Cuatro son los ejes de la doctrina social cristiana. En primer lugar, el principio personalista, según el cual se considera a la persona humana como protagonista inconfundible de la vida social, portadora de derechos inalienables fundados en su dignidad, a la vez que sujeto de responsabilidades y deberes.
En segundo lugar, el principio del bien común, entendido como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”.
En tercer lugar, el principio de subsidiariedad, descrito por Pío XI en los siguientes términos: “Como no se puede quitar a los individuos y darle a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria, así tampoco es justo quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destuirlos y absorberlos”.
Por último, el principio de solidaridad, que “expresa la exigencia de reconocer en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos”, en un compromiso que “se traduce en la aportación positiva que nunca debe faltar a la causa común, en la búsqueda de los puntos de posible entendimiento, en la disposición para gastarse por el bien del otro”.
Julián López Amozurrutia
Sacerdote y teólogo católico


