reservas hacían profesión de su método, en el que Dios no tenía acceso, se daban cuenta cada vez con mayor claridad de que este método no abarcaba la totalidad de la realidad y, por tanto, abrían de nuevo las puertas a Dios, sabiendo que la realidad es más grande que el método naturalista y que lo que ese método puede abarcar.
Se podría decir que ahora, en la hora del Vaticano II, se habían formado tres círculos de preguntas, que esperaban una respuesta. Ante todo, era necesario definir de modo nuevo la relación entre la fe y las ciencias modernas; por lo demás, eso no sólo afectaba a las ciencias naturales, sino también a la ciencia histórica, porque, en cierta escuela, el método histórico-crítico reclamaba para sí la última palabra en la interpretación de la Biblia y, pretendiendo la plena exclusividad para su comprensión de las sagradas Escrituras, se oponía en puntos importantes a la interpretación que la fe de la Iglesia había elaborado.
En segundo lugar, había que definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y el Estado moderno, que concedía espacio a ciudadanos de varias religiones e ideologías, comportándose con estas religiones de modo imparcial y asumiendo simplemente la responsabilidad de una convivencia ordenada y tolerante entre los ciudadanos y de su libertad de practicar su religión.
En tercer lugar, con eso estaba relacionado de modo más general el problema de la tolerancia religiosa, una cuestión que exigía una nueva definición de la relación entre la fe cristiana y las religiones del mundo. En particular, ante los recientes crímenes del régimen nacionalsocialista y, en general, con una mirada retrospectiva sobre una larga historia difícil, resultaba necesario valorar y definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la fe de Israel.
Todos estos temas tienen un gran alcance —eran los grandes temas de la segunda parte del Concilio— y no nos es posible reflexionar más ampliamente sobre ellos en este contexto. Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema, podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios; este hecho fácilmente escapa a la primera percepción.
Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma. En este proceso de novedad en la continuidad debíamos aprender a captar más concretamente que antes que las decisiones de la Iglesia relativas a cosas contingentes —por ejemplo, ciertas formas concretas de liberalismo o de interpretación liberal de la Biblia— necesariamente debían ser contingentes también ellas, precisamente porque se referían a una realidad determinada en sí misma mudable. Era necesario aprender a reconocer que, en esas decisiones, sólo los principios expresan el aspecto duradero, permaneciendo en el fondo y motivando la decisión desde dentro.
En cambio, no son igualmente permanentes las formas concretas, que dependen de la situación histórica y, por tanto, pueden sufrir cambios. Así, las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar. Por ejemplo, si la libertad de religión se considera como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y, por consiguiente, se transforma en canonización del relativismo, entonces pasa impropiamente de necesidad social e histórica al nivel metafísico, y así se la priva de su verdadero sentido, con la consecuencia de que no la puede aceptar quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado a ese conocimiento basándose en la dignidad interior de la verdad.
Por el contrario, algo totalmente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción.
El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos.
La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia.
Una Iglesia misionera, consciente de que tiene el deber de anunciar su mensaje a todos los pueblos, necesariamente debe comprometerse en favor de la libertad de la fe. Quiere transmitir el don de la verdad que existe para todos y, al mismo tiempo, asegura a los pueblos y a sus gobiernos que con ello no quiere destruir su identidad y sus culturas, sino que, al contrario, les lleva una respuesta que esperan en lo más íntimo de su ser, una respuesta con la que no se pierde la multiplicidad de las culturas, sino que se promueve la unidad entre los hombres y también la paz entre los pueblos.
El concilio Vaticano II, con la nueva definición de la relación entre la fe de la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad. La Iglesia, tanto antes como después del Concilio, es la misma Iglesia una, santa, católica y apostólica en camino a través de los tiempos; prosigue “su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”, anunciando la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. Lumen gentium, 8).
Quienes esperaban que con este “sí” fundam