Les comparto una traducción libre (se aceptan correcciones) de lo que sobre la Sacramentum Caritatis escribe el P. Laguerie del Instituto del Buen Pastor, en su blog:
Estimado Padre:
La exhortación apostólica “Sacramentum caritatis” que acaba de aparecer, no se comentó en absoluto en los medios de la Tradición y muy poco en la gran prensa. Algunos pasajes dan más bien el aire de ir en el buen sentido (demanda a los futuros sacerdotes a partir del tiempo del seminario, de formarse en comprender y celebrar la Santa Misa en latín, a emplear los textos en latín y a utilizar el canto gregoriano; ningún esfuerzo deberá descuidarse en lo que lo concierne a los fieles mismos, para que conozcan el conjunto de los rezos comunes en latín etc.… etc.)¿Tendrían ustedes la amabilidad de comentarnos (incluso sucintamente) este documento? En resumen, ¿cómo lo recibieron?
Anne Guyon – Lyon
Estimada Señora:Efectivamente, no voy a comentarles este documento en su conjunto sino a darle algunas impresiones en caliente. Tanto más que la casi certeza, ahora, de ver aparecer muy rápidamente el “Motu Propio” modificará considerablemente la situación.Pero en primer lugar, dos golpes de corazón maravillosos, quizá guiños de ojo, ¿quién sabe? Juzgue más bien.
“El sacerdocio, como decía san Agustín, es amoris officium, es el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas”. ( § 23).
Inútil decir cuánto una frase como ésta, además de que da a todo sacerdote el modelo ejemplar del Buen Pastor en el extremo de la caridad entregando su propia vida, pulveriza cualquier otra concepción de un sacerdocio tomado como medio de santidad personal, mientras que es exactamente a la inversa: es su Ministerio que exige y supone la santidad en el sacerdote. Estoy seguro que todos mis cohermanos del I.B.P. habrán recibido esta frase como una exhortación a continuar con entusiasmo el camino inaugurado el 8 de septiembre pasado.
“Los Obispos han de implicar a los Institutos de Vida consagrada y a las nuevas realidades eclesiales en las necesidades pastorales (El Papa habla de la falta cruel de sacerdotes por lugar. Nota del Blog), respetando su propio carisma, y pidan a todos los miembros del clero una mayor disponibilidad para servir a la Iglesia allí dónde sea necesario, aunque comporte sacrificio”. (§ 25).
La voluntad del Papa queda muy clara: utilizar a todos los sacerdotes disponibles, en particular a los de los institutos recientes, con su carisma propio. Es la verdadera, la única política verdaderamente católica para sacar a la Iglesia de la desertización que conoce en algunas regiones como en nuestra pobre Francia. Y no este fantasma inaudito de una iglesia “adaptada” un poquito por todas partes con un sacerdote, heroico seguramente, cada 100 kilómetros. ¿En nombre de Dios, los obispos franceses van a aplicar por fin esta solución que sería para su honor y su salvación? ¿Pues de qué sacrificios habla el Papa? Sin duda de aquellos de los sacerdotes tan dejados en una batalla desproporcionada a sus fuerzas. Pero la gramática francesa permite decir que se trata también de los de los obispos (solo el sujeto de la frase con esta coma que aísla el resto), del que se sabe que recurrir a estos sacerdotes no les es siempre agradable. Si los obispos franceses, a la continuación y al ejemplo precursor de Mons. Ricard, quisieran seguir en este dominio la consigna muy clara del Papa, uno se pondría a soñar. Aproximadamente quinientas parroquias podrían proveerse rápidamente de Pastores y el movimiento así creado llenaría muy rápidamente los seminarios.
¿Es esta una ideología que va a humillar a todos los cristianos, frente al ateísmo galopante y aún por mucho tiempo más, si los obispos persisten en lo que es necesario llamar como el Papa, un retroceso ante el sacrificio?
¿Quién no ve que este sacrificio se transforma rápidamente en valentía, en prosperidad, con prima ese capital insospechable de la admiración reencontrada? Hay lugar para todo el mundo, que diablo, y mucho más aún. ¿Hasta cuándo sacerdotes desempleados (como algunos de la Fraternidad San Pedro) cuándo el sacerdote de la diócesis cubre 50, 70 ó 100 parroquias y se mata en una tarea imposible? Sí, es el gran momento, los obispos deben solicitar todos los sacerdotes disponibles y esto, incluso al precio de sacrificios.
Este documento es en el conjunto como en el detalle una voluntad de volver de nuevo a una coherencia litúrgica. Una voluntad de llevar la Tradición a la liturgia, con sus derechos imprescriptibles y constitutivos. La liturgia es el lugar privilegiado de la Tradición y su quintaesencia, encontrándose en la Escritura sólo de manera embrionaria; se sabe también que, por definición, toda ruptura es mortal en este ámbito como a menudo lo ha destacado el Cardenal Ratzinger.
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¡Es a la luz de esta voluntad que es necesario leer el §3 del documento, seguramente el más sensible y el más neurálgico! Citemos íntegramente este paso decisivo:
3. Al observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por la sabia acción del Espíritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se han desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación. Desde las diversas modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en los ritos de las antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del ritual romano; desde las indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de san Pío V hasta la renovación litúrgica establecida por el Concilio Vaticano II: en cada etapa de la historia de la Iglesia, la celebración eucarística, como fuente y culmen de su vida y misión, resplandece en el rito litúrgico con toda su riqueza multiforme. La XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 2 al 23 de octubre de 2005 en el Vaticano, ha manifestado un profundo agradecimiento a Dios por esta historia, reconociendo en ella la guía del Espíritu Santo. En particular, los Padres sinodales han constatado y reafirmado el influjo benéfico que ha tenido para la vida de la Iglesia la reforma litúrgica puesta en marcha a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II.[5] El Sínodo de los Obispos ha tenido la posibilidad de valorar cómo ha sido su recepción después de la cumbre conciliar. Los juicios positivos han sido muy numerosos. Se han constatado también las dificultades y algunos abusos cometidos, pero que no oscurecen el valor y la validez de la renovación litúrgica, la cual tiene aún riquezas no descubiertas del todo. En concreto, se trata de leer los cambios indicados por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo histórico del rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas.
A propósito del cual haremos las siguientes observaciones:
• El admirable desarrollo, fruto del Espíritu Santo del que habla el Papa con gratitud se refiere a todos los ritos antiguos y llega hasta el renacimiento querido por el Concilio Vaticano II. No incluye el nuevo rito, aunque sea de su conformidad o no con dicho renacimiento. ¡Así como se ha dicho lo otro, es un detalle quizá para ustedes… no para mi!
• El papa adjudica a los padres sinodales la constatación benéfica de la reforma litúrgica. No lo hace suya. Se sabe cuántas dificultades ha tenido el Papa durante el propio sínodo, sobre este punto y que fue contradicho por un gran número de padres por el único hecho de hablar de la liturgia tradicional. Basta con acordarse de la prensa del tiempo.
• Por fin, y se reconoce allí la firma personal del Pastor Común, el Papa propone proseguir la evaluación, inaugurada al Sínodo, de la recepción de la reforma litúrgica propiamente dicha. Menciona que esta recepción ha conocido dificultades y abusos aunque los padres sinodales (¡aún ellos!) hayan visto allí sólo lo bueno y lo válido y las riquezas todavía no exploradas. El Papa introduce entonces, en materia litúrgica, la hermenéutica de la continuidad que así había acampado en materia doctrinal en su documento del 22 de diciembre de 2005 a la Curia. El nuevo rito no es méncionado mas: será necesario leer los cambios queridos por el Concilio en la continuidad de la liturgia de siempre suprimiendo los elementos que constituyen una ruptura artificial.
A propósito del cual haremos las siguientes observaciones:
• El admirable desarrollo, fruto del Espíritu Santo del que habla el Papa con gratitud se refiere a todos los ritos antiguos y llega hasta la renovación querido por el Concilio Vaticano II. No incluye el nuevo rito, sea lo que sea de su conformidad o no con dicha renovación. ¡Así como dice el otro, ¡es tal vez un detalle para usted… no para mi!
• El papa adjudica a los padres sinodales la constatación benéfica de la misma reforma litúrgica. No lo hace suyo. Se sabe cuántas dificultades ha tenido el Papa durante el propio sínodo, sobre este punto y que fue contradicho por un gran número de padres por el único hecho de hablar de la liturgia tradicional. Basta con acordarse de la prensa de la época.
• En fin, y se reconoce allí la firma personal del Pastor Común, el Papa propone proseguir la evaluación, inaugurada en el Sínodo, de la recepción de la reforma litúrgica propiamente dicha. Menciona que esta recepción ha conocido dificultades y abusos aunque los padres sinodales (¡aún ellos!) hayan visto allí sino bueno y válido y riquezas aún no exploradas. El Papa introduce entonces, en materia litúrgica, la hermenéutica de la continuidad que así había acampado en materia doctrinal en su documento del 22 de diciembre de 2005 a la Curia. El nuevo rito no es más mencionado: será necesario leer los cambios queridos por el Concilio en la continuidad de la liturgia de siempre suprimiendo los elementos que constituyen una ruptura artificial.
¡Es del arte, del gran arte! A todos los que, como yo, han sido sorprendidos y un tanto decepcionados por una primera lectura superficial de este párrafo, les digo: reléalo con lupa. Todos nosotros sabemos, para haberlo vivido, la violencia, la injusticia y muy a menudo los escándalos que ha pavimentado esta reforma litúrgica post-conciliar, debemos comprender que las cosas cambian y sin rodeos. A los que piensan que las cosas no van bastante rápidas, que sería necesario ser aún más claros, les digo con toda honestidad: ¡es la chiquillada! Hace 30 años que nada se movía, que el hundimiento de la vida cristiana se continuaba, mate e inexorable y mismo en menos de dos años, ahí nos encontramos en la víspera de un retorno de la misa gregoriana y de una alineación del nuevo rito sobre la base de una hermenéutica de continuidad, por lo tanto de tradición. Cuando se saben las reticencias, los temores y la lentitud del cosmos episcopal; cuando se saben los prejuicios, la ideología dominante y militante de buen número de ellos; cuando se sabe la furia también de algunos que saltan inmediatamente en el avión para Roma desde hace muchos años en cuanto se oye susurrar que se podría eventualmente traer la Tradición litúrgica (que les da al parecer más miedo que la desertización de sus diócesis): todo eso se valora como un milagro que quizá será necesario utilizar un día con buen juicio…
Acuérdense que en 1986 el Papa Juan-Pablo II reunió a una comisión de nueve cardenales para plantearles dos cuestiones: ¿el misal del Papa Pío V se derogó y es necesario reintroducirlo en la Iglesia? Ocho de los nueve cardenales habían respondido no a la primera y sí al segundo. Pasó entonces una cosa increíble: no pasó nada. ¡Solo que las compañías Aire-Francia y Alitalia se asombraron de transportar tantos obispos en tan poco tiempo!
Sólo abordé algunos puntos de este documento preparatorio capital, bien sucintamente. Sin embargo el párrafo más delicado, reconózcalo. Mil otros pasajes son de naturaleza a dar la esperanza de que el renacimiento litúrgico esta cercano. Levantemos la cabeza, pero sobre todo recemos más ardientemente para que lo que es anunciado tan claramente vea esta vez el día, para la gloria de nuestra Iglesia Católica. Que su eterna juventud sea renovada como la del águila. (Salmo 102, versículo 5)

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