Como quizá muchos de ustedes, me pregunto ¿cuál será el fruto del encuentro en Aparecida Brasil que comienza la siguiente semana? ¿Será otra repetición interminable de Puebla y Santo Domingo? ¿Ahora se hablará de sacralizar a las religiones Indígenas? ¿O acaso será posible que reconozcamos lo secularizados que estamos en la misma Iglesia?.
Por eso cuando leí esta entrevista, independientemente de que no conozco la vida y obra de este obispo, sus comentarios me hicieron mucha lógica. Dios quiera que nuestros Obispos coincidan con esta actitud autocrítica para poder encontrar los fundamentos del relanzamiento de la evangelización en el continente.
Buenos Aires, 17 Abr. 07 (AICA)
Crisis de oración personal, falta de fe viva en los ministros de la Iglesia, homilía dominical y enseñanza de la doctrina social de la Iglesia son, según monseñor Carmelo Juan Giaquinta, los cuatro problemas que más afectan a la vida de la Iglesia y que deberían tratarse en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se inaugurará en Aparecida (Brasil) el 13 de mayo próximo.
El arzobispo emérito de Resistencia, que actualmente reside en Buenos Aires, concedió ayer al director de AICA una entrevista en la que, con su característica agudeza y claridad de lenguaje, se refiere a los temas arriba mencionados.
El siguiente es el texto de la entrevista:
-Estimado monseñor Giaquinta, ¿Participará usted de la 5ª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida?
-Mis hermanos obispos me eligieron como delegado suplente. Espero que ninguno se enferme y que no deba participar.
-Pareciera que no tiene muchas expectativas.
-Expectativas tengo muchas. Pero, si me entiende bien, no pongo mis esperanzas en la 5ª Conferencia.
-¿Qué quiere decir?
-Tengo muchas expectativas, porque una conferencia episcopal de ese nivel es muy rica para fomentar la comunión de las Iglesias de América Latina, orando los obispos juntos, e intercambiando puntos de vista sobre el tema capital propuesto por el papa Benedicto XVI: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan Vida”.
-¿Y por qué no pone sus esperanzas en la 5ª Conferencia?
-¿Recuerda usted lo que cuenta el Evangelio de San Lucas cuando la gente pensaba que el Reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro? Jesús les propuso la parábola de un señor que distribuyó su capital entre diez servidores suyos para que, durante su ausencia, lo trabajasen con esfuerzo y responsabilidad. Del mismo modo yo con la 5ª Conferencia. Ante el peligro de poner en ella una esperanza mesiánica, me prevengo. Nada acontecerá con la Conferencia si en nuestras Iglesias, pastores y fieles, no nos dejásemos interpelar por el Evangelio de Jesús. Y, mirándonos en él, verificásemos con sinceridad los aspectos de los que estamos más faltos. Y nos ponemos a cultivarlos con la gracia de Dios y responsabilidad.
-¿Cuáles son esos aspectos?
-Tal vez el que más impide ser discípulo de Cristo es la crisis de la oración personal. En la Iglesia se la padece desde antes del Concilio. Y todavía no se la ha superado. De la exageración, se ha pasado en muchos casos al descuido total. Esto implica olvidar un aspecto fundamental de Cristo Maestro. ¿Cómo ser sus discípulos si no lo imitásemos en la oración personal?
-Si en Aparecida se enfocase el problema de la oración personal, ¿no se correría el peligro de caer en un análisis intimista de la acción evangelizadora de la Iglesia?
-Peligro se corre en todo. Incluso, en las cosas más santas. Pero no porque éstas sean en sí peligrosas, sino porque podemos usarlas mal. Podemos comulgar mal y cometer un sacrilegio. Sin embargo, la Eucaristía continuará siendo santísima. Lo mismo, con la oración personal. Podemos enfatizarla mal y no valorar la oración comunitaria, como acontecía muchas veces en mi adolescencia. Pero podemos descuidarla mucho, como acontece con frecuencia hoy, y entonces se preside la Misa sin fe viva, con el alma vacía. Es normal, entonces, que la gente huya de esas Misas.
-¿Usted pone en la falta de fe viva de los ministros de la Iglesia la causa de que no pocos católicos la abandonen?
-El abandono de la Iglesia Católica es un hecho complejo, que merecería ser estudiado seriamente. Por suerte ya no se lo enfoca a partir de prejuicios. Por ejemplo, que las sectas son impulsadas por el imperialismo norteamericano para debilitar la fe católica en América Latina, y así subyugar a nuestros países. O que proponen una moral más fácil, cuando la verdad es que a veces es todo lo contrario. Pero no cabe duda de que la fe en Cristo es un problema de capital importancia, digno de ser estudiado por la 5ª Conferencia.
-¿Se refiere a algunas cristologías difundidas en América Latina, como la de Jon Sobrino, que ponen en duda la divinidad de Cristo?
-Sin negar la importancia de la ortodoxia en la formulación de la fe en Cristo, no me refiero especialmente a ello. Me refiero a la falta de fe viva, o de la poca fe, tal como Jesús lo constató muchas veces. Primero, en los hombres religiosos de entonces: los escribas y los fariseos, que no creían en él. Y, también, en sus discípulos. “Hombres de poca fe”, fue uno de sus reproches más frecuentes. Todo lo que Jesús hizo y dijo fue para suscitar la fe. Alabó su presencia en gente a primera vista pagana. Por ejemplo, en la mujer cananea y en el centurión romano: “No he encontrado una fe tan grande en Israel”. Obró curaciones del alma y del cuerpo gracias a la fe que encontró: “Vete en paz, tu fe te ha salvado”. Y enseñó que la fe es todo lo que hace falta para salvarse. A Jairo, el jefe de la sinagoga cuya hijita acababa de morir, le dijo: “No temas; basta que creas, y se salvará”. Jesús enseñó claramente que sólo salva la fe viva: la fe animada por el amor. Que no es lo mismo que decir que el hombre se salve por la fe sola, sin caridad. La falta de fe viva, que Jesús constató, se da también hoy, y mucho, entre los cristianos, fieles y pastores.
-¿Le parece que el tema de la poca fe es un tema digno de una Conferencia Episcopal como la de Aparecida?
-Totalmente. Es el problema que más le preocupó a Jesús. ¿Cómo no habría de ser digno de Aparecida? El Viernes Santo rezamos por los que no creen en Cristo y por los que no creen en Dios. Y está bien. Pero la incredulidad de los creyentes, la poca fe, no es un problema menor. En cierto modo, es mayor. En no pocos casos es la ocasión que provoca casos de ateismo y de agnosticismo. Y, a causa de ella, se entibia nuestro discipulado o seguimiento de Cristo, y se paraliza la misión que él nos encomienda.
-En su opinión, para renovar la misión de la Iglesia, ¿a qué apostolado habría que atender especialmente?
-A la predicación. El último mandato de Jesús es “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la creación”. Sin embargo, nunca analizamos cómo la hacemos. Ni hay una especial preocupación de preparar a los futuros sacerdotes para ella. En 54 años que llevo de sacerdote, y de ellos 27 como obispo, no recuerdo que hayamos analizado una sola vez cómo predicamos, cómo realizamos la homilía dominical. No recuerdo, tampoco, que lo haya hecho alguna de las Conferencias anteriores. Suponemos que predicamos bien. Pero la gente se queja. Si la predicación fuese más sólida, más orada, y orientada a nutrir la fe de los fieles, nuestras comunidades parroquiales serían más fraternas y misioneras. Y los cristianos tendrían una fe más robusta para enfrentar su vida en el mundo.
-¿Piensa usted que con el Evangelio se pueden enfrentar los problemas del mundo?
-La Doctrina Social de la Iglesia es fruto del Evangelio, parte integrante de él. No es un derivado menor. Y es capaz de iluminar los grandes problemas del hombre en la tierra.
-Algunos prevén que los problemas sociales irán en aumento y se agravarán. ¿La Iglesia se dispone a multiplicar en el futuro su función de mediadora entre las partes en conflicto?
-Que los problemas sociales se multipliquen y agraven en América Latina y en la Argentina, es probable. Incluso, que haya conflictos entre autoridades y sectores de la ciudadanía. Lo cual sería muy grave, pues la autoridad está para resolver los conflictos, no para provocarlos o agravarlos. Pero la Iglesia no aspira a constituirse en entidad de mediación en los conflictos sociales. La República tiene sus instituciones mediadoras. Y la Iglesia quiere su fortalecimiento. No desea suplantarlas. Ello desnaturalizaría su misión, contribuiría al descrédito de las instituciones, pronto se vería envuelta también por éste, y se incapacitaría para jugar su verdadero papel pacificador. Para la Iglesia es clara la palabra de Jesús: “¿Quién me ha constituido juez en Israel?”. Aspira, más bien, a anunciar su doctrina social con claridad. A reformularla permanentemente para adecuarla a las circunstancias, aun sabiendo que ello le ocasionará no pocos contratiempos. Y, de manera muy especial, se propone enseñar a los fieles laicos a ser ciudadanos responsables, capaces de aplicar esa doctrina en concreto, e intervenir ellos en la resolución de los conflictos.
-Entre los principios de la Doctrina Social, ¿cuáles habría que resaltar más?
-Todos. No dejaría de lado ninguno. Si miramos a la Argentina, puesto que necesitamos urgentemente transformarnos de habitantes en ciudadanos, enfatizaría la catequesis social sobre el Bien Común. Y, por lo mismo, la responsabilidad del ciudadano y la función de la autoridad. Como ciudadanos: los argentinos oscilamos entre la rebeldía y el espíritu servil. No acatamos la ley. Y no somos capaces de oponernos pacífica y democráticamente a la autoridad cuando ésta ordena algo contra la ley natural. Y como autoridad: ésta oscila, no pocas veces, entre la prepotencia y la adulación. Conductas todas que fomentan una larvada “guerra civil”, que estalla en formas que varían a través del tiempo. Ayer, golpes militares alentados por sectores civiles, la guerrilla revolucionaria, el terror de estado. Hoy, un sinnúmero de manifestaciones que denotan descontrol: huelgas manejadas políticamente, cacerolazos, piquetes, gatillo fácil, compra de voluntades mediante el clientelismo político. Si no se las previene y resuelve, pueden ser el germen de una violencia mayor. Estamos muy lejos de una paz social que, sin ser el Paraíso, permita el desarrollo armonioso de todas las personas y sectores que componen la sociedad civil.+




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