Nuestro apreciado amigo Rodolfo Soriano, en uno su comentario a mi artículo de “Entonces ¿qué pasó?”, plantéa la hipótesis de que si en verdad quisiéramos no utilizar el vernáculo en la Iglesia deberíamos de usar el arameo como Jesús o el griego como los Evangelios. Humildemente me permito diferir.

Este es un argumento muy difundido que he leído y escuchado frecuentemente como crítica a la intensión de retomar activamente el uso del Latín en la Iglesia y me parece uno de los mayores “síntomas” rupturistas en cuanto a la Tradición. En realidad me parece un argumento muy en la mentalidad protestante, pues se propone una dicotomía en donde desaparecen 1800 años de la identidad de la Iglesia Católica Romana. Esto es, se desvaloriza la gran identidad que la Iglesia se ha ido formando lentamente desde entonces.

En mi percepción existe un sentimiento generalizado de vergüenza por lo que fue la Iglesia después de San Pedro hasta el Concilio Vaticano II. Quizá propagado por el pesimismo retrospectivo europeo del siglo XX, quizá por la injusta ridiculización que el liberalismo ha hecho de la Iglesia principalmente de antes de la Ilustración (tan así que el adjetivo medieval se usa con función peyorativa) o quizá por otros motivos más, pero en general se coincide frecuentemente en que se debería retomar las bases del cristianismo primitivo para adaptarlo al mundo moderno como un proceso de renovación.

Esta mentalidad básicamente es un “reload” de la “sola escriptura” de Lutero, que olvida el cristianismo NO es un conocimiento arqueológico y que Jesús nos prometió que “el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13). Debemos de considerar como una parte importante de nuestra Fe lo que ha sido, es y será la Iglesia, pues como lo menciona el Magisterio: “Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único « Cristo total”(Dominus Iesus 48).

Por lo anterior, los supuestos que entiendo existen son:

1.- Prevalece entre los mismos católicos una sentimiento de verguenza por lo que ha sido la Iglesia en el pasado.Este sentimiento es la causa de la tendencia rupturista y revolucionaria (borrón y cuenta nueva) que desvaloriza la sagrada Tradición.

2.- Esta mentalidad rupturista y revolucionaria es un rasgo notorio de la reforma protestante que se vuelve a introducir en el catolicismo.

3.- Tal como sucedió con las iglesias reformadas, esta desvaloración conduce a la pérdida de una identidad propia. (Por eso para mucha gente da igual ser protestante que católico o bautista)

4.- Al ser el uso del Latín uno de los rasgos más sensibles (sensorialmente hablando) e íntimamente relacionados con la identidad de la Iglesia pre-vaticanosegundo, su regreso se considera un paso “retrógrada” a esa “Iglesia vergonzante”

5.- Al final se concluye que si le Iglesia quisiera retomar una identidad, tendría que hacerlo únicamente desde el cristianismo primitivo.

Como posibles soluciones convendría reforzar:

A.- El amor a Cristo pasa por el amor a su Iglesia, que es la Iglesia Católica. No se puede pretender agradar al Novio al mismo tiempo que se insulta a su Novia. Si bien es importante “purificar” la memoria sobre lo que ha sido la Iglesia, tambien hay que reconocer que Dios la ha fundado y que siempre ha actuado por medio de ella.

B.- La Iglesia no necesita buscar una identidad propia porque YA la tiene. Lo que se necesita es no enterrarla y hacerla viva de nuevo. Un aspecto muy sensible de esta identidad es el uso del Latín y las tradiciones litúrgicas (el canto gregoriano, la liturgia de las horas, etc). Esa identidad se ha ido formando durante no menos de 2000 años, que a nadie le deben de parecer pocos.

C.- En la medida en que nuestra identidad católica se difumine nos iremos asemejando a las comunidades eclesiales protestantes. Es bueno que se trabaje en la particularidad de las Iglesias locales, pero debemos comprender la primacía la tiene la Iglesia Universal.

Nuestra Iglesia siempre ha sido la Novia de Cristo y la Novia de Cristo habla Latín.